luces de navidad - centro cultural de españa montevideo diciembre 2017 foto federico meneses

Literatura y Navidad

La Navidad tiene un atractivo especial para los escritores. No se explica de otro modo el interés por escribir sobre ella o contar una historia donde ella sea la protagonista. En muchos casos, como en Un cuento de Navidad, el clásico de Charles Dickens, insoslayable cuando se trata de esta literatura, la Navidad con su magia milenaria impregna de humanidad el alma de Ebenezer Scrooge.

La metamorfosis sufrida por el personaje es la lección moral que Dickens nos hereda como legado navideño. Los espíritus de la Navidad que se le aparecen al personaje son verdaderas epifanías que se inoculan en la conciencia deshumanizada de Scrooge, transformando su vida y su relación con su entorno físico y social: “¡Fantasma del Futuro!», exclamó, «te tengo más miedo a ti que a cualquiera de los espectros que he visto. Pero sé que tu intención es hacerme el bien y como tengo la esperanza de vivir para convertirme en una persona muy distinta de la que fui, estoy dispuesto para soportar tu compañía y hacerlo con el corazón agradecido. ¿No vas a hablarme?”.

Viendo la miseria que nos rodea y la indiferencia de los hombres ante el dolor humano, quisiéramos que el espíritu de Scrooge se convirtiese ahora en una epifanía para el hombre actual. Que le arrancase la obnubilación del alma que le perturba la mirada, porque lo esencial es invisible a los ojos, como nos enseñó El principito. Tal vez debamos hacerlo como Gabriela Mistral que parte por los caminos en busca de la razón de ser de la Navidad. Tal vez para que no olvidemos que también somos pastores no solo en la noche que brilla la Estrella de Belén, sino todas las noches de todos los días: “Vamos a buscarlo / por esos caminos / ¡todos en pastores / somos convertidos!”. Su poema Romance de Nochebuena es una canto de esperanza en el hombre y su sentido de lo humano: “Vamos a buscar / dónde nació el Niño: / nació en todo el mundo, / ciudades, caminos…”. Porque de eso trata la Navidad, de buscar en nuestro interior la forma de ser mejores personas y maravillarnos con la vida simplemente. Pero no siempre miramos en nuestro interior. O no sabemos cómo hacerlo. Y dejamos, así, que la vida nos consuma con la indiferencia y la desidia se apodere de nosotros.

En la literatura ocurre lo mismo. Los escritores hurgan el alma de sus personajes y suelen desnudarla en toda su maleficencia. Entonces la Navidad se pierde en los oscuros recovecos de la maldad, el egoísmo, la desolación y la muerte. Los hombres se olvidan de que han sido convertidos en pastores, como canta la insigne Gabriela. Lo mismo que en la realidad. Entonces los hombres de letras y los hombres de carne y hueso no comprenden “que la dicha de los niños vale en oro el peso de la bola impura del mundo”, como escribió Gabriela Mistral en una bellísima columna, Infancia rural, el 24 de diciembre de 1928. Así ocurre en el cuento de Fiódor Dostoyevsky, Un árbol de Noel y una boda, un relato brutal que desvenda la sociedad rusa del siglo XIX y la presenta al lector en toda su miseria humana ética y social. A Yulián Mastakóvich, personaje truculento del relato así como a los padres de la niña de once años que juega con su muñeca, víctima inocente, negociada en plena fiesta de una Navidad infantil por los atroces protocolos sociales de la época, les hizo falta que los espíritus de la Navidad, los fantasmas de Dickens que guiaron al perverso Strooge, inyectasen en el alma de estos personajes dosis de humanidad para comprender la inocencia de esta niña de once años que cinco años después, termina casada con el odioso y acosador Yulián Mastakóvich. Los personajes adultos de esta historia de Dostoyevsky representan esa “bola impura del mundo” que describe Gabriela Mistral.

Gente como Yulián Mastakóvich, corrompidos por los oscuros laberintos de su conciencia, hacen exclamar al poeta: “Ni aquí, ni ahora. Vana promesa / De otro calor y nuevo descubrimiento / Se deshace bajo la hora que anochece. / ¿Brillan luces en el cielo? Siempre brillaron. / De esa vieja ilusión desengañémonos: / Es día de Navidad. No pasa nada”. El poema Navidad del Premio Nobel José Saramago, es un llamado de atención doloroso por su desencanto en el ser y hacer de las personas, sumergidas en un mundo de superficialidades que no les deja ver que lo esencial de la vida se construye con amor, con amistad y con respeto por el otro en su otredad. Entonces el Niño Dios, más desnudo que nunca, yace bajo un árbol superficial y colorido, olvidado en medio de fulgurantes envoltorios para regalar amor, amistad y respeto, que muchas veces se confunden con la palabra “compromiso”, pagados en cómodas cuotas mensuales. Y reconocemos que sí tiene razón Saramago cuando dice “Es día de Navidad. No pasa nada”. Porque hemos confundido la búsqueda de lo esencial con los pasillos de los grandes centros comerciales. Porque hemos olvidado que la Navidad que es nacimiento, vida por lo tanto, es un acto de fe, un sueño que debemos construir día a día para no dejar de ser lo que somos, para despertar ese niño que yace también olvidado en nuestros corazones, como nos dijo Antoine de Saint-Exupéry, que nos heredó su principito para que comprendiéramos su magia y la viviésemos.

La historia que nos relata Guy de Maupausant, contemporáneo en la segunda mitad del siglo XIX de Charles Dickens, ofrece al lector el milagro de la Navidad como lo señala el propio narrador, el doctor Bonenfant: “—Sí, tengo uno, y por cierto muy extraño. Es una historia fantástica, ¡un milagro! Sí, señoras, un milagro de Nochebuena”. El milagro narrado por el médico, un hombre incrédulo que confiesa que no lo convirtió pero sí lo emocionó, ocurre la Nochebuena, durante la Misa del Gallo. La mujer del herrero del pueblo ha sido exorcizada y ni el doctor ni el cura que la visitan en su casa consiguen sanarla de los demonios que se han apoderado de ella: “Crispada, retorcida, con las facciones descompuestas y los ojos encendidos, apenas parecía una mujer”, relata el médico. La endemoniada no consigue separar la vista de la hostia que durante mucho tiempo el cura mantiene frente a sus ojos, hasta que su cuerpo “abatido” perdió “rigidez” y recobro “su blandura”. Finalmente, el milagro de la Navidad se produce; la fe pudo más que la ciencia y los propios demonios: «Y la mujer del herrero durmió cuarenta y ocho horas seguidas. Al despertar, no conservaba ni la más insignificante memoria de la posesión ni del exorcismo”. Maupassant, en un relato minucioso, sitúa el milagro de la Navidad en medio de una naturaleza extremadamente hostil, y no solo recrea el símbolo del nacimiento de Jesús, sino que en la figura de un huevo, que provoca el exorcismo de la mujer, recrea también el símbolo de la propia resurrección, puesto que para el cristianismo el huevo es considerado símbolo de la resurrección, porque Cristo salió del túmulo como un pollito sale del huevo.

La pequeña vendedora de fósforos debe ser una de las historias de Navidad más crudas de la literatura. Conocida también con los nombres de La pequeña cerillera, La niña de los fósforos y La nochebuena de Anita, este cuento de Hans Christian Andersen coloca el dedo en la llaga en la conciencia de la humanidad, y revela un mundo de abandono e injusticias que retrata de modo brutal la indolencia de los hombres ante la miseria de una pequeña niña vendedora de fósforos. El relato ocurre la noche de San Silvestre. Descalza, “con los desnudos piececitos completamente amoratados por el frío”, la pequeña vendedora de fósforos morirá congelada esa oscura y desolada noche de Año Nuevo. Esos “desnudos piececitos” me llevan de inmediato a los conmovedores versos de Gabriela MistralPiececitos de niño, / azulosos de frío, / ¡cómo os ven y no os cubren, / Dios mío!”. La pequeña vendedora de fósforos yace sentada en el ángulo que forman dos casas: solo ella, sus fósforos que nadie ha comprado en todo día y la nieve que impiedosa cae sobre su también desnuda cabellera rubia. El relato se torna desesperantemente moroso. Cada fósforo que enciende para calentarse le muestra escenas diversas de la Navidad que ella nunca vivió: el calor de una chimenea, una mesa bellamente decorada con abundante comida y un árbol de Navidad de luces variopintas que la hacen alzar sus brazos: “La pequeña levantó los dos bracitos… y entonces se apagó el fuego”.

Consumida la luz del fósforo, la magia de la ensoñación termina y la realidad hecha de nieve, de frío y soledad cae inmisericorde sobre la pobre niña. Grita Gabriela Mistral: “Piececitos heridos / por los guijarros todos, / ultrajados de nieves / y lodos!”. Pero la niña no grita. Observa que en el cielo una de las estrellas ha surcado el firmamento y desaparecido. “Alguien está muriendo”, pensó y recordó las palabras de su abuela. La luz de un último fósforo le iluminó su rostro sufrido e inocente porque la imagen de su abuela, el único ser que la había querido de verdad, estaba ahí.

-¡Abuelita! –exclamó la pequeña- ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de navidad”. La narración se vuelve una secuencia dolorosa de símbolos que juegan con la realidad y la fantasía de la niña moribunda. Enciende todos los fósforos y la luz ilumina como la claridad del día. Su abuela, más alta y hermosa que nunca, la toma de un brazo y ambas, cubiertas por un resplandor, ascienden hacia lo alto. La luz simboliza el espíritu, Dios, pero también suele representar la vida y la felicidad
La representación de la Navidad en la luz que emana de los fósforos, ha significado para la niña que agoniza, la liberación de su inhumano dolor: “[…] y, envueltas las dos en un gran resplandor, henchidas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la mansión de Dios Nuestro Señor”. La pequeña vendedora de fósforos vio en su imaginación, su propia muerte liberadora del abandono en que la inhumanidad de los hombres la tuvo toda su corta vida. “Quiso calentarse”, dijo la gente que la vio muerta esa primera mañana del nuevo año. ¡Qué frase más pobre de humanidad!

La estrella fugaz que desaparece en el cielo le anuncia su muerte que no pudo, sin embargo, arrebatarle sus mejillas rojas ni la sonrisa de su boca.

 

 

 

 

Imagen portada – Archivo: Luces de navidad – Centro Cultural de España Montevideo – diciembre 2017 – Foto © Federico Meneses

 

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.