El sábado a la noche quedó inaugurada la temporada musical en Sala Verdi. Sí: el teatro público vuelve a abrir sus puertas a la música uruguaya. Y no desde el lugar del musical o de recital performático, sino como una decisión más profunda, casi orgánica: ampliar su identidad cultural y transformarse en un espacio menos solemne, más cotidiano y permeable a la vida de la ciudad.
La incorporación de la música no aparece como un agregado aislado, sino como una nueva capa dentro de un ecosistema creativo que ya habitaba la sala. En sus distintos rincones conviven obras, ensayos, reuniones, procesos de creación y búsquedas artísticas; ahora también conviven canciones, conciertos, pruebas de sonido y músicos apropiándose del espacio como lugar de encuentro. La sala deja de ser únicamente un sitio donde “ocurren funciones” para convertirse en un espacio que permanece vivo incluso entre una fecha y otra.
Esa circulación constante de artistas y públicos distintos también modifica la relación del teatro con Montevideo. Nuevas audiencias llegan a la sala, se cruzan disciplinas, se generan colaboraciones y el teatro empieza a dialogar con escenas que muchas veces transitan por circuitos separados. Hay algo especialmente valioso en que un espacio público habilite esos cruces: no solo democratiza el acceso a la cultura, sino que fortalece la idea de comunidad artística. En ese sentido, el trabajo de Felipe Villarmarzo, quien dirige la sala desde setiembre de 2025, parece apuntar justamente a eso: consolidar a Sala Verdi como un espacio de creación dentro de Montevideo, más abierto, más dinámico y conectado con el presente cultural de la ciudad. Un lugar donde las artes no se exhiben únicamente como resultado final, sino donde también tienen espacio los procesos, los ensayos y la experimentación.
Alrededor de esa vida cultural también se mueve una pequeña economía indispensable. No solo trabajan iluminación y sonido: también se activa la gastronomía cercana, la producción técnica, el diseño, la comunicación y buena parte de la cadena cultural independiente. Cuando un teatro público respira, respira también una parte de la ciudad.
Con un nuevo formato de banda, Gonzalo Deniz fue atravesando canciones de distintos discos y proyectos, además de algunas versiones que aparecieron como desvíos afectivos dentro del repertorio inaugurando la temporada.
La noche comenzó con él solo y su guitarra, bajo una luz circular que desde los balcones imitaba una luna llena suspendida sobre el escenario. Oración abrió el concierto con una sensación de recogimiento y algo sagrado, en perfecta sintonía con el vitró que domina la sala.
Después nos guía por una ruta sin nombre, como ciertos sentimientos imposibles de etiquetar. Mientras tanto en Montevideo, hay noticias prendiendo el fuego, veredas como lechos, promesas en el baldío y palacios que han caído. Sergio Astengo, “antes de irse al FunFun” lo acompaña a contar historias mientras otras ocurren fuera.
Vientos del sur aparece primero en su lista de pequeños homenajes, Dino tenía que estar. Después llega la versión de Bob Dylan que integra el tributo impulsado por Alfonso Carbone, donde varios artistas ensayaron sus propias traducciones y relecturas (si te generan curiosidad esas canciones, hace clic acá). Traducir una canción, cuenta Deniz, es aceptar que la letra se derrame fuera de la música: hay que reconstruirla, devolverla a la melodía, parafrasear sin perder el pulso original. De ahí surge No lo pienses más, ya está. Por último, sube María Viola a interpretar su ya conocida versión de Desconsolados 2, que ambos grabaron en el álbum tributo a Darnauchans, El no viento de la luna.
Lentamente van bailando, moviendo sus pies, recuperando risas tempranas, miradas fijas, acertijos, se suma Camila Rodríguez, aparecen muchas esquinas Montevideanas y otras como Santiago y Maldonado desaparecen. Caminamos por el parque de manera naif entre cine y libros y aparece Guillermo Berta para percutir la guitarra y adolecer, dejando atrás la adolescencia, pero no sus síntomas. Por otro lado Leandro Aquistapacie sumando sus escalas ascendentes y descendentes a lo Beatles, esas ganas de recuperar el tiempo o eliminarlo, o el gesto estoico, que suena en un tono heroico y con el chelo de fondo.
En el bajo estaba Agustina Santomauro en lugar de Javier Vaz Martins por un tema de salud y empezaron a aparecer instintos reprimidos, querer en secreto no es para todos, tampoco rodar por Buenos Aires. Mientras tanto, el viento sopla afuera y el público deja de hacer palmas, Gonzalo se pregunta si siempre dejamos todo por la mitad y se tienta al cantar, la alegría de la banda se contagia al público y es acompañada con luces que van al ritmo. La bruma de la frontera y la cercanía del sol en la montaña nos llevan de la vigilia al sueño, ¿cuando es volar y cuando es caer?
Por último, temas como Hoy no quiero verte nunca más, Las luces, Algún día y para cerrar la noche, Lucia Rubbo haciendo latir las luces con pulso enamorado mientras El amor anda suelto por ahí.
A veces la ilusión engaña, idealiza o hace escapar de la realidad. Pero también puede ser el primer impulso para volver a creer, reparar algo roto o encontrar sentido. La redención aparece cuando esa ilusión no se queda en promesa, sino que atraviesa una caída, una verdad o una pérdida, y aún así logra convertirse en aprendizaje, amor, arte o transformación. Sin dudas fue una noche de reparo.













































