ciudad vieja calle bacacay - montevideo - marzo 2014 - foto © federico-meneses

Barrios con literatura

Pocos autores se han resistido al encanto de las ciudades. De sus calles y barrios donde se confunden, muchas veces, los sueños de los personajes y de los lectores. Sobre todo esos llamados barrios emblemáticos que atraen miles de turistas engatusados por sus historias y leyendas. Y América Latina con sus ciudades de pujantes y coloridos barrios, ha sido fuente de inspiración para nuestros poetas y novelistas. Como El Vedado de La Habana, por ejemplo, cuya construcción comenzó a fines del siglo XIX. Hoy forma parte del municipio Plaza de la Revolución, centro político y administrativo del país. En este barrio se encuentra el famoso hotel Nacional de La Habana, que el detective Caetano Brulé, de la novela Boleros en La Habana del chileno Roberto Ampuero, describe así al inicio del capítulo 8: “NO HAY HOTEL MÁS BELLO en las Antillas que El Nacional de La Habana. Construido en 1930 en piedra de cantería sobre una colina que se alza junto al Malecón, rodeado de jardines y de portales en que suele refugiarse el frescor, parece un atalaya vigilando el barrio de El Vedado y la corriente del Golfo”. Hotel declarado Monumento Nacional y Memoria del Mundo por la Unesco. En sus cuartos se hospedaron personajes ilustres como Rómulo Gallego, Jorge Negrete, Ernest Hemingway, Winston Churchill y Alexander Fleming.

Pero la calle E, que en sus comienzos se llamó “Baños” porque a mediados de la década de 1860 se construyó uno de los primeros balnearios de El Vedado, “El Progreso”, tiene su peculiar encanto que la hace muy especial: en ella vivieron, y fueron vecinos, tres grandes escritores cubanos: Alejo Carpentier, Premio Cervantes 1977, Dulce María Loynaz, Premio Cervantes 1992 y Eliseo Diego Premio Juan Rulfo, 1993.

Josefina de Diego, la hija de Eliseo Diego, lo recuerda así en su excelente artículo escrito para Literatura de On cuba NEWS, La Calle de los Escritores: “Los tres se conocían, por supuesto, y fueron amigos. Si bien no fue una amistad “de todos los días”, sí existió cariño, respeto y admiración entre ellos”. Muy interesante, también, el recuerdo de Josefina sobre las tertulias literarias realizadas en su casa de la Calle E número 503, bajos, entre 21 y 23, frecuentadas por intelectuales cubanos y extranjeros: “Allí, en el comedor, bajo la agradable luz de una antigua lámpara art nouveau, nos leyó Gabriel García Márquez su discurso de aceptación del Premio Nobel, que pudimos grabar y conservo”.

Si La Habana tiene El Vedado, Buenos Aires no lo hace nada de mal con San Telmo, el más pequeño de los barrios bonaerenses con solo 1,2 quilómetros cuadrados. Un barrio en que se confunden los olores de la tradición, la historia y la literatura. Con la mención de uno de los senderos del Parque Lezama, parada obligatoria del turismo de San Telmo, comienza una de las novelas más significativas de la narrativa latinoamericana de los años sesenta, Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato: “Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barrancas, un muchacho alto y encorvado caminaba por el parque Lezama […]. Melancólicamente lo imaginaba en aquel viejo parque, con la luz crepuscular demorándose sobre las modestas estatuas, sobre los pensativos leones de bronce, sobre los senderos cubiertos de hojas blandamente muertas”. Cuenta la leyenda que el en Bar Británico, en las esquinas de Defensa y Brasil, el escritor escribió parte de esta novela. Y en la calle Independencia 858 vivió uno de los grandes de la literatura latinoamericana, el uruguayo Juan Carlos Onetti. En esta casa escribió La vida breve, que daría vida a Larsen, el personaje de sus clásicas novelas Juntacadáveres y El Astillero.

Miraflores, en Lima, es otro de los barrios por donde deambulan los personajes literarios que América Latina ofrece al mundo en su variopinto desfile de razas, costumbres y castas sociales. Varias veces más grande que San Telmo, Miraflores es en realidad un distrito con más de nueve y medio quilómetros cuadrados y Junto con San Isidro ostentan el poder económico de Lima. Es el lugar de las clases más adineradas de la capital peruana. Pensar en este barrio es pensar en el malecón de Miraflores y sus parepentes en los acantilados, en sus calles fundamentales como la Avenida Ricardo Palma, la Avenida José Larco, Paseo de la República o la Bajada de Balta, conocida como la Bajada de los Baños. Es pensar en sus museos, cines y restoranes que lo hicieron famoso en el mundo y que los grandes autores peruanos, como Mario Vargas Llosa, por ejemplo, han descrito en varias de sus obras.

Miraflores es, por lo mismo, también literatura: “La avenida Diagonal desemboca en una pequeña quebrada que se bifurca; por un lado, serpentea el Malecón, asfaltado y lustroso; por el otro, hay una pendiente que contornea el cerro y llega hasta el mar. Se llama “la bajada a los baños”, su empedrado es parejo y brilla por el repaso de las llantas de los automóviles y los pies de los bañistas de muchísimos automóviles” (Vargas Llosa, cuento Día Domingo). Hacia allí se dirigen Miguel y Rubén a disputarse a Flora en una loca competencia de natación en el mar. Y en su novela La Ciudad y los perros: “Entre Porta y la avenida Larco fragmentan a Diego Ferré otras dos calles paralelas: Colón y Ocharán. Luego de atravesar Diego Ferré terminan súbitamente, doscientos metros al oeste, en el malecón de la Reserva, una serpentina que abraza Miraflores con un cinturón de ladrillos rojos y que es el extremo de la ciudad, pues ha sido erigido al borde de los acantilados, sobre el ruidoso, gris y limpio mar de la bahía de Lima […]. La casa de Alberto es la tercera de la segunda cuadra de Diego Ferré, en la acera de la izquierda”.

El último de los barrios que revisaremos en esta columna es Ciudad Vieja, tal vez el más trascendental de los barrios de la bella Montevideo. Ya lo dijo Jorge Luis Borges: “Montevideo es una de las capitales más bellas de América Latina”. Mario Benedetti respira Montevideo hasta en los poros de sus personajes hechos de letras y su poesía citadina. Cuando comienza su Diario de Vida el lunes 11 de febrero, que no otra modalidad narrativa es La Tregua, su novela esencial, Martín Santomé, el viudo protagonista de 49 años de edad, describe Montevideo a través de los ojos de Benedetti: “Estoy convencido de que en horas de oficina la ciudad es otra. Yo conozco el Montevideo de los hombres a horario, los que entran a las ocho y media y salen a las doce, los que regresan a las dos y media y se van definitivamente a las siete. Con esos rostros crispados y sudorosos, con esos pasos urgentes y y tropezados, con ésos somos viejos conocidos. Pero está la otra ciudad, la de las frescas pitucas que salen a media tarde, recién bañaditas, perfumadas, despreciativas […]”. Y Ciudad Vieja con su herencia colonial española que la hace ser el casco antiguo de la capital, se encuentra pintada en numerosas páginas de La Tregua, con sus museos, galerías de arte, cafés y librerías y su inconfundible olor a pasado colonial. En este paseo obligatorio por el barrio se llega al café Las Misiones, en la esquina Veinticinco y Misiones. Aquí se encuentra Martín Santomé un día jueves 16 de mayo con Laura Avellaneda, la joven compañera de oficina de 24 años de quien, al parecer, se ha enamorado: “Mire, Avellaneda, es muy posible que lo que le voy a decir le parezca una locura. Si es así, me lo dice nomás. Pero no quiero andar con rodeos: creo que estoy enamorado de usted”.

No solo, como es de suponer, Ciudad Vieja se encuentra copiosamente en La Tregua. En el cuento Los Novios de su libro Montevideanos, el narrador nos relata que las madres se besuqueaban “toda vez que se encontraban en la plaza, en el Club Uruguay, en los Grandes Almacenes Gutiérrez […]. El Club Uruguay está ubicado en la Peatonal Sarandí 584, al sur de la Plaza Matriz del histórico barrio.

Sí, qué duda cabe que las ciudades son fuentes de inspiración para los escritores que con sus obras preservan la vida y el color que corre por sus calles, plazas y bares, literaturizando el sueño de todos nosotros, hombres y mujeres de carne y hueso que a veces también nos somos más que la invención de alguien.

 

Imagen portada – Archivo – Ciudad Vieja – Calle Bacacay – Montevideo – Marzo 2014 – Foto © Federico Meneses

 

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.