
Grabado en 1976 y próximo a los 50 años de su aparición en 1977 por el sello Ayuí/Tacuabé, “Vientos del Sur” de Gastón Ciarlo (1945/2021), conocido como Dino, continúan hablando. Nos interpelan con estrépitos de rachas hambrientas, y cada tanto provocan naufragios costeros y terrestres. Se vuelven voraces frigoríficos que todo lo devoran, como si el soplido de algún dios, intentase limpiar los males del mundo, las basuras que nos solapan. Pero también nos cubren de alientos frescos en atardeceres otoñales, con puntillazos de agujetas frescas en tardes o noches de verano. Un imprevisto encuentro con Ana, una artista amiga al evocar entornos de Colombia su país, con áreas tan próximas a las montañas como al mar, hizo que recordara la singularidad de Montevideo. No por haberla olvidado, porque sus vientos han viajado conmigo y los he hecho conocer a otros de múltiples lugares, intuyendo que son los mismos, que se retroalimentan en su vorágine de despliegues por la cartografía planetaria. Se devoran y se escupen en infinidad de formas y dimensiones. Se multiplican o se agrupan en torno a su propio agujero negro, donde desde su placidez central, donde el sol brilla y nada parece ser barrido del mapa, estallan en un Big Bang de tornados, ciclones y turbas marinas.
– “Buenos vientos!”- me auguró Ana al despedirse, tras contarle algunas evocaciones personales, en las que tan sólo con cruzar de calzada tenía en su inmensidad de estuario, todo el Río de la Plata frente a mí. En “Punta de las Carretas” * donde entonces vivía junto a mi familia. Escasos pasos me trasladaban al largo muelle de La Estacada (refugio de pescadores artesanales), donde solía bañarme en los veranos junto a mis amigos, o acudir en solitario en pleno invierno con el mar casi a ras de piso. Adentrarme hasta su punta y dejarme envolver por el aire salado que traído por el viento se apegaban a mi rostro y vestimentas. Solía hacerlo al caer la tarde, cuando el sol se hundía tras el mar, así como lo hacen los cuerpos en el cosmos, cuando atraídos por la gravedad se hunden en la malla que sostiene al universo, y conforman esa dualidad espacio-tiempo a la que Einstein descubrió, trabajando como empleado de la Oficina de Patentes de la ciudad suiza de Berna.
No importaba que la oscuridad cegara el recorrido, o que el oleaje envalentonado reventase contra las rocas y algunas gotas me salpicarán. Mis pies conocían el trayecto como si estuvieran imantados, y podía decodificar el sonido cuando una ola se avecinaba. Me detenía justo antes de que rompiese y cubriera partes del muelle. Suelo pensar que tenía con él y sus gaviotas, una relación afectiva consensuada desde el respeto y el cariño a su entorno. Cuando solía bajar la marea, descendía de él y caminaba por las rocas que lo rodeaban, eso me permitía saber, dónde debía zambullirme y donde no, porque bañarse allí está prohibido. Es una zona de corrientes y también de deshechos de viejas embarcaciones y hierros retorcidos. Pero el constante ir y venir de las corrientes hacían que el agua se mantuviese limpia a pesar de cierta turbiedad, a causa de los remolinos y el siempre omnipresente viento que lo barría. Muy cerca existe el Faro de Punta Carretas, que continúa funcionando y da comienzo a señalizar los canales de entrada al puerto de Montevideo. En ese muelle amé, lloré, solté al viento las cenizas de mi padre un atardecer casi desvanecido. Las deje partir, se las llevó el Viento del Sur y las elevó por sobre ese muelle donde en alguna oportunidad me fue a buscar cuando aún la visión se lo permitía. Entonces, ese trozo de la costa llamada Rambla Mahatma Gandhi, era muy diferente a la de ahora. Un espacio casi privado para sus habitantes con una sola vía de tránsito. Una zona de residentes particulares, un tanto bohemios y cultos, de cierta posición social, reducto también de escritores y artistas, y de la casa del que es considerado el poeta de la patria: Don Juan Zorrilla de San Martín, por su obra “Tabaré”, y por el taller de su hijo el escultor José Luis Zorrilla. La casa existe y es hoy un museo de diversas manifestaciones de artes visuales. El taller se mantiene tal como quedó, con estructuras primigenias y enormes de obras que luego fueron llevadas al bronce. También había una inmensa cárcel, famosa por sucesos acontecidos previos a la dictadura, aunque luego fuese destino de ciertos presos políticos, hoy reconvertida en un lujoso Shopping de grandes dimensiones y un exclusivo hotel. La zona es un enclave residencial, que linda hacia el noreste con el Club de Golf de la ciudad, que siempre estuvo allí de cara al mar, con sólo atravesar su avenida. Expuesto a los vientos al igual que todos los barrios montevideanos.
– ¡Buenos vientos también! ¿Sabes, me gusta el viento? Respondí, deseando que el mejor de ellos la abrigara a su manera y la llevase a los mejores estancias de sus recuerdos. El viento es una de las pocas cosas que disfruto de mi país. Ciudad abierta al mar que de tanto mirarlo, se duerme o se sueña en él y también la impide avanzar. Como si no quisiese soltar amarras teniendo todo el viento a su favor. ¿Comodidad, timidez, complejo de inferioridad, o simplemente vanidad o delirio de grandeza? Pero agradezco que sea ventosa, más aún cuando líquida la humedad que viene del norte. Esos días espinosos y empalagosos de humedades tórrida e indeseadas. Ese viento que nos limpia en cada sudestada, aunque desplome una bomba de agua y llueva como si el propio Noé nos condenará, y el mar se eleve hasta inundar parcialmente tramos de la rambla.
Pero el viento también suele conversar con los árboles y sus ramas, y se deja escuchar, en silbidos, aullidos nítidos o sugestivos. Tal como pueden ser las palabras que al oído, pueden convenir susurrar los que aún se aman o simplemente se desean o se engañan. A veces es tan fuerte que no lo diferencias del trueno cuando golpea contra las paredes y banquinas. Suelen ser frecuentes vientos de 80 a 100 kilómetros por hora, y es cierto, a veces se llevan viejos árboles u otros mal plantados, entonces hay cierta desazón al ver sus cuerpos derribados como víctimas de una confrontación bélica. Porque la naturaleza, también compite entre ella. Abriéndose pasos o cerrando caminos. Casi una metáfora de nuestras vidas. “Vaya, me has hecho pensar en un texto”. Pensé tras andar un rato entre derivas de mi ventosa existencia. Recordé la canción de Dino, que fue una persona muy cercana durante algunos años. La canción y su disco donde aparece junto a uno de sus hijos mayores. No hace mucho me preguntaron sobre los que a mi parecer, eran los cinco trabajos más importantes de la música uruguaya. Nadie puede ser objetivo en esto. Cada uno tiene su autopista emocional pobladas de bandas sonoras y canciones más canciones que han crecido junto a uno y representan momentos y circunstancias vitales de determinados tiempos. No cité cinco trabajos, me decidí por siete. Por no insistir, deje de lado “Vientos del Sur”, una obra mayúscula sin duda, con una poética simple pero en ella radica su belleza y persistencia. La obra de una persona con la cual compartí ciertos eventos, cuando en plena dictadura colaboraba con Derby Vilas, el recordado director teatral, en llevar adelante las actividades culturales en la Sala Pequeña del antiguo Subte Municipal, que organizaba la Cámara del Libro Uruguayo cada año. Hoy el Subte, en pleno centro capitalino, es un estupendo espacio expositivo de arte contemporáneo en general, y esa sala pequeña continúa existiendo como una estancia expositiva anexa. Gracias a ti Ana y a los vientos, llegue a concluir este inesperado texto. La canción está en YouTube y el disco en Spotify, sólo se trata de encontrar los vientos alisios en el trópico, o los vientos polares del sur, para llegar hasta ella. Un disco de cierta melancolía, perspicacia y ante todo, un acto de fe por los años idos y por los que de alguna manera han de llegar.
* “Puntas de las Carretas” era como en la época colonial era llamada la actual franja costera que ocupa la Rambla Mahatma Gandhi en el barrio ahora conocido como Punta Carretas.














































