persona leyendo libreria karamazov noviembre 2018 foto federico meneses www.cooltivarte.com

Escritores exterminadores de escritores

Los celos literarios, los celos amorosos, la envidia que produce el éxito, la fama desmesurada de algunos, la vanidad de otros y hasta la cuna, suelen ser razones suficientes para desatar peleas e insultos memorables entre los escritores. Una tradición que viene de lejos y se mantiene en el tiempo como esos ritos sagrados que deben conservarse para la sobrevivencia del mito. ¿Por dónde comenzar esta mirada delatora de quienes, sin duda, solemos leer y admirar? Podríamos hacerle caso a la historia y comenzar desde el inicio pero, ¿dónde está el inicio? Lo mejor, entonces, es comenzar por la que tengo en mis manos en este minuto que escribo precisamente esta línea. Y no puedo dejar de sonreírme: “Como poeta sería maricón o si acaso loca, como Whitman y Blake. Neruda y Paz, en cambio, son maricas”, disparó sin pelos en la lengua el chileno Roberto Bolaños. A Neruda le dieron todos y con todo. Vicente Huidobro lo pulverizó: “Escribe una poesía fácil, bobalicona, al alcance de cualquier plumífero. Es la poesía especial para todas las tontas de América”. Y Pablo de Rokha, su enemigo mortal, lo redujo a la mínima expresión: “Neruda ni es un vertebrado ni es un renacuajo, es un molusco con la técnica del boomerang”.

Pero estos insultos contra Neruda parecen cosa de niños cuando se revisa esta carta enviada por Dalí y Buñuel a Juan Ramón Jiménez en enero de 1929: “Nos creemos en el deber de decirle –sí, desinteresadamente– que su obra nos repugna profundamente por inmoral, por histérica, por cadavérica, por arbitraria. Especialmente: ¡¡MERDE!! Para su Platero y yo, para su fácil y mal intencionado Platero y yo, el burro menos burro, el burro más odioso con que nos hemos tropezado”. Pobre Platero y yo, vaporosamente maltratado. Y si de animales se trata, para Gustavo Flaubert, George Sand era una perfecta vaca: “Una gran vaca rellena de tinta”. Solo recordemos que George Sand era, en realidad, Amantine-Aurore-Lucile Dupin, una mujer que rompió con todos los protocolos femeninos de la época, al punto de adoptar un seudónimo masculino.

¿Insultaron los clásicos? ¿Esos que llamamos “vacas sagradas de la literatura”? Claro que sí. Y también fueron insultados. La vanidad de poetas y escritores no respeta nada ni nadie y todos se disparan los dardos más venenosos y crueles que se puedan imaginar. Es el caso de Francisco de Quevedo, autor de uno de los clásicos de la novela picaresca, Historia de la vida del Buscón. Quevedo no respetó ni la muerte de su archirrival, Luis de Góngora, autor Soledades, y le dedicó estos versos de incomprensible humanidad: “Este que, en negra tumba, rodeado de luces, yace muerto y condenado, vendió el alma y el cuerpo por dinero, y aun muerto es garitero; y allí donde le veis, está sin muelas, pidiendo que le saquen de las velas. Ordenado de quínolas estaba, pues desde prima a nona las rezaba; sacerdote de Venus y de Baco, caca en los versos y en garito Caco”. Que Dios nos pille confesados, como se decía antaño en los campos de estas tierras, de enfrentar un chacal de la lengua como Quevedo. Más piedad tuvo Charles Bukowsky con Shakespeare: “Shakespeare es ilegible y está sobrevalorado. Pero la gente no quiere escuchar esto. Uno no puede atacar templos. Ha sido fijado a lo largo de los siglos. Uno puede decir que tal es un pésimo actor, pero no puede decir que Shakespeare es mierda”.

Cervantes también recibió lo suyo de parte de otro gigante de la literatura clásica española, Lope de Vega, pero fue bien más piadoso que Quevedo con Góngora: “De poetas, no digo: buen siglo es éste. Muchos están en cierne para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote”. ¿Qué mueve a estos ilustres hombres de letras a insultar a otros ilustres hombres de letras? Nombrábamos algunas razones al comienzo de la columna. Pueden ser todas ellas u otras como el odio, o bien ninguna, y simplemente esta agresiva verbosidad obedezca a razones inextricables que solo ellos y Dios conocen. Como es el caso de Thomas Banington Macaulay, historiador, poeta, político y abogado inglés del siglo XIX, que las arremetió con furia contra el viejo Sócrates: «Cuanto más lo leo, menos me extraña que lo envenenaran«. ¿Tanto su encono contra el filósofo que ni la distancia de decenas y decenas de siglos le impidió una descontrolada declaración como esta?

Si yo tuviese un enemigo literario, cosa que nunca tendré porque no soy ni literato ni famoso ni cosa por el estilo, sino un humilde columnista, le diría a ese enemigo imaginario (me apego a Parra), algo más suave como lo que dijo T.S. Eliot de James: “Henry James tenía una mente tan perfecta que ninguna idea podía profanarla”. Pero jamás despellejaría a ninguno, menos si ya no tiene ni pellejo, como lo hizo Mark Twain con Jane Austen: “Cada vez que leo Orgullo y Prejuicio me entran ganas de desenterrarla y golpearle el cráneo con su propia tibia”. ¡Qué bárbaro, Mark”. Y si de despellejar se trata, Lord Byron quería despellejar vivo a Keats: “Ya basta de Keats. Yo les suplico: despelléjenle vivo”. Ni tampoco usaría un lenguaje coprolálico para insultar a este enemigo imaginario. La historia de estos virulentos dimes y diretes que puede armar una biblioteca con cientos de ejemplares clasificados al respecto, nos ofrece varios casos de coprolalia punitiva, pero nos quedamos con este: “Con lo mierda que es De aquí a la eternidad, me extraña que el hombre que la escribió tenga esa extraordinaria pinta de estreñido”. Se nota que Truman Capote tenía especial “aprecio” por la obra de James Jones.

Más suave, en todo caso, fue Thomas Carlyle con Goethe: “Goethe es el genio más grande que ha existido en un siglo, y el imbécilmás grande que ha existido en tres”, aunque claro, todo depende del punto de vista con que se mire. Por suerte para Dante, Horace Walpole, autor de la novela El castillo de Otranto y que vivió en el siglo XVIII, lo trató de hiena y no de imbécil: “Una hiena que escribía poesía en tumbas”. Ahora, no entendí por qué “hiena”. A lo mejor porque la hiena es un animal carroñero, y claro, se relaciona con la muerte. Debe ser eso. En todo caso, la edad mental de Dante no era la de un niño adolescente de quince años, como dijo Jaime Gil de Biedma y Alma, uno de los poetas españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX, autor de una vastísima obra, de Ezra Pound: “Su edad mental es de 15 años”.

A la luz de este recorrido por libros, revistas y páginas de internet, hojeando las cosas feas, ingeniosas y entretenidas que en ellos se encuentran, como cuando paseamos por los prados de la ciudad, concluimos que los escritores son simplemente seres humanos generosamente imperfectos como cualquier otro ser humano, que tienen en el lenguaje un arma certera, venenosa y demoledora. Personas imprevisibles y enigmáticas en su ser y parecer, y enamorados de sí mismos sin temor a ninguna Némesis que los deje eternamente contemplándose como Narciso.

 

Imagen portada – Archivo –  Karen leyendo en librería Las karamazov – noviembre 2018  – Foto © Federico Meneses

 

 

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Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.