Mario de Andrade, Macunaíma

Macunaíma: una novela incómoda

La novela de Mario de Andrade, Macunaíma, cuyo subtítulo es el héroe sin ningún carácter, y que él escritor llamó de rapsodia, es un texto único en la literatura brasileña: “¿Quién negaría que Macunaíma es el texto más jocoso que se escribió en nuestra lengua? ¿O en otras? Qué sé yo. Para mí, ni Rabelais se iguala a Mario. Se aprecia el placer con que él compuso su rapsodia […]”, nos dice Darcy Ribeiro en el prólogo a la edición crítica de la novela, editada por ALLCA XX / Editorial Universitaria, Madrid, 1997 (todas las citas corresponden a esta edición y la traducción me pertenece). Pero, ciertamente, Macunaíma no es un texto único solo porque sea un texto jocoso. Otras particularidades hacen de él por lo menos un libro extraño para cualquier literatura, desde el proceso de creación a su estructura hecha de retablos narrativos en los que la magia, lo sobrenatural, pero también la realidad van de la mano de un personaje que ya en el primer párrafo es definido como un antihéroe: “En el medio de la selva-virgen nació Macunaíma, héroe de nuestra gente. Era negro retinto e hijo del miedo de la noche […]. Desde niño hizo cosas que espantaban. Primero, se pasó más de seis años sin hablar. Y cuando le pedían que lo hiciera, exclamaba: ¡Ay, qué flojera!”. Desde las primeras líneas Macunaíma se yergue como ideario nacional: “héroe de nuestra gente”. Un libro que incomoda.

Macunaíma es, esencialmente, una novela lúdica que desafía tanto al lector como a la crítica. No por nada Mario de Andrade la definió como una rapsodia. Y por rapsodia se entiende, según la RAE, desde un “pasaje amplio de un poema épico” sobre todo homérico, hasta un centón, es decir, una “obra llena de elementos heterogéneos y falta de originalidad”, aunque se entiende también como una “obra literaria compuesta con fragmentos de otras obras”. Por último, rapsodia también alude una “pieza musical formada con fragmentos de otras obras o con trozos de aires populares”. Esta novela lúdica, con su estructura rapsódica que rompe con los cánones de la literatura modernista, con un lenguaje complejo por su naturaleza autóctona y regional, fuertemente influenciado por la geografía social y cultural que rodea al personaje y la propia naturaleza de Macunaíma que, además, es “héroe de nuestra gente sin ningún carácter,” negro y feo como como el miedo de la noche, flojo, grosero, vulgar y pillo, una novela, en fin, polémica desde todos los ángulos, lejos de la concepción clásica del modernismo, encontró serios detractores en su tiempo, incluso de los propios escritores. Al respecto, Silviano Santiago en su ensayo A trajetória de um livro, señala: “Todos los colegas de oficio que se manifestaron en los diarios o revistas sobre Macunaíma son unánimes en afirmar el carácter polémico del libro”.

Augusto Meyer, por ejemplo, dice que es un libro “que no cabe en ninguna clasificación”. Por su parte, Tristão de Athaide, comenta que “no es una novela, ni un poema ni una epopeya. Yo diría que es un cóctel…”. Y las críticas no terminan ahí. Para Cândido Motta Filho: “¡Es una cosa curiosa! Siendo una obra literaria, es una obra completamente antiliteraria, casi un libro antiestético. Puedo afirmar, para completar mi pensamiento, que este libro no agradó a mi sensibilidad, muy educada, tal vez, en los viejos preconceptos culturales”. Por último, João Ribeiro señala que si “Macunaíma fuese el primer libro, el autor nos causaría pena”.

Es que el punto de partida de esta novela-rapsodia con sus peculiares características lúdicas, y alejada de los protocolos literarios vigentes, se encuentra en los prefacios que Mario de Andrade nunca publicó y en los que comenta la naturaleza de su libro y su escritura. Claro que, como dice Haroldo de Campos en su ensayo Macunaíma: A imaginação estrutural, el autor “se arrepintió” de los dos prefacios que escribió. El primero lo encontró insuficiente y el segundo demasiado suficiente. En el primero, escrito en 1926, leemos: “Este libro carece de explicaciones para no ilusionar ni desilusionar a nadie. […]. Es un libro de vacaciones escrito en medio de mangos, piñas y cigarras de Araraquara; un juguete […]. Pero me imagino que como todos mis otros juguetes fue útil. Me divertí mostrando tal vez tesoros en que nadie piensa”. Fue en ese lugar de fantasía donde el escritor dio rienda suelta a su libertad de espíritu. Un lugar donde la gente “no escucha las prohibiciones, los temores, los sustos de la ciencia o de la realidad, -los silbatos de los policías, los frenos que chirrían”.

El segundo prefacio, de 1928, cuando la obra estaba terminada, enfatiza la escritura del texto como una jugarreta: “Este libro de pura jugarreta, escrito en la primera redacción en seis días ininterrumpido de hamaca, cigarros y cigarras en la chacra de Pio Lourenço, cerca del nido de luz que es Araraquara, resolví finalmente terminarlo sin mayores explicaciones”. Y más adelante agrega: “Este libro no fue más que una manera gozosa de descansar unas vacaciones”. Pero quien no encontró el libro nada de gozoso fue João Ribeiro, citado también por Haroldo de Campos: “Macunaíma es un conjunto de cosas incongruentes […], se describe un pícaro indio, aborigen, incomprensible, absurdo, mezcla de toda ciencia folclórica y tríplice, del mestizo, del negro y del blanco […]. Parece que el autor cultivó esa incongruencia fundamental de juntar cosas que repugnan entre sí como disparates […]”. Si el libro, concluye Ribeiro, no es “un desastre”, es porque Mario “es capaz de una burrada, pero de una burrada respetable”.

Los prefacios son, entonces, la explicación, o no explicación, de una novela que, definida por su autor como rapsodia, reúne, efectivamente, todas las particularidades de una rapsodia, en la que el personaje central, hilo conductor de este retablo narrativo-folclórico es, precisamente, “un héroe sin ningún carácter”. Ignoramos si, efectivamente, el escritor escribió la novela en seis días, pero así lo dice, configurando la parodia de la propia fundación divina de la Tierra por Dios. Por eso no debe extrañar que el descubrimiento del valor fundacional de Macunaíma en la vanguardia brasileña haya demorado varios años en llegar. De hecho, quince años después de su publicación solo circulaban 1.800 ejemplares, de acuerdo con la información que Silviano Santiago entrega en su estudio citado más arriba. Entre los años 50, 60 y 70 surgen varios trabajos críticos de la obra de Mario de Andrade, y autores consagrados de la ensayística literaria de latinoamericana y del propio quehacer poético innovador brasileño, como Haroldo de Campos, uno de los fundadores del Grupo Noigandres en 1952, y dos años después del movimiento de la poesía concreta junto a su hermano Augusto y Décio Pignatari. Pero también el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal escribe sobre la relación de Mario de Andrade con Jorge Luis Borges. Así mismo, Raúl Antelo estudia la relación del escritor con sus pares de habla hispana.

Suele ocurrir con los escritores transgresores de modelos estético-literarios, que demoran en el tiempo para comenzar a ser leídos y comprendidos. América Latina colabora con varios nombres a la larga lista, como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo y, por cierto, Mario de Andrade quien, a pesar del redescubrimiento que la vanguardia brasileña hizo de su Macunaíma y de los aportes exegéticos de algunos críticos hispanoamericanos, continúa esperando que su obra sea más y mejor leída. ¿O continuará siendo una novela incómoda e incomprendida?

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.