18 May 2018
Crecí en un lugar sin arte y sin definición de él. El deseo y la curiosidad una legión.
En ese escenario paradisíaco para una adulta, por sus cañadas, sus montes y sus praderas. Una niña encerrada es su escapismo, una joven en su mente.
La distancia a todo fue un ejercicio de autoconocimiento y de poiesis. Los libros, los discos, las películas eran importaciones que el desencanto hacia entrar a mi caverna criolla de los 000 y salían hechas versos y acordes. Hecho cuerpo.
El tiempo.
Entre fotos de estúpidos edificios alineados como patos, la poesía cruza el ojal yo-otro, hilvana una verdad.
Lejos, un camaleón se embadurna con lo que lo deja fuerte: palabra y belleza.
El resto está librado al devenir del sentido.
Un camaleón oculta lo que lo hace débil: palabra y belleza.
Sobre herraduras
Tengo el magnetismo del campo estampado en la remera.
Aro cuando taconeo la hoja que va rumiando
La Femme Natura Fatale.
Son chistosas nutrias pulso y palabra
que se zambullen presurosas ante la amenaza del olvido y
arrastran tierra hacia adentro de la letra.
Sobona en los garrones se me engancha algún verso
a veces se posa cabizbajo como un tordo,
tordo verso reflexivo.
Pieza del puzzle de la noche bohemia
o águila posada en el ombú existencialista.
Soy de madera
acacia
de pasto- gramilla.
Tengo las manos ásperas con aroma a eucaliptus
pero a veces madre selva.
La mujer bicho.
Negada de elegancia
con desolación de tapera y robustez de monte.
Para mí no se hizo la esbeltez o el histrionismo,
sí un objetivo y un intento.
Hay un manto de pradera que recubre una pieza
esa que solo muestro cuando asoman los dientes
cuando burla la ciudad:
valor.
R.R














































