Antígona - Tragedia Griega Sófocles

Personajes femeninos transgresores de la literatura: Antígona y Nora

La literatura, en todas sus expresiones, ha hablado de la mujer. Ha descrito sus sueños y fantasías; sus éxitos y fracasos; su belleza y su fealdad. Sus valores sociales y morales; su mundo interior y su mundo exterior. Su vida y su muerte. Ha construido tipos femeninos paradigmáticos que la historia, la literaria y la otra, repiten como se repiten el día y la noche. Desde la clásica y rebelde Antígona de la homónima tragedia de Sófocles a la Inés aventurera, heroica y sensual de Inés del alma mía de Isabel Allende, la mujer ha ocupado todos los espacios literarios moviendo los hilos narrativos o dramáticos del relato. Son mujeres que rompieron con los cánones comportamentales de su época, inexorablemente impuestos por los hombres de turno y sus códigos socioculturales, aun a costa de su vida y de su honra. Mujeres sometidas a estados de poder: “Las relaciones de poder que atraviesan el campo social implican la consideración de la/s resistencia/s. Aunque las relaciones de poder, móviles y reversibles, pueden llegar a fijarse de manera que los márgenes de acción estén extremadamente limitados”. (Foucault citado por Patricia Amigot Leache y Margot Pujal i Llombart en su ensayo Una lectura del género como dispositivo de poder). A tales situaciones, señalan las autoras, “denominaría Foucault estados de dominación; en ellos, las relaciones de poder son perpetuamente asimétricas”. Como en Antígona, por ejemplo, que enfrenta el poder omnímoda de su tío, el rey Creonte que ha prohibido que su hermano Polinices sea enterrado, pero ella lo hace: “Reconozco haberlo hecho y no lo niego”. La pena es la muerte y conmina al rey para que la ejecute pronto: “¿A qué esperas, entonces? Porque ninguna de tus palabras me es agradable, ni me lo podría ser nunca”. ¿Cuántas mujeres de carne y de letras siguieron el camino de Antígona?

La Historia está escrita por hombres para hombres que en el decurso histórico han construido sociedades esencialmente patriarcales. Por eso la presencia de heroínas, las de carne y hueso y las literarias son escasas, a pesar de que ellas abundan en las antiguas literaturas, como señala Gabriela Damián en su entrevista publicada en la revista Tierra Adentro a la filósofa y profesora Paulina Rivero Weber, autora del libro Se busca heroína. Reflexiones en torno a la heroicidad femenina: “En la antigua narrativa oral de muchos lugares del mundo hay niñas valientes, jóvenes fuertes y viejas sabias. Aún en el Quijote de Cervantes tuvimos a la pastora Marcela, una heroína que busca la paz consigo misma”. Pero estas “niñas valientes, jóvenes fuertes y viejas sabias” no conformaron patrones de conducta femeninos que modificasen la mirada patriarcal ni de la historia real ni de la historia literaria. Pero sí han sido esenciales para hacer que ambas realidades, la real y la ficticia, comenzaran a desperfilarse del centro andrógeno aunque sea como estrellas fugaces alucinantes como Antígona, que corona su protesta enrabiada con su propio suicidio, zamarreando el poder y la moral de Creonte.

Otras mujeres literarias han provocado la desazón de las sociedades patriarcales, a pesar de que ellas son producto también de las influencias socioculturales de esta misma sociedad y poseen atributos que son, supuestamente, propios de los hombres, como la valentía, la arrogancia, la rebeldía, la ambición del poder, la vida licenciosa y, fundamentalmente, el querer ser, como Antígona. Dice Paulina Rivero en la citada entrevista: “Y ahora que lo pienso, tanto mis heroínas reales como las de ficción comparten ciertos rasgos: son valientes, no se doblegan, están hartas de los prototipos impuestos a la mujer, desean su libertad y su autonomía, y son capaces de llevar bien la soledad antes que resignarse al mal trato con tal de tener compañía”.

Cuando se trata de personajes femeninos que marcaron para siempre un cambio radical con su comportamiento, desarticulando todos los patrones socioculturales impuestos por la sociedad patriarcal, Nora, la mujer que busca su destino en la clásica obra de Ibsen Casa de muñecas, es la figura deslumbrante por antonomasia. Cuesta imaginarse una obra de 1879 cuyo mensaje no es otro que el de la liberación de la mujer en un medio social dominado por los hombres. Pero no cuesta, por lo mismo, imaginarse reflexiones como esta sobre la mujer de su tiempo: “La mujer no es microcosmos, no fué (sic) hecha a la imagen de Dios. ¿Es, sin embargo, ser humano? ¿Es animal¿ ¿Es planta?” (Otto Weininger, filósofo austriaco autor del libro Sexo y carácter, 1903. Citamos por el prólogo de Alfredo de la Guardia Teatro Selecto de Henrik Ibsen, editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1959). La figura de Nora se agiganta a la luz de la interpretación histórica de la mujer.

Casi ciento cincuenta años después de que Nora abandona su casa, su marido y sus tres hijos, el hecho continúa siendo reprochable para los cánones socioculturales actuales. “Tú continúas aquí en la casa, eso se sobreentiende. Pero no te permito que eduques a los niños; los niños no me atrevo a confiártelos”, le dice Helmer a Nora cuando descubre la carta de Krogstad que habla del dinero prestado por este a su esposa. Y cuando todo el peligro ha pasado pues la criada llega con el vale de la deuda, aflora el discurso protector de quien se sabe con el poder que le confieren los patrones sociales y culturales: “No, no; apóyate en mí; yo te aconsejaré, te dirigiré, te conduciré”.

Se han escrito muchos tratados sobre Casa de Muñecas y Nora específicamente, analizando su actitud, su acto de rebeldía en pleno 1879, pero nadie ha explicado mejor que ella misma la razón de su acto: “Tengo que tratar de educarme a mí misma […]. Tengo que encargarme de ello yo sola […]. Necesito verme sola para orientarme sobre mí misma y sobre el mundo. Por eso no puedo continuar viviendo contigo”. Nora esperó ocho años para comprender que también era un ser humano y no una muñeca con la que su padre primero, y su marido después, jugaban como ella jugaba con sus muñecas de juguete. Los modelos educativos de larga data en la cultura occidental, encuentran hoy, sobre todo en sociedades menos desarrolladas desde el punto de vista de las relaciones de poder como la latinoamericana, generosos molinos para acarrear sus aguas patriarcales. “Nora se asegura y se fortifica, y abandona su Casa de muñecas por el retiro en que aseverará su primordial condición de ser humano, según su misma frase”, señala de la Guardia en el citado prólogo.

Sí, la literatura en todas sus expresiones, ha hablado de la mujer. De sus razones y sus sinrazones para ser como son, en la vida y en la ficción, pero Antígona y Nora representan, con siglos de distancia, la lucha constante e irrevocable de la mujer por lograr justicia e igualdad tanto en la realidad como en la ficción.

 

 

Fuente imagen: Antígona – Tragedia Griega Sófocles https://sites.google.com/site/tragediagriegasofocles/antigona

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.