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La historia de un refrán en literatura

A otro perro con ese hueso

La literatura y la realidad construyen mundos mediante el lenguaje. No solo los construyen, también los describen y acotan. Todo discurso es un hecho semiótico que, como tal, produce semiosis; es decir, significa algo para alguien. Los refranes, que son una de las formas de la paremia (las otras son los proverbios, los adagios y las sentencias), han colorido el discurso real y ficticio en sus distintas expresiones comunicativas.

La RAE define refrán como “Dicho agudo y sentencioso de uso común”. En otras palabras de la propia RAE: “Dicho de un texto o del modo de expresión: Que encierra sentencias morales o doctrinales, o presenta características propias de estas”. Esta particularidad de ser sentencioso es lo que une las distintas paremias en su significación. “Los refranes forman parte de la retórica práctica, la de las conversaciones comunes”, nos dice Amando de Miguel citado por De La Fuente en su artículo Valoración y aprendizaje de los refranes publicado en Tabanque, N. 18, 2004. El mismo De La Fuente acota: “Y es que los refranes, como expresiones fijas que son, suelen utilizarse como recurso expresivo y hasta dialéctico. Su condensación, brevedad, color, ritmo, gracia, etc. no son, en absoluto, despreciables”. Así lo entiende también Quijote: “Paréceme Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la experiencia, madre de todas las ciencias” (Capítulo XXI de la Primera Parte, Ediciones Zeus, 1968, p. 163).

Más adelante, en el Capítulo XXXIX, Cervantes define nuevamente los refranes a través del relato del cautivo: “Hay un refrán en nuestra España, a mi parecer muy verdadero, como todos lo son, por ser sentencias breves sacadas de la luenga y discreta experiencia” (p. 333).

Cervantes apela a la “luenga y discreta experiencia” para validar el valor del refrán en la cultura. Seguramente conocía Seniloquium o Refranes que dizen los viejos, un catálogo de 497 refranes con anotaciones en latín, de Diego García de Castro, y que data aproximadamente de 1480. El prólogo de la obra, cuyo manuscrito se encuentra en la Biblioteca Nacional de España (hay otro manuscrito en la Biblioteca Universitaria de Salamanca), es un culto a la “luenga y discreta experiencia” (citamos por el texto de María Auxiliadora Castillo, de la Universidad de Sevilla, La producción fraseográfica en su historia: diccionarios de locuciones y refranes, publicado en Estudios de Lingüística del Español 38, 2017: “En primer lugar afirmo que los proverbios se llaman ley antigua, pues se suele decir «es un antiguo proverbio». […]. En segundo lugar mantengo que la vejez o antigüedad debe venerarse o reverenciarse, porque, aquello que los antiguos dicen debe considerarse como Derecho. […]. En tercer lugar afirmo que los antiguos o populares proverbios se deben considerar como Derecho. Y como leyes pueden alegarse. […]. Se considera como ley lo que los ancianos dicen […]. Y se citan refranes como ley”.

Tengan los refranes el origen que sea, transmitidos por vía escrita u oral, erudita más que popular, como lo propone el profesor Emilio García Gómes citado por Ruiz Moreno en su artículo Reflexiones sobre el origen de los refranes, publicado en Anaquel de Estudios Árabes IX, 1998, p. 6: “los refranes han pasado de unos pueblos a otros mediante “traducciones”, por transmisión “escrita” más que “oral” y por vía “erudita” más que “popular”. O respondan a una teoría poligénesica o del desarrollo paralelo, de la que participa el profesor Serafín Fanjul: “La similitud básica de la mente humana y de sus estructuras y vías de elaboración de pensamiento, hace que el hombre, ante experiencias y estímulos semejantes responda con idénticos modos de actuación” (Ruiz Gómes, pp. 6 y 7), lo cierto es que ellos han ocupado la vida social y cultural de los hombres a través de la historia de todas las culturas y todas las literaturas.

Uno de estos refranes cuya vigencia es incontestable es A otro perro con ese hueso, que aparece en Quijote (Capítulo XXXII, Primera Parte, p. 273): “[…] – “A otro perro con ese hueso —respondió el ventero—. ¡Como si yo no supiese cuántas son cinco, y adónde me aprieta el zapato! […]”. Pero el refrán ya se encuentra en La corónica de Adramón, llamado El Caballero de las Damas, libro anónimo de caballería medieval que señala con claridad su acción en 1232, lo que lo hace ser un libro bastante atípico en este sentido, y cuya fecha aproximada de publicación es de 1530, es decir, setenta años antes del Quijote: “[…] Respondyó la dama: ‘¿No soys vos como los otros?’ El cavallero dyxo: ‘No en eso. Sy, por cyerto’, dyxo la dama, ‘a otro perro con ese hueso: que yo sé lo que me sé’ […]”. Con todo, A otro perro con ese hueso lo encontramos todavía antes, en La Celestina, que en la edición de 1502 se llamaba Comedia de Calisto y Melibea, pero que en la traducción al italiano de Alonso Ordóñez de 1519, aparece con el nombre de Tragedia de Calisto y Melibea. Habla Areusa: “Por excusarte lo haces: a otro perro con ese hueso; no es para mí esa dilación […]”. (Acto Décimoctavo, Estrada Editores, Buenos Aires, 1949, p. 300).

A otro perro con ese hueso se encuentra en uno de los más importantes Refraneros hispánicos de los siglos XVI y XVII, Refranes que dizen las viejas tras el fuego, del Marqués de Santillana, que tuvo cinco impresiones entre 1508 y 1542. Refranero solicitado por el Rey don Juan: “Yñigo López de Mendoga por mandado del Rrey don Juan ordeno y copilo [sic] los rrefranes castellanos que se dizen comunmente entre todo genero de personas, los quales comprehenden en si sentencias muy prouechosas y apacibles […]. Y van puestos los refranes por la orden del abecé, y, junto a cada refrán, la glosa o sentencia, la qual se a hecho agora nueuamente” (Citamos por el texto de Hugo Bizzarri, La glosa de 1541 a Los refranes que dizen las viejas tras el fuego, Olivar, 2001, Año 2, N. 2). A otro perro con ese hueso ocupa el número 34 y su glosa es “Los sabios no reciben engaños de sus cautelosos”.

La literatura es una fuente inagotable de refranes creados por los propios autores o recogidos de textos que, a su vez, nacieron en algún lugar del mundo y llegaron a las diversas culturas mediante la traducción que las adoptó, y adaptó en muchos casos, siempre como un texto semiótico didáctico y sentencioso. Como dice Pérez Martínez, citado por María Teresa Pérez en su ensayo El refrán como texto oral y escrito (Estudios Sociales 2, 31 de enero de 2008): “el refrán “nació como el último consejo de un padre moribundo que quiere entregar en comprimidos su experiencia, para convertirse luego en una de las formas literarias más antiguas y una de las primeras formulaciones de la sabiduría popular”.

La breve revisión que hemos hecho en esta columna de A otro perro con ese hueso, así lo comprueba.

 

 

Imagen portada – Archivo – Refrán – Locación – Librería Mundos Invisibles – Foto © Federico Meneses

 

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.