Rayuela

Una novela llamada Rayuela

Cuando apareció Rayuela en 1963 provocó un estallido de repercusiones diversas. Era una novela que rompía con los cánones impuestos por el conforto y bienestar de una suerte de compromiso entre autor-lector, que hacía de la relación una apacible y amena tarde de lectura. Pero Rayuela no. Ella rompió con los protocolos y sacudió la relación autor-lector para siempre En Clarín Videos, del 12 de junio de 2018, escuchamos a Cortázar que nos dice: “A mí se me ocurrió -y sé muy bien que era una cosa difícil, realmente muy muy difícil-, intentar escribir un libro en donde el lector, en vez de leer la novela así, consecutivamente, tuviera en primer lugar diferentes opciones. Lo cual lo situaba ya casi en un pie de igualdad con el autor, porque el autor también había tomado diferentes opciones al escribir el libro”.

 

 

Las críticas no se hicieron esperar, sobre todo de aquellos que Cortázar suponía que sería bien recibida, porque “pensaba que había escrito un libro para la gente de mi edad, para la gente de mi generación” (entrevista a Evelyn Picón Garfield, publicada en Cuadernos de Texto Crítico de la Universidad Veracruzana de México en 1978). Y a renglón seguido: “Cuando el libro se publicó en Buenos Aires y empezó a ser leído en América Latina, mi gran sorpresa fue que empecé a recibir cartas, centenares de cartas, y si tomas cien cartas, noventa y ocho eran de jóvenes, de gente muy joven, incluso adolescente en algunos casos, que no entendían todo el libro”.

Julio Cortázar está con Rayuela en la órbita de los cambios profundos que sufre el arte de novelar desde las primeras décadas del siglo XX, con el Ulises de James Joyce y En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Ambas novelas esencialmente laberínticas y más bien conocidas que leídas. Pero en América Latina no había nada tan osado todavía, tan innovador como para evitar que el lector continuase cómodamente instalado en su sillón favorito. Con Rayuela se inicia en nuestro continente lo que Nathalie Sarraute llamó “la era del recelo”, en su libro La era del recelo. Ensayos sobre la novela, texto de 1957 publicado en Gallimard, París (nosotros citamos por la edición de Guadarrama, Madrid, 1967). “El genio del recelo ha bajado a la tierra”, cita la ensayista y novelista francesa a Stendhal. Y ella misma nos dice que el “lector recela hoy de lo que le proponga la imaginación del autor”. Y el lector de Rayuela receló de ella. La miró con espanto y se sintió desafiado en su condición de lector.

Y Cortázar lo sabe, por eso en numerosos escritos ha declarado la relación de la novela con la generación joven, que encontró en ella la ruta de un camino por recorrer en el ámbito de la Literatura Latinoamericana. En carta a su amigo Roberto Fernández Retamar, fechada en París el 17 de agosto de 1964, escribe: “Mi libro ha tenido una gran repercusión, sobre todo entre los jóvenes, porque se han dado cuenta de que en él se los invita a acabar con las tradiciones literarias sudamericanas que, incluso en sus formas más vanguardistas, han respondido siempre a nuestros complejos de inferioridad, a eso de «ser nosotros tan pobres», como dices a propósito del elogio de Rubén a Martí”.

Fue una invitación directa, sin preámbulos, con un tablero de direcciones en la primera página que invita a jugar la rayuela literaria en la que el lector debe ir armando los mundos de las distintas orillas, componiendo y descomponiendo lugares, personajes y lenguajes que adquieren múltiples facetas, desde el lenguaje gíclico, cabalístico y musical creado por jitanjáforas, inventado por la Maga y que solo conoce Oliveira, con que Cortázar nos envuelve y confunde en el capítulo 68, que evoca una escena erótica: “Apenas Crespo le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las anillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia”, hasta “la burla al diccionario en el juego del Cementerio (entre Talita y Oliveira); la utilización de haches (que alejan al personaje de sí mismo –Holiveira- y de lo representado por la palabra), la proliferación de errores ortográficos (capítulo 69) o la utilización de dos niveles de lengua (capítulo 34), como muy bien lo describe Hernán Maximiliano Huguet en su ensayo Cortázar y su teoría del juego, texto que se encuentra en internet.

Rayuela es un mosaico literario, Cortázar lo llama almanaque, en el que todo está presente sin ningún orden establecido. Él recuerda El Almanaque del Mensajero que lo fascinaba de niño, con “calendarios, las fases de la luna, las mareas, recetas de cocina, consejos de jardinería, medicina del hogar, cuentitos, poemas, y todo en un libraco así, de 300 páginas” (cito por el texto de Izara Batres Julio Cortázar y París: Último round. Pasaje al centro del mandala, Fronterad REVISTA DIGITAL, del 10 de febrero de 2014). Pues bien, Rayuela es este almanaque literario compuesto de retazos diversos de lenguajes, artículos científicos, letras de tango, letras de jazz, artículos periodísticos, cartas, poesía, diversos modos de lectura, citas. En fin, un verdadero collage de información de variada cultura que el lector va armando y desarmando, yendo de un rectángulo literario a otro como los niños que juegan la rayuela, el luche o bien o jogo da amarelinha.

Cortázar ya había previsto todo esto. Su Rayuela irrumpía, como dijimos, demoledoramente en la tradición literaria de América Latina, socavando la cómoda relación autor-lector tan a gusto de la novela tradicional. Con todo, no era su primer experimento escritural ni mucho menos.

En una carta dirigida a su amiga Graciela de Sola el 30 de julio de 1966, al autor le comenta su primera obra collage, La vuelta al día en ochenta mundos, aún en elaboración: “un libro que irritará a los famas y encantará a algunos cronopios” (citamos por el libro de Batres).

Exactamente eso fue lo que hizo Rayuela, irritó a los famas y encantó a algunos cronopios. Pero a nadie dejó indiferente.

Cincuenta y siete años después, ningún lector continúa indiferente frente a Rayuela, que continúa con su juego de irritar a los famas y encantar a algunos cronopios.

 

 

Imagen portada: wikipedia.org

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.