
De niño, en mi casa familiar, ubicada en la zona rural de Santa Rosa sobre la ruta 6, las mañanas empezaban por el oído. La radio ya estaba encendida, sonaba bajito radio Clarín y en las horas pares, la voz del Zorzal Criollo, se filtraba por todos los espacios. Mientras tanto, el abuelo Julio, en silencio, preparaba su té con galletas saladas en la cocina, mientras nos aprontábamos para ir a la escuela.
Los fines de semana eran distintos. Se dormía un poco más porque no había escuela, pero la música seguía siendo protagonista todas las mañanas. Salía del radiograbador Hitachi donde mi madre musicalizaba: Los Iracundos, José Luis Perales, Valeria Lynch y tantos otros artistas que por aquellos días no tenían nombre para mí.
Más que las canciones, recuerdo la voz de mi madre cantando, dejándose llevar, como si fuera la protagonista de las historias de esas letras. Era un canto desde la emoción, con sentimiento, la recuerdo jugando a ser Pimpinela, haciendo de Lucía y respondiéndole a Joaquín, en ese diálogo que tenían los hermanos Galán en sus canciones.
Hoy, cuando vuelvo a la casa materna los fines de semana, la escena cada tanto se reedita. Cambian los artistas, las tonalidades, ya no hay radiograbador ni cassettes, pero el ritual continúa.
Y en esa continuidad, casi intacta, la música sigue haciendo lo mismo: dejar una huella que no envejece, que se mueve con nosotros y nos devuelve, una y otra vez, al mismo lugar.
Me gusta pensar que todo eso —esa manera de escuchar, de emocionarnos con una canción— nace de momentos como esos, de mañanas que parecían simples y hoy puedo resignificarlas. Y celebro esa voz materna, cantando apasionadamente sin saber que estaba preparando el terreno.
Hoy, en mi casa, ese mundo tiene otra forma pero mantiene el espíritu En un rincón que se fue armando con los años conservo discos, CDs y cassettes. Algunos originales, otros grabados, muchos difíciles de conseguir y otros de esos que se encuentran en cualquier feria. Con el tiempo, se armó un pequeño mundo dentro de la casa. Y no tiene que ver con acumulación, quizás responda mas a una forma de mantener un vínculo con lo que fuimos.
Recuerdo el primer CD que tuve en mis manos. Tenía 14 años, el disco editado ese mismo 1995 era el Ballbreaker, de AC/DC. Me lo trajo un amigo que por sus estudios viajaba frecuentemente a Montevideo. Claramente, en la década del 90 y viviendo en el campo, los tiempos para conseguir música eran otros, todo implicaba esperar. Ese CD fue el inicio de un gusto que con el tiempo encontró continuidad en un sonido reconocible. Quizás por eso, años después, terminé en el MMBox, viendo a una banda volver tras dos décadas.
El sábado, con la vuelta de Doberman, la sensación era parecida a esos recuerdos de adolescencia. Una banda que siempre me impactó por su sonido y por un estilo inconfundible. Hay algo ahí que te lleva directo a AC/DC, a veces en un cover, otras en un punteo o simplemente en la actitud. Esa cosa de banda grande y de sonido potente. Y también la voz de Nacho Obes, con esa agudeza que te arrastra y se hace difícil no tararear o mover la cabeza cuando la banda entra en esa frecuencia.
Después de las 21 horas, y tras una cuenta regresiva literal de diez minutos en pantalla, volvió Dóberman. Como dijo Nacho en una de sus intervenciones, no tenía que ver con un regreso puntual; no sería solo esta noche.; la banda volvió para quedarse.
El show fue demoledor. La banda no se guardó nada, con un setlist que incluyó un recorrido que pasó por muchos de sus clásicos: “Actitud”, “El último pie”, “Perro fiel”, “Entre ceja y ceja”, “Tren calavera”, “Blanco perfecto”, “Animal”. Un repertorio sostenido en un sonido impactante, donde se notó el trabajo detrás de cada detalle, la búsqueda de la perfección. Una intención clara de los músicos en la precisión, concentración y entrega. Una banda comprometida en el escenario que no dejó nada librado al azar.
Hubo también momentos para bajar la intensidad. Un set acústico que funcionó como pausa, sin romper el clima. Y en medio de todo eso apareció el crack de Alejandro Spuntone como invitado, con su voz inconfundible y la naturalidad de siempre, en una intervención breve pero con su sello que porvocó el aplauso generalizado. Minutos después fue el turno del segundo invitado de la noche, Mariano Martínez, con la guitarra colgada interpretó “Hacelo por mí”, de Attaque 77, hits que se agitó un montón. Y en esa frecuencia casi si pausa se vino la sorpresa “Highway to Hell”, de AC/DC. Para que se desmadrara todo. Siguió “Thunderstruck” y probablemente fue el punto más alto de desborde en el MMBox, nada raro, dado que los covers de AC/DC le calzan natural a la banda, es parte de la identidad de Dóberman.
El tramo final volvieron a lo propio, con “Morir así” y “Sangre de perdedor”, clásicos del disco Tren Calavera, antes de algunas idas y vueltas más que fueron estirando el cierre. Y entonces sí, después de 20 años, se terminó la vuelta de Dóberman con la confirmación de que las canciones siguen vigente. Nos encontramos con una versión distinta de la banda, más prolija y profesional. La voz, trabajada, nítida, con un rango vocal sorprendente, incluso mejor que en sus mejores tiempos. Fue una vuelta 2.0, actualizada y una grata sorpresa ver a la banda renovada; con nueva estética y un sonido imponente. Una noche maravillosa en lo musical. Si algo quedó en el debe, fue alguna mención a la partida del INDIO a un día de su fallecimiento; algo que varios esperábamos y que finalmente no llegó. De todas maneras, nada empaña la esperada vuelta de una banda que supo ocupar un lugar de referencia dentro del rock nacional. Larga vida Dóberman.
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