
Hace más de dos décadas, cerca de treinta países europeos acordaron firmar un tratado de colaboración asociado con la formación universitaria. El tratado de Bolonia supuso, entre otras cosas, un acuerdo universitario que regulaba la formación de grado, los posgrados, maestrias y doctorados que ofertaban las universidades de los países que adherían. Se buscaba, de esa forma, establecer un sistema unificado que permitiese el reconocimiento de las titulaciones entre ellos, además del tránsito de los estudiantes y sus correspondientes reválidas en virtud de un sistema de creditización que unificaba también, de esa forma, la evaluación como práctica acreditadora de saberes y su respectivo valor de cambio.
Hoy día, son cerca de cincuenta los países que adhieren al tratado de Bolonia, lo que no solamente ha incrementado el flujo estudiantil sino que ha promovido a su vez la universalización de ciertos saberes y su correspondiente estandarización evaluativa. Es de orden que la homogeinización de las estructuras institucionales y de los diseños curriculares encuentre correspondencia con acuerdos unificados de evaluación de aprendizajes, los que serán el elemento medular sobre el cual se sostenga la totalidad del sistema, oficiando así como legitimantes, y estando a su vez legitimados.
No obstante, esos estándares no son estáticos ni mucho menos. Menos aún considerando que se sostienen sobre la base de discursos que promueven la idea de moverse de la mano de las dinámicas del mundo, del aprender para desaprender y del tan afamado “life long learning”. Ahora bien, no hay posibilidad alguna de afirmar que nacen por generación espontánea sino que, por el contrario, su génesis debe analizarse como la respuesta a una realidad material que se ha encargado de generar esa necesidad. Esa realida nace, naturalmente, del mercado, el cual establece aquello que necesita para incrementar su productividad y demanda mano de obra productiva.
Este movimiento histórico, que sacudió sustancialmente la educación superior, no solamente cruzó el gran charco sino que migró a todos los niveles educativos. Las universidades latinoamericanas, siguiendo la línea, comenzaron hace ya bastante a alinearse a Bolonia, estandarizando su lógica, no solamente creditizando sus cursos sino también buscando cotizar en el mercado en virtud de lo que pueden, o no, aportar en términos productivos.
Idéntico proceso para educación inicial, primaria y media, con ataques sistemáticos de sistemas de medición y comparación promovidos por organismos internacionales que buscan otorgar a las instituciones la posbilidad de comparsrse con el resto, más allá de las condiciones materiales en las cuales se desarrollan cada una de las propuestas educativas y desconsiderando por tanto las partoicularidades del contexto y los puntos de partida.
En esta lógica, hasta los niveles de desarrollo de los niños son integrados a tablas de comparación -¡Viva Piaget carajo!- y nadie parece dudar de esto, considerando como válidos esos instrumentos, los que no hacen otra cosa que asignar valor a las personas.
Como podemos suponer, no todo salió tan bien en el mejor de los mundos posibles. Hasta Pangloss llora sin encontrar la salida, y se ha resignado a entregar su vida y su futuro a los antojos del mercado, considerando que es Él, el nuevo Dios supremo, el único que pueda asignarle valor como sujeto social productivo.
La cosificación y las formas del inconsciente colectivo son cada vez más explicitas aunque -oh, paradoja- los sujetos enajenados no parecerían saber de su condición. O, en principio, no parecería importarles en tanto logren cotizar en el mercado, es decir en la medida en que, en términos de capital humano, se manifiesten como el producto de un sistema educativo que la logrado hacer de ellos sus mejores exponentes, al servicio del mercado y, por tanto, de los grandes capitales.
Educación, sí, pero… ¿qué educación? Las formas neoliberales carecen de fondos, el curriculum oculto yace, desocultado, tal visible como infranqueable, y a nadie parece darle verguenza manifestar su intención de servir a los grandes intereses.
Los nuevos modelos educativos, que comenzaron atacando la educación superior y que aún hoy la atacan con puñaladas leves y sistemáticas, se comen día a día el absoluto educativo, postulando el avance imperceptible del espíritu neoliberal.
Ese espíritu, resultante de la media de las conciencias -inconcientes-, del encuentro sujeto-objeto que arrastra sus a priori y que configura falsos universos, es la manifestación práctica del individualismo del sujeto neoliberal, de la meritocracia del sistema y de la pérdida total y definitiva del proyecto colectivo.
Y, en este mundo, tomar parte parece ser la peor forma, sobre todo para aquellos que flotan, náufragos, en los mares revueltos del vértigo y la competencia. Salvarse a uno mismo viene siendo la bandera, salvar a mí y a los míos es más de lo mismo, con algo más de mérito pero enchastrado por la misma calaña.
Vivimos en una suerte de guerra fría respecto de la educación. Los países compiten entre sí para producir sujetos productivos, con carpetas cargadas de méritos que solamente se miden en estándares de productividad y que no parecerían, por el momento, intentar buscar otra salida. Las instituciones se alinean, incapaces de unirse para pensarse colectivamente, actitud sistemática para falsas democracias en las cuales la libertad parece ser cada vez menos libre, inclusive para los mismísimos neoliberales.











































