
Enero 2022
En los últimos tiempos, las estructuras de gobernanza de la educación nos vienen acostumbrando a una suerte de dirigencia abstracta y centralista que agudiza la brecha existente entre los que gobiernan y los que ejecutan. Y más aún entre los que gobiernan y el pueblo.
La disolución de los Consejos, el protagonismo del Ministerio de Educación y Cultura alineado con las políticas de los grandes prestadores, la invasión de proyectos neoliberales de corte internacional y la filtración permanente de políticas educativas descolgadas del pueblo y sus necesidades, son algunos de los mecanismos frecuentes con los que parece debemos acostumbrarnos a convivir.
Los docentes se ubican cada vez más lejos del poder y su palabra ya no suena, o apenas se oye. Las pedagogías del disfrute, la fantasía de lo emocional y el niño como centro -no la sociedad y su praxis, el niño solamente- acometen con fuerza y, a modo de falacia de atinencia por generalización apresurada nos dicen, idealmente, que lo que se viene haciendo en el primer mundo es lo mejor.
Y es evidente que es lo mejor. Porque como nos decían Carrera y Luque (2016), nos quieren más tontos, más y más idiotas. Ya no les alcanza alejarnos del poder sino que ahora se proponen desplazar el saber por el saber hacer, simplemente porque el saber lo manejan ellos.
Ser competente parece ser la receta, que se aleja poco de aquello que rezaba “el niño será capaz de…” y que pensamos que habíamos enterrado con las pedagogías por objetivos, muertas en los 70.
Y cuando sólo hace falta aplicar recetas, no importa si se dirige el barco desde la infame soledad del escritorio. El idealismo y la tecnocracia se proponen regular las acciones, escribiendo documentos que, a modo de derecho positivo, jamás trascienden la dimensión de los medios. Los fines ya no importan. Sólo se trata de regular formalmente una estructura que se aproxima inevitablemente al iceberg y que chocará cegado por las luces y el reflejo de los espejos de colores que nos nublan la comprensión, y que debilitan aún más la crítica.
Las nuevas políticas resucitan dinosaurios, remueven las entrañas de la oligarquía más rancia de nuestro país, pintando de negro el futuro de los de abajo, de los que siempre esperan pero que cada vez esperan menos. No tienen mucho que esperar, porque ya los convencieron de que nacieron para ser pobres, e inclusive les enseñaron a dar la espalda a la explotación.
Y hasta agradecen a los que los explotan por darles trabajo, en una suerte de ironía del explotado, ciego y sordo antes su propia injusticia y naturalmente inmunes ante la injusticia de los otros. A la gobernanza burguesa jamás le interesa un pueblo educado, sólo les interesa conservar su poder y convertir las instituciones en aparatos de reproducción.
La inmanencia de la pobreza es su leymotive, y sólo los mueve el seguir siendo más que los otros. Son los iluminados, a los que le dimos democráticamente el poder para que manejen nuestras vidas a su antojo. Son los que sin ningún tipo de pudor y culpa ostentan el racismo de la inteligencia (Bourdieu, 1991).
Cinco años de escritorio que seguramente devengan en un aumento exponencial de la desigualdad, de preservación acérrima de un capital cultural que sintieron en riesgo y que están convencidos de que es suyo.
En definitiva, dimos las riendas de nuestras vidas a los dueños de los carros… y de los caballos, y ellos sólo saben hacerlo como Dios manda, tirando las migas a los de abajo y avisándoles, humanamente, cuando podrán abrir la boca para empezar a comer.
Bibliografía
Bourdieu, P. (1990). El racismo de la inteligencia. En P. Bourdieu, Sociología y cultura (págs. 201-204). Mexico: Editorial Grijalbo.
Carrera Santafé, P., & Luque Guerrero, E. (2016). Nos quieren más tontos: La educación según la economía neoliberal. Barcelona: Ediciones de Intervención Cultural.














































