Nuestra América Hispana, y la no hispana también, son generosas en idiotas que hicieron de la política su Premio Gordo de la Lotería. Viven de ella y se encuentran preferentemente en las altas esferas del poder. Los hay de todo tipo y de todos los géneros. Tampoco son exclusivos de un lado o de otro, pues son especímenes que abarcan todo el espectro político. Del mismo modo, estos idiotas de la política pueden ser, literalmente, cercanos a la actividad circense, revolucionarios renovados, extremistas, groseros y malacatosos; necios e inteligentes. Se encuentran en las capitales, en las provincias, en los municipios. Instalados en los ministerios, parlamentos y gobernaciones. En fin, como dijimos, en las altas esferas del poder, y desde ahí, viven a rajatablas su condición de idiotas de la política.
Una aclaración necesaria: no uso el término “idiota” en ninguno de los sentidos que reconoce la RAE, y que para evitar cualquier malentendido, reproduzco aquí: 1. Que padece de idiocia; 2. Engreído sin fundamento para ello; 3. Tonto, corto de entendimiento“. Lo anterior no significa que algún lector no pueda asociar cualquiera de estos sentidos, o todos, con el idiota de la política de su propio país. En mi caso, como columnista y ciudadano chileno, podría elaborar una lista interminable de idiotas políticos chilenos asociados a cualquiera de estas definiciones o todas juntas. Pero el concepto “idiota” que utilizo en esta columna para referirme a los políticos de nuestra América Hispana y no hispana, tiene origen griego y no latino, como el anterior que acabo de describir.
Uso, entonces, la expresión “idiotas” en su sentido estrictamente etimológico griego, que significa “lo privado, lo personal, lo particular”. Cuando se revisa el comportamiento de estos políticos, tan alejados de la realidad que vive el ciudadano común, se comprende la barrera insoslayable que hay entre ellos y el pueblo que dicen representar. Para los griegos, estos políticos vivían su mundo de burbujeantes placeres, preocupados de sí mismos y de sus intereses. Para los griegos, y también en la cultura romana, quienes no participaban de la democracia eran “idiotas”. Y los políticos a que alude esta columna viven en su insultante mundo privado, propio de Disney World. Solo un remezón muy fuerte que ponga en peligro su vida repleta de prebendas, los puede hacer reaccionar.
En la Grecia antigua estos políticos eran los epicúreos, amantes de la suprema felicidad, pues entendían que la vida política nada más acarreaba puras infelicidades. Frente a ellos se encontraban los estoicos. Para ellos, el hombre sabio debía entregarse a la vida política y pública. Los políticos hispanoamericanos, y los otros, son herederos naturales de los epicúreos griegos. Son los mismos que hasta hoy se esconden en su burbuja cual idiotas griegos o romanos. Son los estoicos-epicúreos de la política del siglo XXI. Por un lado, están en la “vida pública”, pero como es muy esforzada, no la practican, pero son inmensamente felices gozando de todas las tetas que generosamente les brinda la Vaca-Estado.
¿En algún momento de su vida política, estos epicúreos nuestros dan el ansiado paso que la gente espera, a la vida estoica de la política? Solo cuando sienten que la realidad que ignoran, también tiene vida propia. La vida propia de las masas que suelen ser irreflexivas, y que provocan, por lo mismo, pánico, pues en sus actos demenciales suelen también, acabar con todo, incluso con la vida. Entonces, sí, sienten pavor que sus globos que parecen planetas de otro sistema político y social, revienten al menor pinchazo. Pero su reacción, normalmente, es situarse sin más al lado de estas masas irreflexivas, ganarse su adherencia, y copar los medios de comunicación apoyando los legítimos, pero mal enfocados movimientos sociales. Y no responden, en consecuencia, a las urgencias de un hic et nunc irrenunciable, que no puede seguir esperando y no se encuentra en la calle vandalizada, sino en el diálogo, en la diplomacia de los acuerdos, en los foros pertinentes donde se discute la política seria.
Recorro América desde México al fin del mundo, Chile. No hay absolutamente ningún país que se haya librado de estos epicúreos de la política que tanto daño provocan no solo a su país y su gente, sino que son también fuente permanente de conflictos internacionales. La corrupción los emparenta, su relación con el narcotráfico los enriquece y los paraísos fiscales protegen sus malversaciones, fraudes y robos. Están en Nicaragua, en El Salvador, en Colombia, en Brasil, en Perú, en Bolivia, en Argentina, en Chile (si los nombro a todos, me resulta más fácil anexar un mapa). Son idiotas sin conciencia de sus responsabilidades con la vida pública para la que se postularon, y que, para nuestra desgracia, fueron coronados como tales.
Me cuesta creerlo, pero muchas veces he llegado a pensar que estos idiotas de la política conocen a Giuseppe Tomassi Lampadusa y su El Gatopardo, y saben de memoria la famosa frase de Tancredi: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”, y están jugando al gatopardismo o al lampedusianismo, haciéndonos creer que todo cambia para que, en realidad no cambie nada. Tampoco, me imagino, pensarán que nos enamoramos de ellos, los secuestradores de nuestros sueños y nuestro futuro. No verán en nosotros el Síndrome de Estocolmo. Ni la literatura ni la psicología tienen nada que hacer aquí. Los hispanoamericanos quieren medidas concretas, reales y efectivas.
Y no se trata de intransigencias desmedidas pues, como ellos saben, muchas de las demandas sociales no requieren ni de nueva constitución ni de palabras enarboladas en bellos discursos, sino solo de que los idiotas dejen de serlo y asuman su papel de personajes públicos preocupados de la sociedad que representan. Porque ese es su deber ser, como diría el siempre presente Ortega y Gasset.
Nuestra América necesita más estoicos y menos epicúreos. Ya basta de idiotas engendrado en las urnas.


















































