
“es necesario que los ciudadanos se conozcan
unos y otros y sus cualidades respectivas”.
Aristóteles, 1951:1326b 15.
La Ciudadanía –tomada con la seriedad que le corresponde –y no banalizado como la solemos ver en ciertos ambientes comunicacionales. Se trata no sólo de un concepto, mejor aún se trata de un ideal, es decir “una forma de vida en relación”.
Los griegos y en especial los romanos, constituyeron un núcleo cultural denominado Occidente. Está de más decir las múltiples modificaciones a través del tiempo que han realizado de esta forma de vida, donde se han trabado una permanente lucha, de tal manera, que la misma llega hasta la actualidad. Cabe, destacar que el término Ciudad deriva de polis en griego y civitas en latín. Por lo tanto la ciudadanía es lo que ejercen los habitantes de dicha ciudad, un ejercicio de afiliación política, es decir, compromiso con los asuntos que le compete a la ciudad. En cambio, quienes se desentienden de dichos asuntos y se dedican a los asuntos netamente privados (morada, negocios, placeres), se los denominaba idiotas. Idiota, deriva del griego “Ideos” traducible como “privado”, para los griegos tal actividad la “idiótica” (gobierno de lo privado) era practicada por los idiotas. En consecuencia Ciudadanía y Ciudad van indisolublemente de la mano. La polis es el lugar donde se ejerce el saber adquirido por conocimientos recibidos y el que así lo hace es (en esencia y no por afiliación partidaria) un “ser político”. A tal conjunto de esos ciudadanos se lo denominó Pueblo (demos, y de allí pópulos). Y en tal sentido los romanos fueron los que más prestaron atención . Como creadores del Derecho, donde desarrollaron un ordenamiento y distinción como ciudadanos y lo que no lo eran (Los extraños o extranjeros de la ciudad) con lo cual se establece un ius Gentium (derecho de gentes, gentiles) De esta manera el “ser ciudadano” constituía una adquisición de más y mejores derechos, lo que implicaba ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. Lucha que se desarrollará en próximos tiempos y que tiene vigencia en el siglo que transitamos. Hay que destacar que tal distinción ordena y clasifica en “civilizados” y “bárbaros” quedando muy clara, tanto en dicha ciudadanía romana, como en sus futuros imperios. De ese pueblo, para ese pueblo y frente a ese pueblo se constituyó un saber ser y saber hacer, es decir un gobierno y una forma de vida denominado Democracia. Dicha forma, ha tenido sus variantes a través del tiempo y hasta nuestros días. Si bien, la libertad es la esencia de la individualidad, en la democracia, ésta sólo será posible en un marco social y político. Por ende no se la debe entender como un individualismo libertario, sino como una libertad dentro de la comunidad en ejercicio para el bien común. Es decir, una comunidad unida para desarrollar sus dimensiones humanas. Para que esto sea posible lo esencial es su organización democrática, con lo cual la participación motoriza el carácter autolegislador de los sujetos, educándolos en la responsabilidad y solidaridad. Así, la democracia, no es algo para alcanzar otra cosa (un medio), sino un fin en sí misma, es decir no sólo dar protección, también busca mejorar la vida humana. Dar mayor humanidad cuando dicha humanidad se devalúa. Como bien lo afirma López Aranguren en su libro la Ética y Política. La democracia, antes y más profundamente que un sistema de gobierno, es un sistema de valores, que demanda una reeducación en lo político- moral. (1968)
Tales designaciones son fruto de una nueva estructura política, distinta a la de Oriente, donde conceptos como: ciudadano, pueblo, democracia no se avizoraba en el horizonte. No hay que olvidar que Occidente emerge como una aventura de hombres libres, polis seguras y fundamentalmente leyes que buscan ser justas. A pesar del transcurso del tiempo esta apuesta sigue estando entre nosotros. Bien sabido es el mismo Occidente ha tenido agentes que han traicionado dicha aventura.
Si bien, dicha libertad que no ha sido regalada, sino conquistada por los pueblos en busca de un equilibrio comunitario basado en la justicia , debe seguir realizando tal ejercicio para hacer posible dicho estilo de vida. No hay que olvidar que siempre las ciudades son asediadas por imperios de distinto orden (económicos, culturales, comunicacionales) que diseminan miedos y catástrofes del sistema. Ante tal amenaza que siempre hay y habrá sujetos dispuestos a traicionar por dinero a los propios, tengan los nombres que la historia ha sabido describir. En tal sentido, lo más importante es que siempre ha habido y habrá personas (Ciudadanos) dispuestas a brindar lucha por las libertades logradas y las que están por lograrse.
Siguiendo en este orden de las ideas, hemos descripto al ciudadano preocupado por la res pública (cosa pública), el que vive en un medio social ordenado por el marco de la ley. Lo que Aristóteles definió como un “zoon politikon”, el ser humano como animal político. Y el idiota (siempre tomando la etimología de la palabra) completamente ajeno a la cosa pública privilegiando sus asuntos privados. En consecuencia nos queda definir a otros habitantes como los estúpidos y los zombis.
En primer lugar, la estupidez, deriva del latín stupidus ‘aturdido, estupefacto’ perteneciente a la familia de estupefacción, estupor, estupendo. Entonces: Estupidez deriva de stupidus = aturdido y el sufijo “ez” es utilizado para designar un condición. En síntesis la estupidez es estar aturdido como condición. Ahora bien, hay que ver qué elementos hacen que la estupidez sea una condición. Si comenzamos a hipotetizar podríamos encaminarlos en primer lugar por no haber recibido una educación ciudadana acorde a la condición de animal político que poseemos. Y aquí, veremos si el encuentro con el conocimiento fue una construcción colectiva del mismo o una mera reproducción resultadista. Si tomamos la segunda opción: la resultadista, estaríamos visualizando que la estupidez radica en la incapacidad desarrollada en no poder lograr el discernimiento, es decir, discernir derivado del latín compuesto por la partícula “dis” que divide o separa y del verbo “cernere” que significa separar. Significando así como la capacidad de distinguir con el raciocinio adecuadamente las cosas. Si esta acción no se realiza, el estúpido reproduce las informaciones que recibe sin actitud crítica, sin discernimiento y es conducido por el sendero del cencerro. Valga la digresión gauchesca. Ahora bien, en tal sentido surge el interrogante ¿qué es la actitud crítica y cómo la desarrollamos? La actitud crítica se sustenta en lo siguiente: purificar el conocimiento, no aceptar ningún conocimiento sin previo análisis, en segundo lugar fundamentar el mismo buscando el punto de partida de dicha información y conocimiento (Validez-errores) y por último establecer los límites de nuestro conocimiento. En palabras de Kant a tal inspección no debe escapar la propia razón siendo el único instrumento adecuado para conocer. En conclusión, sin esa actitud crítica adquirida y obturada por la reproducción, comprobamos que el conocimiento no fue una construcción colectiva, sino una reproducción. Sin ésta construcción, no hay saberes adquiridos sustentados en el conocimiento que no habilitan el saber ser y el saber hacer como ciudadanos.
En última instancia, nos falta describir la irrupción de un nuevo habitante de la ciudadanía actual los Zombis. Etimológicamente la palabra Zombi viene del africano occidental, posiblemente del Congo de origen incierto. Algunos sostienen que el término se conoce en español por el inglés que significa muerto que camina. En el vudú, se refiere también a un muerto que ha sido reanimando por brujería. En esta definición nos vamos a centrar, puesto que analógicamente es la más cercana a nuestra narrativa. Siguiendo el pensamiento popular mágico religioso el culto vudú, nos habla sobre el cual un hechicero (houngan o bokor), mediante magia, puede resucitar a un muerto, dominar su voluntad y convertirlo en su esclavo. Siguiendo la analogía redundantemente,¿ cuántos hechiceros gurúes de ciertas líneas de pensamiento , proclaman transformaciones del sistema político que intenta saciar la sed de sangre, imagen y sonido de esa nueva especie que han construido? Tales gurúes, inyectan el germen de la opresión y la esclavitud de las inteligencias por medio del alienamiento discursivo, haciendo pensar que lo hacen libremente en pos de una falsa libertad individual y no colectiva. Es por ello, que este nuevo habitante emergente también es fruto de la educación ciudadana reproductora y resultadista. No hay que olvidar que el enemigo más profundo no es el que nos esclaviza, sino el que se lleva en el interior, el espíritu de servidumbre. Dicho espíritu es el que hace resucitar el hechicero (bokor) gracias a la magia de la falaz retórica.
En síntesis, la ciudadanía con sus integrantes nos interpela en busca del sentido de una mejor comunidad y vida democrática, en tiempos donde emergen voces que proclaman una versión endurecida de la misma. Tal endurecimiento es una remembranza a viejas prácticas autoritarias y dictatoriales para restablecer un cierto orden social. Por ello, debemos estar muy atentos a esta retórica diseminada en ciertas propuestas mesiánicas. Lo único que hacen es generar desconcierto, temor y escaso discernimiento. Si bien, Democracia es el término por antonomasia en el vocabulario de la política actual, sería un absurdo pretender atisbos de originalidad sobre dicho tema.
La convivencia de personas, inevitablemente, genera conflictos desde la subjetividad, desde la salud, tanto física como psicológica, como así en lo social y cultural. Dicha conflictividad obtura un pleno desarrollo en paz y felicidad. Si la solidez de la democracia se sustenta en la Libertad, sin ella todo el sistema colapsa. Ella se convierte en un valor que aglutina la esencia de la vida, que sólo será limitada por las normas legales que rigen las conductas delineadas por las instituciones para salvaguardar el funcionamiento del sistema y garantizar las libertades de los demás. Con ello, la democracia, se sustenta en la búsqueda de acuerdos en consonancia con el diálogo, con las diferencias y no en el cultivo de antagonismos estériles. En la diferencia está la convivencia democrática. El debate de las ideas es convergencia para el desarrollo de la autocrítica y no una competencia donde hay ganadores y perdedores. En una democracia que se jacte de ser fraterna para todos, se debe cultivar el diálogo político, la amistad ciudadana y hábitos que refuercen la paz social.
En toda narrativa de una convivencia humana, sea individual o social, hay un pacto sustentado por una dimensión humana que es la credibilidad. Tal práctica de esta virtud política de los seres humanos, es eso: sustento del arte de “vivir juntos”. Quien represente ese deseo tendrá el poder y le será transferido por el pueblo. La credibilidad no es una exigencia para los demás, sino que se debe ejercer con el propio testimonio, puesto que quien promete se compromete. Si ella se erosiona por el incumplimiento de la promesa, también se destruye tal virtud y con ello una sociedad justa y democrática.
En definitiva, ser ciudadanos significa mucho más que elegir conscientemente a nuestros representantes, más que tener conocimientos de nuestros derechos y obligaciones, es defender y transformar a través de la participación libre, un lugar de empoderamiento de las personas en las instituciones. Por ende, sí la condición fundamentalmente humana es la de actuar, dicho actuar se transforma no sólo en discurso, sino en acción, lo que implica compromiso y responsabilidad. Ser ciudadano es más que un sentimiento patriótico hacia una ciudad, un país, un territorio y sus símbolos, es defender la construcción de un ámbito social justo, equitativo, fraterno que exige participación política y responsabilidad social. La libertad de un espíritu, es hospitalidad de acoger y escuchar la libertad de los otros, estar con otros, frente a otros, por otros conjugando el deseo de “vivir juntos”.
Referencias Bibliográficas.
Aristóteles. (1951) .Política. Editorial Gredos, S. A. Madrid.
Corominas, J. (1961) Diccionario Etimológico, Gredos S.A. Madrid.
Keane, J. (1992) Democracia y Sociedad Civil, Alianza, Madrid.
López Aranguren, J. l. (1968) Ética y Política, Guadarrama, Madrid.












































