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Cuando el miedo es más fuerte que la ley

Cuando acaba la ley, comienza la tiranía. Lo dijo John Locke hace siglos. Cuando el miedo que fuerzas sociales soterradas, amparadas por sectores políticos fundamentalistas camuflados de demócratas, se infiltran en los espacios públicos, “vandalizando” el bien común y destruyendo la paz ciudadana, las sociedades comienzan a vivir otra de las formas de la tiranía, tal vez la más peligrosa de todas, porque se cubre con la propia democracia que socava para sus espurios intereses. “El miedo es uno de los soberanos de la humanidad. Es quien posee el dominio de todos”, escribió Saul Bellow en 1959. Décadas después, cuando el 2020 termina con su epidemia que puso al planeta de rodillas y así lo mantiene, el miedo impuesto por estos grupos sociales es el soberano que rige los destinos de varios países del mundo en los cinco continentes, incluyendo, evidentemente, nuestro vapuleado continente latinoamericano.

En estas sociedades a la deriva, abandonadas de las clases políticas y de los poderes del Estado que debieran administrar el dominio de la ley, pero que cedieron al terror de estas minorías terroristas, delictivas y vandálicas, protegidas por esta misma clase política y por estos mismos poderes del Estado, crece la anarquía que es la ausencia del poder público; que es el desconcierto, la incoherencia, el barullo; que no es nada más que la propia supresión del Estado. Varias democracias se vistieron con las ropas de la anarquía y sus gobiernos se zamarrean al compás de la calle y sus vítores de masiva destrucción. Estos débiles gobiernos, entregados a su frágil destino político, dejaron su pueblo que tanto dicen amar y proteger en manos del terror. Entonces estas sociedades inoculadas con el virus del miedo, comenzaron a sentirlo como algo natural. Cervantes lo comprendió hace mucho tiempo y nos advirtió que “uno de los efectos del miedo es perturbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son”. Pero las cosas no son lo que parecen, las cosas son simplemente lo que son.

Ninguna sociedad que se precie de digna debe dejar que el miedo se apodere de la ley, si no quiere convertirse en una moderna sociedad esclavizada por el terror impuesto por estas minorías fuertemente armadas, cuyo único afán es la destrucción de las instituciones que debieran regir el estado de derecho. Muchas veces estas minorías del terror son apoyadas por una parte de la sociedad ingenua y mediocre que escucha sus cantos de sirena de un mundo mejor a punta de balas y destrucción porque, como dijo Fígaro, el célebre Barbero de Sevilla, “cuando cedes al miedo del mal, ya sientes el mal del miedo”. No, las sociedades no deben ceder al miedo del mal y hacerlo parte de su vida como un detestable compañero de ruta. Solo las sociedades fuertes sobreviven al terror y se imponen sobre él y sobre quienes lo sostienen fingiéndose demócratas al servicio de la democracia y del bien común.

Los gobiernos débiles que sufren los atropellos del terror bajo sus propias narices, justificando su debilidad con el “clamor popular” ingenuo y mediocre que lo ampara sin saber muchas veces que lo ampara, o argumentando la presencia de organismos internacionales muchas veces también politizados o dominados por las grandes potencias, como suele ocurrir con la dependencia de organizaciones vinculadas a los Derechos Humanos, que suelen velar por otros derechos humanos convenientemente protegidos económicamente, o simplemente amenazados en su estructura de gobierno por políticos comprometidos con este terror, y dispuestos a juzgar (ahora sí utilizando las leyes de la democracia), para amenazar con maniobras legislativas la legalidad del gobierno, significa lisa y llanamente que este gobierno le teme a esos agentes del terror porque les concedió el poder sobre ellos y nosotros, los ciudadanos inmunes. Hermann Hesse tenía mucha razón al afirmar que “cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros”.

Algunas de estas sociedades ya cayeron en las manos del terror que las gobierna desde sus palacios, pero otras todavía no. Les queda aún un pingo de vergüenza que las hace aletear para sobrevivir a la indecencia y vivir con dignidad. Que el año 2021, a pesar de la pandemia, sea, por lo menos, un año con pandemia viral pero con sociedades decentes, capaces de derrotar el terror y sus políticos protectores disfrazados de demócratas.

Me parece.

 

 

Imagen portada – Archivo – Vitral en Sala de los Pasos Perdidos, de G. Buffa de la casa Beltrami de Milán. Palacio Legislativo. MHN. Montevideo. Justitia suprema lex – Uruguay – Foto © Federico Meneses

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.