Probablemente, la obra cumbre de Pink Floyd (legendaria banda de rock británica liderada por Roger Waters) sea ese manifiesto contra la educación tradicional llamado The Wall, nombre del álbum de estudio editado en 1979 y que también tuvo su versión cinematográfica.
La letra de la principal canción del disco (“Another brick in the wall”, en español: “Otro ladrillo más en la pared”) muestra una serie de sucesos en que convergen la violencia, el disciplinamiento y el autoritarismo de un director de escuela que cosifica a sus estudiantes, burlándose de ellos y castigándolos a una picadora de carne que genera la reacción intempestiva de adolescentes dispuestos a quemar sus propias aulas.
Llevado al extremo, esta muestra de arte y política expresa un profundo rechazo a los sistemas educativos, pensados como dispositivos de vigilancia y control antes que como instituciones capaces de inspirar el libre pensamiento y la emancipación de las generaciones jóvenes.
En otro contexto, la Argentina de fines del siglo XIX eleva la figura de Domingo Faustino Sarmiento como un prócer de la educación en el país, símbolo del maestro que incluso tiene una efeméride en su nombre a pesar de decisiones repudiables como la estigmatización hacia los sectores más postergados de la sociedad.
A mediados del siglo XX, el auge del primer peronismo se expandía en las escuelas con sus líderes (Juan y Eva) animando manuales de texto en que aparecían como simpáticos personajes llamados a engrandecer la idea de Nación.
Más acá en el tiempo, el kirchnerismo se apropió de algunas páginas para estudiantes excluidos del sistema que cursaban un plan creado espacialmente con el objetivo de culminar lo más pronto posible el nivel secundario.
Las preguntas que se imponen, entonces, podrían ser: ¿Qué significaría educar sin adoctrinar? ¿Sería posible ello? ¿Cómo se hace para enseñar si la educación es un hecho político en que participan sujetos políticos?
Hace unos días, se viralizó la noticia una docente de La Matanza (Buenos Aires) que, trabajando en una escuela pública, mantuvo un intenso intercambio de opiniones con un joven estudiante de secundaria que cuestionaba al actual oficialismo y defendía las políticas de Macri.
La mujer (a juzgar por lo que dice, aliada al kirchnerismo) fue filmada sin su conocimiento ni consentimiento por uno de los alumnos que tenía a cargo. En las imágenes se advierten modales despectivos y en cierta forma agresivos, poco apropiados para un aula en cuyo ámbito se debe alentar la convivencia, el diálogo y la capacidad de ejercitar el respeto aún habiendo disensos. Por otra parte, ¿evidenció falta de espíritu crítico en sus afirmaciones?
En relación a lo anterior, es preciso hacer las siguientes puntualizaciones:
Una, referida a los modos y el mensaje de la docente.
Otra, orientada al accionar de los estudiantes.
También, respecto de la decisión de las autoridades que la separaron del cargo temporariamente hasta definir su situación.
Y por último, urge la necesidad de analizar el rol de los medios masivos de comunicación ante este acontecimiento que convocó a la opinión pública.
Sin dudas, la docente comete al menos una equivocación: mientras dure la clase debe mantener la compostura y nunca olvidarse del rol que ocupa. Además de sus competencias pedagógicas, un educador tiene mayores responsabilidades que sus estudiantes, sobre todo si estos son menores de edad. Al comportarse de esa manera, lamentablemente puede generar reacciones violentas que la escuela a todo momento debe evitar.
Los estudiantes también incurren en un error, más precisamente una deslealtad. A esa edad (16, 17 años) puede que estén formando su identidad política y sea un asunto aún pendiente discernir las ideologías con un grado de especificidad y conocimiento que en ese momento de la vida es común no disponerlos. De todos modos, desde el primer instante en que asisten a una escuela saben distinguir las acciones buenas y dignas de las malas y dañinas (dice el filósofo Darío Sztajnszrajber que lo primero aprendido por un niño en una escuela es “mío-tuyo” y “bueno-malo”; en otras palabras, capitalismo y cristianismo, respectivamente).
Las autoridades de Educación decidieron iniciar una investigación y separar temporariamente del cargo a la docente, que como toda ciudadana espera tener la oportunidad de una defensa o derecho a réplica porque está en juego su trabajo; o lo que es igual decir, un módico sueldo que como a todos los profesionales del rubro apenas le ha de alcanzar para vivir.
Por su parte, los medios de comunicación asisten a su juego más predilecto: el escarnio público, la condena social o la exaltación de un hecho calificado desde algunos sectores como de carácter poco más que heroico. (De ninguna manera fue un “debate formidable”, como quiso justificar el Presidente de la Nación, sobre todo si el episodio produce una situación incómoda de la que ninguno de sus protagonistas ha sacado algún rédito). Con tal de tener un punto más de rating, audiencia o lectores, están dispuestos a convertir en show una noticia que merece, cuanto menos, atención, criterio e idoneidad para ser responsables en un mensaje a los fines de que este tipo de experiencias se vuelvan habituales.
De ninguna manera existe la educación neutral, vacía de ideologías. Otra cosa, muy distinta, es el proselitismo, de por sí una manera de ejercer adoctrinamiento.
Es necesario que las generaciones jóvenes aprendan de política, se involucren, opinen, debatan, generen acuerdos y entiendan que el disenso forma parte de la vida. También, que además de derechos cada persona tiene obligaciones.
Eso lo deben enseñar las personas adultas, que mientras se mantengan viciadas por sus propias ambiciones nunca podrán dar ese salto cualitativo que esté al servicio del bien común y de lo que se espera cada vez que un maestro o profesor hace su propio juramento al momento de graduarse.
La Escuela Secundaria Técnica N° 2 “María Eva Duarte” está ante una oportunidad única: debe convocar a la docente y sus estudiantes a un espacio de diálogo y reflexión, invitando a que cada uno de ellos haga autocrítica de sus procederes, sentando las bases de sendos actos de reparación, desde instancias de paz y no de violencia.
De lo contrario, sería peligroso dejar correr broncas y resentimientos, chocar contra los ladrillos sin saltar sobre los muros. Prueba de ello es que hay docentes y estudiantes que indirectamente se burlan y denigran de manera mutua en redes sociales, legitimando una práctica que no le hace bien a nadie aunque a veces, ante el temor a ser descubiertos, restrinjan sus publicaciones sin reconocer la humillación. Vale agregar que tampoco se logran hacer debates políticos genuinos reproduciendo un conjunto de memes como principal estrategia argumentativa.
Asumir los errores, comprometerse a corregirlos y pedirse sinceras disculpas, acaso sean de los gestos más auténticamente políticos que se puedan realizar en estas circunstancias, sobre todo para recuperar la confianza y crecer como comunidad.














































