Monumento a Sócrates.Frente a la Biblioteca Nacional.Departamento de Montevideo

SÓCRATES Y LA MINISTRA DE EDUCACIÓN

Sócrates, un hombre de mediana edad, bajito, rechoncho y no muy agraciado, solo llevaba unos meses trabajando como camarero de la cafetería del Congreso, pero ya era famoso entre todos los diputados por su mordaz sentido del humor, su buen talante y, especialmente, por las preguntas con las que examinaba a todo aquel que se acercaba a la barra, su territorio. Ese día, la ministra de educación bajó a por un café con leche de soja. Mientras la máquina se calentaba, el camarero le preguntó:

Sócrates: Querida Isabel, usted estudió filosofía y esas cosas, ¿no es así?
Celaá: Así es, Sócrates.

S: Qué bien. Entonces, si no le es molestia y tiene algo de tiempo, quizás pueda arrojar algo de luz sobre una duda que mi ignorancia me impide resolver.
C: Tengo tiempo y no me molestas ¿Cuál es esa duda que te inquieta? Espero poder ayudarte.

S: ¿Qué diferencia hay entre moral y ética?
C: Esa respuesta la tengo y si me acompañas el café con un trozo de bizcocho casero, te la regalo.

S: Trato hecho.
C: Pues bien, Sócrates, déjame que te ilustre. La palabra moral proviene de la latina mos, moris que significa costumbre. La moral es el conjunto de normas, valores, e incluso creencias que funcionan como directrices de un determinado grupo social.

S: Entonces, señora ministra, no habría una moral sino varias.
C: Dices bien, Sócrates. Habría tantas como grupos sociales; es por ello que hablamos de una moral cristiana o de una moral conservadora. Fíjate que, por ello, Marx afirmó que la moral no era otra cosa que ideología.

S: ¿Y se podría hablar de una moral progresista, socialista o feminista?
C: Eso, Sócrates, me cuesta admitirlo. Podría aceptarlo si reconocemos que esos tres movimientos han alumbrado unos valores que no solo pertenecen a un determinado grupo social sino a la totalidad del género humano.

S: De eso parece que no hay duda, la mayoría apreciamos como valiosos el cuidado del medio ambiente, la igualdad de género, la solidaridad o el respeto a los derechos humanos; aunque para no contradecirnos con la definición de moral que hemos acordado, parece que es inevitable que asumamos que también existe una moral progresista, socialista o feminista, ¿no le parece?
C: Sí, eso parece.

S: Pero dejemos ese tema por el momento, y pasemos ahora, si le parece a usted bien, a definir la ética ¿Puede precisarme qué cosa es y en qué se diferencia de la moral?
C: Puedo, Sócrates. La ética es la investigación filosófica sobre los problemas que la moral nos plantea. Así como el territorio es el objeto de estudio de la geografía, la moral lo es de la ética. Observa como la mayor parte de nuestras acciones cotidianas se basan en las costumbres adquiridas, es decir, en la moral. Pues bien, Sócrates, la ética aspira a que se basen en la reflexión. Aristóteles señaló que la capacidad racional nos permite deliberar acerca de nuestro comportamiento, ser libres para elegir el acto que nos parece más adecuado, hacernos por tanto responsables de nuestra conducta y estar obligados a dar razones a los otros de nuestra manera de proceder. El que actúa moralmente lo hace de manera irreflexiva, movido por las normas, los valores y las creencias que otros le han trasmitido; en cambio, el que actúa éticamente lo hace de manera reflexiva. Por eso Kant indicaba que la autonomía de la razón para determinar la conducta es la señal de madurez moral frente a aquel que aún necesita de la guía de otros.

S: Si le he entendido bien, señora ministra, la moral se trasmite mientras que la ética se piensa.
C: Exacto, Sócrates.

S: Y sería preferible la ética a la moral, ya que es preferible enseñar a usar la propia razón en el obrar que servirse de tutelas externas. Es mejor enseñar a pensar que enseñar a obedecer.
C: ¡Muy bien dicho, Sócrates! ¡Pareces un filósofo!

S: Y dígame, señora ministra, ¿Por qué entonces han eliminado ustedes la ética de nuestro sistema educativo? ¿Acaso prefieren que nuestros alumnos aprendan a obedecer antes que a pensar?
C: Eso no es exactamente así, Sócrates; tan solo le hemos cambiado el nombre por el de «Valores cívicos y éticos».

S: Pero, ¿no habíamos acordado que una cosa era el territorio y otra la geografía?
C: En efecto, Sócrates, pero no se a qué viene eso ahora.

S: Pues que, de igual manera, una cosa será la transmisión de unos determinados valores que el Gobierno considera valiosos y otra bien distinta la reflexión sobre qué valores son valiosos y por qué. No parece ser lo mismo memorizar normas que analizar y argumentar la conducta; ni creer que cuestionar o empatizar que razonar. ¿No corre el peligro su asignatura de ser una moral de Estado?
C: Lo siento, Sócrates, se me hace tarde. Tengo que subir al despacho. ¿Me pones el café para llevar?

S: ¿Con cicuta, como siempre?
C: ¿Cómo dice?

S: Disculpe, con estevia quería decir. No sé en qué estaría pensando.

 

 

Imagen portada: Monumento a Sócrates. Frente a la Biblioteca Nacional. Departamento de Montevideo – Foto © Patricia Carabelli wikipedia.org

 

 

 

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EDUARDO INFANTE

EDUARDO INFANTE

Huelva, 1977. Estudió Humanidades en Universidad de Huelva y filosofía en la Universidad Pontificia de Salamanca. Veinte años de experiencia como docente impartiendo filosofía en bachillerato con métodos nada convencionales: explica a Aristóteles paseando por el parque, invita a practicar el cinismo en las calles comerciales de la ciudad de Gijón o narra el juicio a Sócrates en un juzgado. Escritor en la editorial Ariel (Planeta). Autor del bestseller internacional Filosofía en la calle (publicado en España, México, Colombia, Perú, China, Taiwan, entre otros). Colaborador habitual en medios de comunicación: Cadena Ser, Diario El Mundo, La Nueva España, Radio Televisión Española, Filosofía&Co. Asesor filosófico del programa de televisión Quién educa a quién (RTVE). TED speaker . Colaborador en el programa Aprendemos Juntos de la Fundación BBVA y El País. Conferenciante. Divulgador de la filosofía en redes sociales a través del proyecto #FiloReto