
“Como ahora no hay maestros ni alumnos, el alumno preguntó a la pared: ¿qué es la sabiduría? Y la pared se hizo transparente”. Jaime Sabines, 1972.
Increíble. Insólito. O ambas cosas. Años leyendo libros de educación y de educados, y de sabios, navegando los conceptos para, ahogado, encontrar las palabras en un poema de Sabines. ¿Cómo se puede decir tanto en tan pocas palabras?
Los juegos sintácticos tienen la particularidad de tocarse donde no se tocan. Cuando el vacío es absoluto y las persianas opacan la conciencia, aparece el hueco en el que se dibuja un espacio en el que parece que encaja todo.
Ante todo, me declaro, como Adorno, enemigo de la rigidez de los conceptos. El concepto cosifica el objeto práctico en la medida en que lo somete a sus propios límites. El problema será de quien quiera abandonar la totalidad a los límites del lenguaje. El concepto es imitación, representación mimética de algo que jamás será, el objeto, y que siempre le antecede.
Sabines lo dice todo. Y lo dice sin decir. Y en su juego de palabras se representa la primera idea: desocultar. Y para esto no necesita de la rigidez del concepto.
Desocultar es, como el poeta lo dice por otro lado, quitar una a una las capas de la cebolla. En la educación, siempre la primera capa será la cultura. Hoy parece tiempo de que, luego de tantas denuncias, alguien devele lo que ocultan las formas culturales y los intereses, tanto como a quienes representan esa formas. La educación debe procurar, no sin antes denunciar, que ese desocultar trascienda de una vez por todas el nivel de los intelectuales que se pelean entre sí, despreocupados por las coinciencias mundanas. Hablo de los intelectuales no humanistas, la gran masa y peste del intelectualismo posmoderno. Ese itelectualismo que, al no transformar, reproduce, en las formas de una sabiduría racista.
En esta búsqueda, tal vez la semilla la sembró el gigante barbudo y la recogieron, en las formas de la crítica sagaz y profunda, Lukács y la Escuela de Frankfurt. Lo mismo para Gramsci y su lectura sobre la hegemonía. Poca novedad, para mi gusto, en términos teóricos, en las miradas decoloniales. Los alemanes ya habían dicho todo y, tal vez, fue Fanon el único que aportó detalles de originalidad en sus lecturas sobre los dominados. Desafío a las filosofías decoloniales a construir un programa sin considerar como punto de partida las premisas del marxismo occidental.
Remover una segunda capa de la cebolla implica, en principio, correr el telón oscuro que oculta lo no evidente, gritándole al silencio de lo callado por las formas de la cultura. Desocultar, en este caso, la complicidad de los fondos morales escondidos en el currículum oculto. Las formas morales no solamente reprimen instintos inmanentes a la especie, como está de moda decir. Hay muchos franceses a los que les gusta recorrer laberintos sin salida sin decir mucho más de lo que otro alemán, en este caso el bigotudo de Röchen, ya había denunciado. Las formas morales que la educación reproduce encubren la trama de un sistema productivo que no podría ser lo que es sin ellas, las cuales le deben su génesis y a las que acaba, dialécticamente, debiendo su trama.
En la última capa y para acabar de elevarse de lo abstracto a lo concreto, el sistema productivo. Ese en el que prevalece la explotación en manos del capital y en el que siempre acaba enterrado y sometido el que vende su fuerza de trabajo. Ese en el cual el acostumbramiento es legitimante y la condición material habilita a los poderosos no solamente a tener la palabra sino también a construir la imagen del absoluto. Ese al que las primeras capas ocultan al punto de hacer de sí mismo una fórmula oscura e inaccesible. Incomprensible siempre para los límites de la conciencia neoliberal que el universo páctico de ese mismo mercado construye.
De la opresión no se habla porque no se percibe, porque no se ve. Necesitamos una sabiduría de la opresión que se construya desde la educación. Decía Marx que “hay que hacer la opresión real aun mas opresiva, agregándole la consciencia de la opresión; (que) hay que hacer la ignominia aun mas ignominiosa, publicándola”. Solamente volviendo transparente la pared se logra esto, quitando las capas a la cebolla. Esa sabiduría debemos los educadores a los estudiantes.
Un elemento más. Decía el poeta, “como ahora no hay maestros ni alumnos…” Difícil saber qué denunciaba el genio en esa ocasión, hace más de cincuenta años. Hoy, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que los discursos paidocéntricos dinamitan las relaciones entre docentes y alumnos. El postulado del docente mediador es el elemento central de la degradación del rol del enseñante y el romanticismo del niño en el centro la apología que sostiene la debacle de lo educativo. ¿Por qué no debería ser la búsqueda por la justicia social el centro de la educación, en un mundo que se dibuja cada vez más injusto?
Desde que el docente se promueve medidador y los niños viven entre algodones, desde que se construye un mundo para niños paralelo al de los adultos, desde que se levanta la pared que obstruye, alrededor de esos niños, la educación no es más que un ocultar permanente. Sabiduría, en este caso, del no saber o de no saber qué es lo que hay que saber para leer el mundo. Sabiduria de la ignorancia que, lejos de la transparencia que reclama el poeta, romantiza la vivencia en los placeres de la incomprensión. Problema también de los caminos de la crítica ontológica, crítica burguesa por excelencia en la que se embarca la cursilería de los psicólogos que no leen pedagogía. Otra moda neoliberal, que no hace más que buscar el ser en el texto pero que poco o nada ha aportado para transformar la realidad, el mundo práctico.
En definitiva, disparemos contra los que romantizan los niños desde su Olimpo pero no conocen las escuelas más que desde los libros. Recuperemos al qué está, no al que habla desde su no estar con más propiedad que los que dan la cara. Saquemos de una vez por todas la educación del mundo inventado de los próceres autoayudistas y evitemos, por favor, que el timón político de la educación lo dirijan los abogados. O, por lo menos, hasta que caigamos por la madriguera de Alicia y nos encontremos, allá abajo, a los docentes escribiendo las leyes.
Gracias Sabines.













































