
El pasado Jueves 9 de Abril 2026 se presentó en la Sala del Museo la emblemática Orquesta de las Mil Melodías, con un espectáculo inmersivo único en formato escenario 360.
Por primera vez, los 33 músicos se ubicaron en el centro del salón, con el público rodeándolos completamente, envolviendo la sala en una experiencia sonora y visual difícil de esquivar. No había un “frente”: todo pasaba en simultáneo, en todas las direcciones. La cercanía con los músicos volvió cada detalle más íntimo, y el sonido completamente envolvente hacía imposible no sentirse parte de la escena.
Bajo la dirección de Andrés Lazaroff junto a Martín Lazaroff como director invitado —primos y cómplices musicales, este último también al frente de la Orquesta Escarlata— la orquesta nos arrastra a un viaje en el tiempo hacia un mundo vibrante de excesos, charleston, foxtrot, rumba, swing, champagne y luces. No es solo música: es entregarse a una atmósfera de festejo y disfrute.
La estética de los integrantes de la orquesta —y de los invitados a esta fiesta maravillosa— es siempre un componente clave en la experiencia, enriqueciendo el relato sonoro con performance y vestuario impecablemente ejecutado, que dialogan con los 1920s sin perder frescura.
Acompañando el viaje, la DJ Blanche DuBoite abrió la pista con sus vinilos de época, seguida de los músicos que caminaron hacia el escenario 360 y tocaron un primer bloque de casi 50 minutos, con sorpresas en el escenario principal que dejaron al público boquiabierto. Tras un intervalo musicalizado nuevamente por la icónica Blanche, un segundo bloque profundizó la inmersión, para cerrar la fiesta con más baile.
Hay algo muy particular en este tipo de propuesta: el público tiene participación activa en el juego. El dresscode no es meramente decorativo, es parte clave de la experiencia. Lentejuelas, trajes, plumas y brillos transforman la sala en un pequeño universo paralelo donde, por unas horas, Montevideo deja de ser una ciudad gris.
Atravesar el portal es inevitable. La realidad y la fantasía se entrelazan en un espacio lúdico donde la música no solo se escucha: se baila, se comparte, se respira en el aire.
Fuimos testigos, una vez más, de una noche mágica entre copas, la luna y el swing, y la sensación de haber escapado, aunque sea por un rato, de este tiempo.
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