el tunel - ERNESTO SÁBATO

Ernesto Sábato: la escena del túnel

Una escena pequeña y remota que se ve a través de una ventanita: es una playa solitaria y una mujer que mira el mar como si esperase alguna cosa; tal vez un llamado imperceptible y distante. La escena sugiere, esto no es nada más que una opinión, “una soledad ansiosa y absoluta”. La mujer se concentra en el cuadro y su mirada no se aleja de la ventanita. Nada más del cuadro o del museo pareciera interesarle. Juan Pablo Castel se pregunta la razón de por qué mira solo la ventanita. Su cuadro Maternidad se ha reducido a una mujer que contempla aquella escena de la ventanita que deja ver la playa solitaria y el mar que la mujer mira. La escena del cuadro enlaza a Juan Pablo Castel con aquella mujer, a la que buscará durante meses y que finalmente encuentra por esas cosas del azar. Ella también recuerda constantemente la escena. María Iribarne, porque ese es el nombre de la mujer, es la única persona que se detuvo frente a la escena de la ventanita, “que le ha dado importancia”. Y esa contemplación entró como un torbellino en la cabeza de Juan Pablo Castel, horadando un túnel laberíntico del que ninguno de los dos saldría jamás. O tal vez sí.

La escena del túnel debe entenderse, en consecuencia, no en su significado denotativo, sino en su semiosis profunda que implica la lectura connotativa del pasaje de la novela El túnel de Ernesto Sábato (Capítulo III). A partir de este momento la novela adquiere un ritmo desenfrenado en la conciencia de Juan Pablo Castel, cuyo relato in extrema res, laberíntico, de decires y desdecires, va estructurando las razones o sinrazones del crimen que anuncia en las tres primeras líneas de su historia: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona”. La escena de la ventanita que María Iribarne contempla abstraída, va a significarle no solo la muerte a manos de un desadaptado social, vanidoso y violento, sino que hará que la historia corra por dos mundos paralelos unidos por la locura del pintor: la realidad que envuelve a las personas y orienta sus vidas cotidianas y la realidad interior de Juan Pablo Castel, incapaz de encontrarse en otro mundo que no sea el túnel de su laberíntica conciencia.

El relato adquiere entonces las características de una ósmosis narrativa en la que ambos mundos, la realidad interior de Juan Pablo Castel se conecta con la realidad exterior de María Iribarne. Es el túnel que conecta la vida y la muerte; la cordura y la locura; el mundo exterior y el mundo interior. Cuando se entra a un túnel se abandona el mundo que nos rodea y nos sumergirnos en un espacio que suele ser atemorizante, pero también ofuscador. Al protagonista el túnel lo ha ofuscado en todas las variables semánticas del término: le ha turbado la vista, le ha oscurecido y ensombrecido su razón y lo ha trastornado, conturbado, confundido sus ideas. Lo ha, en una palabra, alucinado. Sábato, nos dice María del Carmen Rodríguez “plantea la existencia de múltiples vidas separadas como túneles paralelos y ajenos. La lucha por encontrar un medio de comunicación con el Otro y hallar un sentido a la existencia se constituye como el objetivo y el esfuerzo de la novela”. A renglón seguido cita a Juan Pablo Castel: “me anima la débil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme. AUNQUE SEA UNA SOLA” (La angustia existencial: sendero hacia la locura en Catoblepas / Revista crítica del presente, número 41, 2005).

Esa única persona a la que alude Castel, espera encontrarla en los lectores de su historia: “y aunque no me hago muchas ilusiones acerca de la humanidad en general y de los lectores de estas páginas en particular, me anima la débil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme. AUNQUE SEA UNA SOLA PERSONA” (Capítulo II). Y termina su reflexión con estas palabras que son propias de su contradictoria conciencia: “Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté”. Puede resultar curioso que Castel piense en algún lector para que “lo entienda”, pues su atribulada conciencia camuflada bajo una capa de aparente razonamiento lógico, desnuda no solo su vanidad y violencia, también su desprecio por el mundillo de las sectas, cofradías y gremios “y en general por el conjunto de bichos que se reúnen por razones de profesión, de gusto o de manía semejante” (Capítulo IV). Y en estas disgregaciones intelectuales plagadas de contradicciones no duda en desafiar al propio lector: “Por otra parte, el que quiera dejar de leer esta narración en este punto no tiene más que hacerlo; de una vez por todas le hago saber que cuenta con mi permiso más absoluto”.

¿Cómo entender en definitiva la escena de la ventanita? “Usted ha sido la única la única persona que le ha dado importancia”, le dice Juan Pablo a María en su segundo encuentro. Una escena que al protagonista le produce miedo, y que a juicio de María es un “mensaje de desesperanza” que encierra una verdad: “Lo que importa es la verdad. / –¿Y usted cree que esa escena es verdadera? –pregunté. / Casi con dureza, afirmó: / –Claro que es verdadera” (todas las citas corresponden al Capítulo IX). “La soledad ansiosa y absoluta” que representa la playa solitaria y la mujer que observa, se traduce “en un mensaje de desesperanza”. Castel tuvo la seguridad de que María Iribarne “estaba aislada del mundo entero; no vio ni oyó a la gente que pasaba o se detenía frente a mi tela” (Capítulo III). María, como la mujer del cuadro, se identifica con esa “soledad ansiosa y absoluta”. Castel recordará este momento: “Si cuando ella se detuvo frente a mi cuadro y miró aquella pequeña escena sin oír ni ver la multitud que nos rodeaba, ya era como si nos hubiésemos tuteado y en seguida supe cómo era y quién era, cómo yo la necesitaba y cómo, también, yo le era necesario” (Capítulo XV).

Y ese recuerdo lo lleva también a recordar la muerte de María, su crimen: “¡Ah, y sin embargo te maté! ¡Y he sido yo quien te ha matado, yo, que veía como a través de un muro de vidrio, sin poder tocarlo, tu rostro mudo y ansioso! ¡Yo, tan estúpido, tan ciego, tan egoísta, tan cruel!”. En Hombres y engranajes. Heterodoxia (Alianza Editorial, Madrid, 1973), Sábato comenta que las obras artísticas y literarias del siglo XX “han descendido por debajo de la razón y de la conciencia, hasta los oscuros territorios que antes sólo habían sido frecuentados en estado de sueño o de demencia”. Se trata de una nueva universalidad que reemplaza a la universalidad de la razón impuesta por la ciencia: “Pero no hay que confundir esta universalidad con aquella otra que había dado la ciencia: la de la razón y de los entes abstractos de la matemática. Esta universalidad es la que se obtiene, como quería Kierkegaard, mediante lo concreto e individual. No es la universalidad de la razón, sino de la sinrazón”. Juan Pablo Castel pertenece a esta clase de hombres que no responde a la universalidad de la razón sino de la sinrazón. Su vanidad y egotismo lo convierten en un ser incapaz de relacionarse con los otros. Es un artista desadaptado social cuya insensatez lo lleva a convertirse en criminal.

Un artista no es un hombre masa según la comprensión orteguiana, “un objeto numerado” como lo llama Sábato. Un artista es “El Único por excelencia, es el loco que gracias a su demencia, a su incapacidad de adaptación, a su rebeldía, ha conservado los atributos más preciosos del ser humano” (Hombres y engranajes. Heterodoxia). La contradictoria personalidad de Juan Pablo Castel, su comprensión, o su no comprensión de las relaciones humanas, su juicio acerbo de los artistas, de las salas de arte, del público que las frecuenta, de los críticos de arte; su negación de todo y cualquier modelo de comportamiento social y artístico normado, su rebeldía ante sí y el mundo y su propia demencia, anticipan gran parte la escritura de Hombres y engranajes, que estudia los cambios de la cultura occidental desde el Renacimiento. Hay un diálogo perfecto entre este libro de ensayos (1951) y El túnel (1948). Juan Pablo Castel vive en este mundo de sueños y de demencia, el mundo de la sinrazón. Por eso sus razonamientos confunden al lector que debe acompañarlo con especial atención en sus monólogos con sus diatribas que dicen y se contradicen a cada instante: “Las horas que pasamos en el taller son horas que nunca olvidaré. Mis sentimientos, durante todo ese período, oscilaron entre el amor más puro y el odio más desenfrenado, ante las contradicciones y las inexplicables actitudes de María; de pronto me acometía la duda de que todo era fingido. Por momentos parecía una adolescente púdica y de pronto se me ocurría que era una mujer cualquiera, y entonces un largo cortejo de dudas desfilaba por mi mente: ¿dónde? ¿cómo? ¿quiénes? ¿cuándo?” (Capítulo XVII).

Con todo, ¿no es acaso toda esta contradicción que habita la conciencia de Castel propia del ser humano? Ser humano significa estar entre la razón y la sinrazón. La sinrazón no es una entidad que se encuentre fuera de la realidad de las personas, como la literatura fantástica tampoco es una realidad que habite otro mundo ajeno a la propia realidad de los hombres. Tanto una como otra forman parte de ese todo indivisible que es la realidad del ser humano. Juan Pablo Castel no podría ser un personaje de una novela naturalista, por ejemplo, cuyos personajes responden a una concepción experimental del ser humano propiciado por el cientificismo decimonónico. Para Sábato, la literatura del siglo XX “es una literatura verdadera, difícil y trágica, con una dureza que desconoció el siglo XIX […] Es ésta una literatura ascética y el amor aparece en ella como el reiterado espectro de la soledad y de la muerte. […] Sobre casi toda la gran literatura de hoy pesa el problema de la muerte, problema que se agudiza cuando el plazo es conocido […] La literatura de hoy no se propone la belleza como fin –que además la logre es otra cosa–. Es más bien un intento de profundizar el sentido de la existencia” (Hombres y engranajes. Heterodoxia). Nada más apropiado para referirse a El túnel y su personaje central.

La locura de Juan Pablo Castel, su violencia injustificada hacia María, o solo justificada por su irreparable condición de hombre consumido por su propia turbada soledad, incapaz de relaciones verdaderas, es la propia antesala de la muerte. Soledad y muerte son el verso y el anverso del asesino de María: “Lo que más me indignaba, ante el hipotético engaño, era el haberme entregado a ella completamente indefenso, como una criatura. / —Si alguna vez sospecho que me has engañado —le decía con rabia— te mataré como a un perro. / Le retorcía los brazos y la miraba fijamente en los ojos, por si podía advertir algún indicio, algún brillo sospechoso, algún fugaz destello de ironía. Pero en esas ocasiones me miraba asustada como un niño, o tristemente, con resignación, mientras comenzaba a vestirse en silencio. / Un día la discusión fue más violenta que de costumbre y llegué a gritarle puta” (Capítulo XVII). Su celotipia es uno de los motivos que desnuda el infantilismo de Juan Pablo Castel. Su inmadurez que solapa con sus túneles argumentativos, lo lleva a la violencia física y la agresión verbal que convierten su relación con María en una amenaza constante a su integridad física y moral. El Síndrome de Otelo caracteriza su celotipia: “La persona está obsesionada con la idea de la infidelidad y muestra una serie de conductas que se manifiestan tratando de buscar pruebas que lo demuestren, por ejemplo, entrando en el ordenador o mirando el teléfono móvil de su pareja. También puede mostrarse violenta o humillar al otro» (P. Crichton, Did Othello have ‘the Othello Syndrome? En Journal of Forensic Psychiatry & Psychology, 1996).

“Ingratitud y desconocimiento”, reflexiona Juan Pablo en su celda: “Ahora que puedo analizar mis sentimientos con tranquilidad, pienso que hubo algo de eso en mis relaciones con María y siento que, en cierto modo, estoy pagando la insensatez de no haberme conformado con la parte de María que me salvó (momentáneamente) de la soledad. Ese estremecimiento de orgullo, ese deseo creciente de posesión exclusiva debían haberme revelado que iba por mal camino, aconsejado por la vanidad y la soberbia” (Capítulo XXVI). El mal camino que lo lleva a destruir el cuadro Maternidad, destrucción que presagia la muerte de María: “Lo miré por última vez, sentí que la garganta se me contraía dolorosamente, pero no vacilé: a través de mis lágrimas vi confusamente cómo caía en pedazos aquella playa, aquella remota mujer, aquella espera. Pisoteé los jirones de tela y los refregué hasta convertirlos en guiñapos sucios. ¡Ya nunca más recibiría respuesta aquella espera insensata! ¡Ahora sabía más que nunca que esa espera era completamente inútil! (Capítulo XXXIV). De la muerte de Maternidad a la muerte de María no había más que un solo paso. El criminal, nos dice Freud, “integra dos rasgos esenciales: un egotismo ilimitado y una intensa tendencia destructora, siendo común a ambos y premisa de sus manifestaciones el desamor, la falta de valoración afectiva de los objetos humanos” (Psicoanálisis del Arte, Alianza Editorial, Madrid, 1973).

La escena de la ventanita que concluye con la muerte absurda de María Iribarne, y que en algún momento Juan Pablo Castel pensó que lo alejaba del túnel que era su soledad, no fue más que “una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida”. De ese “túnel oscuro y solitario” del que María Iribarne acaso fue una pequeña luz, Juan Pablo Castel solo saldría para cometer su insensato crimen:

“–Tengo que matarte, María. Me has dejado solo”.

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Alejandro Carreño T.

Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.