Tipo de obra LibroObra escrita Autores José Enrique RodóJuan Carlos Gómez Haedo (Prologuista)Antonio Pena (Ilustrador) Año de publicación 1947 Lugar de publicación Montevideo, Uruguay Editorial Colombino Hnos. Ltda. Editores

Rescatemos a Ariel

El título de la columna puede prestarse para engaños, porque es Ariel quien puede rescatarnos a nosotros, latinoamericanos perdidos en medio de una realidad pandémica que no ha hecho nada más que desnudar las complejas relaciones sociales, culturales, políticas y económicas que nos consumen día a día, no solo en nuestra convivencia-país sino también en nuestras relaciones con los países vecinos. Cuando este año se cumplen 150 años del nacimiento del pensador uruguayo José Enrique Camilo Rodó Piñeyro (1871-1917), escribo esta columna que humildemente pretende ilustrar aspectos de su pensamiento desarrollado en su notable ensayo Ariel, escrito en 1900, que marcó un sendero a seguir para el pensamiento latinoamericano y su cultura y una ácida crítica a la cultura estadounidense. Es necesario, a la luz de la realidad que vivimos, retomar el arielismo, como se llamó al movimiento que se origina a partir de su ensayo, y situarlo en el debate intelectual de nuestra América Latina, de su cultura y su democracia. Finalmente debo “culpar” de esta columna a mi amigo y colega uruguayo Pablo Romero quien, muy suelto de cuerpo, en una conversación informal sobre Rodó me dijo simplemente: “Debes escribir un artículo sobre Rodó”, así, como quien dice, voy a tomarme un café.

La base del arielismo es la oposición habida entre el utilitarismo anglosajón, representado por la cultura de los Estados Unidos y la cultura grecolatina y sus valores. Por cierto, no debemos perder la perspectiva de que este ensayo se escribió hace 120 años, lo que no significa de ninguna manera que la reflexión filosófica que hace de su tiempo no tenga valor en la realidad actual, a veces con encomiable exactitud. Es un texto dirigido esencialmente a la juventud de una América Latina que gatea con la vista mirando hacia el norte, hacia esa potencia que se yergue orgullosa como modelo del progreso y la democracia. Como dice Carlos Ripoll en la Introducción a Conciencia Intelectual de América. Antología del Ensayo Hispanoamericano (1836-1959), Las Americas Publlishing Company, 1970: “Luego la geografía, la admiración y el progreso agresivo de los Estados Unidos, también franquean la entrada al vecino formidable”. Una entrada que resultó peligrosa y cuyas consecuencias dejaron camino al andar.

No se piense, con todo, que Rodó no reconoce la importancia del desarrollo y del progreso para el bienestar de los hombres, pero ello no implica necesariamente que una sociedad sea mejor en términos humanos, pues el utilitarismo sin humanidad se pierde en los recovecos de la pura materialidad impura, ausente de valores que la sustenten porque “lo esencial es invisible a los ojos”, como años después lo dijo el principito: “La poderosa federación va realizando entre nosotros una suerte de conquista moral. La admiración por su grandeza y por su fuerza es un sentimiento que avanza a grandes pasos en el espíritu de nuestros hombres dirigentes […]. Se imita a aquel en cuya superioridad o cuyo prestigio se cree […]. Tenemos nuestra nordomanía. Es necesario oponerle los límites que la razón y el sentimiento señalan de consumo. […]”. En este sentido y 120 años después hemos trocado nordomanía por americanomanía, pues seguimos apegados a un utilitarismo salvaje que nos ha hecho olvidar el sentido de lo humano, y no creemos ni en la cultura ni en los valores de esa cultura como sustancia generadora de una sociedad latinoamericana más justa, más democrática y más ética.

Dos hechos recientes y otro que se arrastra como áspid venenosa por ese camino que se hizo al andar, entre muchos otros, dejan de manifiesto de manera irrefutable las reflexiones de José Enrique Rodó sobre la fragilidad de una sociedad sustentada apenas en el utilitarismo y el peligro de su imitación sin más, por un lado, y el sometimiento cada vez más acabado de nuestro idioma español al idioma inglés practicado primero por nuestras jóvenes generaciones llamadas Y o Milénica y Z. El primero de los hechos recientes se relaciona, precisamente, con un valor cultural propio de nuestro hablar latinoamericano, sancionado de modo absurdo por un etnocentrismo cultural involucionado, practicado por los ingleses, que evidencia así un desconocimiento profundo de los valores y matices de nuestra lengua española. Me refiero al episodio vivido por el futbolista uruguayo Edinson Cavani quien agradeció a un eufórico hincha su desempeño, diciendo: “Gracias, Negrito”, expresión que fue considerada atropello a la dignidad de la persona por usar el término “negrito”, soslayando por ignorancia o por decadente poder moral que dicha expresión es aceptada sin reparos morales como expresión de cariño y aprecio en el mundo latinoamericano: “Así como la deformidad y el empequeñecimiento son, en el alma de los individuos, el resultado de un exclusivo objeto impuesto a la acción y un solo modo de cultura, la falsedad de lo artificial vuelve efímera la gloria de las sociedades que han sacrificado el libre desarrollo de su sensibilidad y su pensamiento, ya a la actividad mercantil, como en Fenicia; ya a la guerra, como en Esparta; ya al misticismo, como en el terror del milenario; ya a la vida de sociedad y de salón, como en la Francia del siglo XVIII”. Las palabras del pensador modernista resuenan en gloria y majestad frente a tan cavernícola punición.

El segundo de los hechos recientes causó espanto mundial porque dejó al descubierto la fragilidad de una democracia que se creía única por su solidez moral. Los Estados Unidos vivieron horas de terror cuando las hordas azuzadas por el propio Presidente Donald Trump invadieron el Capitolio poniendo en jaque una tradición que se pensaba asentada en verdaderas columnas de Hércules, pero que en realidad eran tan frágiles como el vergonzoso muro que el propio aspirante a dictador mandó a construir en la frontera con México. Escribe Rodó: “Abandonada a sí misma– sin la constante rectificación de una activa autoridad moral que la depure y encauce sus tendencias en el sentido de la dignificación de la vida–, la democracia extinguirá gradualmente toda idea de superioridad que no se traduzca en una mayor y más osada aptitud para las luchas del interés, que son entonces la forma más innoble de las brutalidades de la fuerza”. Estas palabras escritas hace 120 años prefiguraron con asombrosa exactitud lo ocurrido en los Estados Unidos el seis de enero pasado, y constituyen una alerta que nosotros, latinoamericanos habituados a estas barbaries populistas, debemos considerar para salvaguardar nuestra propia moral democrática.

Las reflexiones sobre la democracia desarrolladas en este magnífico Ariel, se identifican con el propio espíritu “alado y noble” del personaje shakespereano de La Tempestad, porque Ariel “es el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la inteligencia—el término ideal a que asciende la selección humana, rectificando el espíritu superior de los tenaces vestigios de Calibán, símbolo de la sensualidad y la torpeza, con el cincel perseverante de la vida”. Y la democracia debe erguirse sobre el espíritu de Ariel y no de Calibán, porque es torpe, ambicioso y nefasto para la paz y felicidad ciudadanas, como lo demostró el oprobioso caso Trump. Lo que significa, siguiendo a Rodó, que “racionalmente concebida, la democracia admite siempre un indescriptible elemento aristocrático, que consiste en establecer la superioridad de los mejores, asegurándola sobre el consentimiento libre de los asociados”. Pero no se trata de una aristocracia odiosa y altanera, mal comprendida en sus principios, pues el “carácter odioso de las aristocracias tradicionales se originaba de que eran injustas, por su fundamento, y opresoras, por cuanto su autoridad era una imposición. Hoy sabemos que no existe otro límite legítimo para la igualdad humana que el que consiste en el dominio de la inteligencia y la virtud, consentido por la libertad de todos”. La democracia verdadera.

¿Qué conocen las generaciones Y o Milénica y Z nacidas recién en los comienzos de 1980 la primera y mediados de 1990 la segunda, de los fundadores del pensamiento ético y libertario del movimiento latinoamericano? Me atrevo a decir que muy poco o nada. Pero tampoco las generaciones anteriores saben muy poco o nada de ellos, porque perdimos el norte en ese camino al andar y parte de nuestro acervo cultural originario, como el arielismo y otros movimientos fundadores de nuestras naturales raíces, y fueron reemplazadas por principios que en algún momento se entendieron como “más avanzados y civilizados”. Entonces, hasta el propio idioma español ha sufrido las consecuencias de esta pérdida de nuestra identidad valórica en desmedro del idioma inglés que cada día, con más fuerza, se entromete en el habla cotidiana de nuestros jóvenes y no tan jóvenes también, desnudando nuestras propias torpezas lingüísticas para aparentar un conocimiento o un estatus o esconder una vergüenza solapada de decir en español lo que los otros dicen en inglés, y que solo provocan risión más que cualquier otra cosa. Sin embargo, instituciones como la Fundación del Español Urgente (Fundéu), creada el 2005 y relanzada el año pasado con el nombre de FundéuRAE, se preocupan por velar por el buen uso del español, entregando diariamente boletines informativos, y llamando a los hispanohablantes a emplear nuestro idioma dejando de lado aquella áspid venenosa que se arrastra por ese camino machadiano que se hace al andar.

Por eso es necesario que nosotros, profesores de esta América turbulenta, retomemos el camino de Ariel, lo hagamos nuestro y aprendamos de nuevo a caminar. No perdamos otro siglo en bagatelas imitativas. Asimilemos, por cierto, lo mejor del progreso y la tecnología para construir una América Latina más nuestra y orgullosa de nosotros mismos, con nuestros valores y nuestros principios morales. Pensemos, como Rodó, “que el espíritu de la juventud es un terreno generoso donde la simiente de una palabra oportuna suele rendir, en corto tiempo, los frutos de una inmortal vegetación”. Pero hemos perdido mucho tiempo.

En urgente formar un ser humano integral, preocupado de sí y de los otros, porque se vive en una comunidad, porque ninguna “función particular debe prevalecer jamás sobre esa finalidad suprema. Ninguna fuerza aislada puede satisfacer los fines racionales de la existencia individual, como puede producir el ordenado concierto de la existencia colectiva”.

Por último, volvamos con ahínco a nuestros clásicos pensadores. La educación latinoamericana está en deuda con ellos, y los necesitamos para retomar la senda perdida, para hacer de nuestros jóvenes futuros líderes apegados a la moral y la belleza, como lo quiso Rodó, capaces de guiar con equidad y justicia una sociedad sana democráticamente, en donde los valores de Ariel se impongan por sobre los desmanes amenazadores y deformadores de Calibán. Sería vergonzoso que dentro de cien años continuemos perdidos en nuestras confusiones intelectuales, y otro Pablo y otro Alejandro estén hablando informalmente sobre Rodó y escribiendo estas columnas para CoolTivarte.

 

 

 

Imagen portada: Jose Enrique Rodo 1947 Ariel – Autores José Enrique RodóJuan Carlos Gómez Haedo (Prologuista) Antonio Pena (Ilustrador)

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.