Hace un tiempo que la cultura parece empeñada en convencernos de que todo era mejor en los ochenta. Volvieron los colores, las tipografías, los sintetizadores, los vinilos, las cámaras analógicas, los videojuegos pixelados, la ropa, los viejos logos y hasta objetos que durante años parecían destinados a desaparecer. El VHS, por ejemplo, dejó de ser simplemente un formato obsoleto para transformarse en una estética. Basta poner un poco de ruido en la imagen, una fecha en una esquina y algunas interferencias para que algo inmediatamente parezca pertenecer a un pasado que, curiosamente, cada vez recordamos con más cariño. Incluso quienes no lo vivieron. ¿Quién se quedó sin hacer su imágen en chat gpt de cómo se vería en los 80´?
Probablemente ahí esté lo más interesante de esta nueva fiebre por lo retro: ya ni siquiera necesitamos tener un recuerdo para sentir nostalgia. Alcanza con reconocer los códigos de una época para poder extrañarla.
Esto es exactamente lo que hace Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, la nueva película de Jane Schoenbrun, que se estrena en Uruguay el próximo 24 de septiembre.

La película nos presenta una vieja saga de terror llamada Camp Miasma. Hubo una primera película, después una secuela, luego otra, y otra más. Con el paso de los años llegaron las entregas cada vez más disparatadas, la decadencia, los lanzamientos directos a video y todos esos síntomas que conocemos perfectamente cuando una franquicia continúa mucho después de haber agotado cualquier motivo artístico para existir.
Solo que hay un pequeño detalle: nada de eso ocurrió realmente.
Camp Miasma nunca existió.
Jane Schoenbrun guionista y directora, inventó la saga completa. Según contó, imaginó una franquicia de unas ocho películas, inspirada libremente en universos como los de Friday the 13th, Halloween o A Nightmare on Elm Street: una primera entrega realizada casi artesanalmente, una buena secuela, algunas películas todavía dignas y, finalmente, esa etapa inevitable en la que todo empieza a sentirse como una excusa para seguir explotando una marca.



Pero la película hace algo bastante más interesante que inventar unos cuantos títulos.
Inventa los recuerdos que supuestamente tenemos de ellos.
El equipo creó afiches, cajas de VHS, tarjetas coleccionables, juguetes, disfraces y hasta un juego de mesa. El diseño de producción investigó durante meses el merchandising de franquicias como Friday the 13th, A Nightmare on Elm Street, Halloween, Child’s Play y Sleepaway Camp para construir cuarenta años de una historia cultural que nunca sucedió.
Y funciona.
Miramos esos objetos y los reconocemos. Podemos imaginar perfectamente esas películas ocupando los estantes de un videoclub, una caja algo gastada después de años de alquileres, un muñeco de Little Death en una habitación adolescente o un videojuego mediocre tratando de aprovechar el éxito de la película.
Nunca vimos Camp Miasma.
Pero sentimos que podríamos haberla visto.
Tal vez porque hace mucho que una película dejó de ser solamente una película.
Cuando una historia tiene suficiente éxito se convierte en saga y, si continúa creciendo, en algo todavía mayor: una franquicia. El relato sale de la pantalla y empieza a reproducirse en videojuegos, juguetes, historietas, ropa, disfraces, bandas sonoras, coleccionables y todo aquello que permita mantener vivo el vínculo con el público.
Ya no consumimos únicamente una historia. Consumimos la posibilidad de seguir habitándola.
Por eso la nostalgia resulta un negocio tan extraordinario. No hace falta inventar algo nuevo cuando existe un público dispuesto a pagar por volver a sentir algo que ya sintió. Y, mejor todavía, ese sentimiento puede transmitirse. Alguien que jamás pisó un videoclub puede extrañar los videoclubes. Alguien que nunca utilizó un VHS puede comprar un aparato diseñado para parecer uno. El recuerdo se transforma en estética y la estética, inevitablemente, en producto.
Pero Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma no se queda en la celebración de ese pasado.
Ahí empieza su parte más incómoda.
El slasher construyó buena parte de su identidad alrededor de cuerpos adolescentes observados, deseados, perseguidos y destruidos. Sexo y violencia quedaron tantas veces unidos que terminaron formando parte de su lenguaje. El adolescente que se apartaba del grupo para tener sexo estaba prácticamente firmando su sentencia de muerte. El cuerpo femenino podía ser objeto de deseo y, minutos después, escenario del asesinato. Y alrededor de esas historias también existieron representaciones de género y sexualidad atravesadas por los prejuicios de sus épocas.
Schoenbrun conoce perfectamente ese lenguaje porque creció con él. No lo observa desde la superioridad de quien viene a explicar cuánto se equivocaba el cine de antes. Al contrario: ha contado que vio demasiado joven las franquicias de terror que inspiraron Camp Miasma y que Scream fue una película fundamental en su propia relación con el género.
Eso vuelve todo mucho más interesante.
Porque revisar algo no significa necesariamente dejar de quererlo.
Podemos amar una película y al mismo tiempo preguntarnos qué decía, qué normalizaba, quién podía ocupar un lugar dentro de ella y quién quedaba reducido al chiste, al estereotipo o directamente al monstruo. También podemos reconocer que nuestra mirada cambió, aunque aquello que estamos mirando siga siendo exactamente lo mismo.
Y Hollywood sabe perfectamente que nuestra mirada cambió.


Ahí aparece Kris, la joven cineasta queer interpretada por Hannah Einbinder, contratada para resucitar Camp Miasma. La vieja franquicia tiene un problema: parte de aquello que décadas atrás podía pasar inadvertido ahora resulta mucho más difícil de ignorar. La solución de la industria no es abandonar la marca. Es actualizarla.
La propia Schoenbrun ha explicado que, dentro de la historia, el estudio quiere que Kris haga algo parecido a un “woke reboot”: hay elementos problemáticos en las películas originales y, como ella es queer, parece la persona indicada para modernizarlos.
La idea es tan absurda como reconocible.
Porque la película no se limita a criticar aquello que Hollywood hacía cuarenta años atrás. También mira con bastante ironía la manera en que Hollywood intenta demostrar cuánto ha cambiado.
Se cambia el discurso.
Se amplían las representaciones.
Se revisan determinados personajes.
Se contrata a la persona adecuada para hacerlo.
Pero hay algo que permanece intacto: hay una propiedad que todavía puede producir dinero.
Y quizás ahí esté una de las observaciones más lúcidas de la película. ¿Qué ocurre cuando la industria descubre que incluso la diversidad, la revisión histórica y la crítica a sus propios errores pueden convertirse en herramientas para renovar una marca?
No significa que toda nueva representación sea falsa ni que cualquier intento por revisar el pasado sea solamente marketing. La cuestión es bastante más interesante que eso.
La pregunta es por qué se está haciendo.
Si una vieja franquicia fue machista, se puede realizar una nueva entrega que critique su machismo.
Si tuvo representaciones problemáticas de las identidades queer, se puede contratar a una persona queer para reinventarla.
Si sus secuelas fueron explotaciones comerciales sin imaginación, incluso se puede hacer una nueva secuela que se burle de las secuelas comerciales sin imaginación.
Y luego venderla.
La industria ha encontrado una capacidad fascinante para incorporar las críticas que recibe y convertirlas en una característica del siguiente producto.
En ese sentido, Camp Miasma también dialoga inevitablemente con Scream, aunque no de la misma manera que con Friday the 13th. Schoenbrun reconoce a Scream como una referencia personal importante y señala justamente cómo aquella película obtenía buena parte de su fuerza al reconocer y subvertir unas reglas del slasher que el público ya conocía.
Scream hizo que los personajes supieran que estaban viviendo dentro de las reglas de una película de terror.
Décadas después, eso ya tampoco alcanza.
Ahora sabemos que estamos viendo un reboot. Los personajes pueden bromear con los reboots. La película puede cuestionar las películas anteriores. Puede reírse de los clichés de su propia franquicia, recuperar a personajes históricos, denunciar aquello que envejeció mal y explicarnos por qué esta vez todo será diferente.
Y nosotros volvemos a comprar la entrada.
Por eso la pregunta de Campamento Miasma no es simplemente cuáles son las reglas del slasher.
Es quién es dueño de esas reglas, quién puede cambiarlas y quién continúa ganando dinero cada vez que las cambia.
Y entonces la nostalgia adquiere otra dimensión.
Porque el pasado que regresa nunca regresa completo.
Seleccionamos.
Nos quedamos con los sintetizadores pero no necesariamente con los prejuicios. Con los VHS pero no con todo lo que esos VHS contenían. Con los peinados, los colores, los juguetes y las películas que veíamos demasiado jóvenes, mientras dejamos fuera del encuadre aquello que hoy nos resulta más difícil justificar.
Construimos una versión restaurada del pasado.
Por eso resulta tan significativo que Camp Miasma sea una franquicia falsa. No hay ningún recuerdo verdadero que defender. No existe un espectador que pueda decir que estuvo allí en 1983. Todo ha sido construido desde el presente utilizando las piezas que colectivamente asociamos con aquella época.
Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma: inventa una franquicia del pasado, nos convence de que podríamos haberla amado, nos recuerda todo aquello que había de problemático en el cine que intenta imitar y después muestra a una industria dispuesta a corregir esos problemas siempre que la corrección permita seguir explotando la misma propiedad.
Primero nos vendieron las películas.
Después las secuelas.
Después los muñecos, los videojuegos, los VHS y las remeras.
Décadas más tarde nos vendieron la nostalgia de todo aquello.
Y ahora también pueden vendernos su revisión.
Por eso ultimamente hay una duda que ronda mi cabeza, ¿realmente somos nosotros quienes queremos regresar a otra epoca? o ¿quién está intentando llevarnos hasta allí, y qué espera vendernos cuando lleguemos?.