
La Virgen de la Tosquera es uno de los cuentos que componen el libro Los peligros de fumar en la cama (Anagrama; 2017) de Mariana Enriquez. En estos últimos meses, tuvo su adaptación cinematográfica dirigida por Laura Casabé.
La obra de Enriquez se caracteriza por construir el terror a partir de lo cotidiano y ésta adaptación no fue la excepción. El relato se sitúa en el contexto de la crisis argentina de los años 2000, adentrándose en la precariedad de los barrios del conurbano, la violencia estructural y el instinto de supervivencia que atraviesa a las juventudes en estos territorios.
En este escenario, la adolescencia aparece lejos de cualquier romantización. Por el contrario, está marcada por la violencia, donde el cuerpo se vuelve un territorio de disputa atravesado por el género y la clase social. En términos de María Lugones, puede pensarse en cómo opera la colonialidad del género: no se trata solamente de las desigualdades de género, sino de una clasificación jerárquica de las vidas , donde género, clase y territorio se entrelazan para definir quiénes acceden plenamente a la condición de sujetos y quienes quedan expuestas a la vulnerabilidad. Las corporalidades no sólo están reguladas por el sistema que las oprime, sino también por condiciones materiales y territoriales que determinan qué vidas son más vulnerables que otras. El crecimiento no se presenta como un proceso, sino como una experiencia de supervivencia.
Dentro de este marco, el conflicto revela tanto la crueldad entre pares como la incomodidad del deseo. Un grupo de amigas comparte la fascinación por Diego, un varón mayor que ellas, cuya validación buscan constantemente. En ese proceso, existe una fuerte sexualización de las corporalidades, donde el cuerpo se vuelve un capital simbólico, uno de los pocos recursos disponibles para negociar reconocimiento y pertenencia dentro del grupo. Acompañada por el consumo de sustancias, esto envuelve a la protagonista en un círculo que deteriora su salud mental, ya que está afectada por un sistema que la excede.
Por otra parte, aparece Silvia, una mujer con más experiencia, que encarna una amenaza latente. Aunque en un comienzo forma parte del mismo grupo, poco a poco se acerca a Diego, desplazando a las demás. Esta dinámica intensifica la competencia entre ellas y refuerza las tensiones del grupo en general.
En este sentido y desde la perspectiva de María Lugones, la ira es vista como respuesta a múltiples opresiones. No se trata de enojos individuales. Sin embargo, lejos de encontrar una salida colectiva, esa ira se desplaza, el sistema la captura y la transforma en un mecanismo que reproduce las prácticas de opresión. En lugar de desarmarla, la vuelve contra otras mujeres. En este caso, Silvia no es una rival. Es una figura que desestabiliza el orden del grupo porque representa una posibilidad deseante a la que las demás no acceden en igualdad de condiciones.
La película expone distintas formas de violencia, patriarcal y simbólica. Como nos dice Rita Segato, la violencia de género no es sólo instrumental, sino también expresiva, porque produce y afirma el sistema de jerarquías. En este caso, se visualiza el mandato (disfrazado de deseo e impuesto socialmente) que empuja a las adolescentes a tener experiencias sexuales tempranas como forma de adquirir estatus entre sus pares. Este mecanismo genera enemistad entre las mujeres, siendo una de las expresiones más eficaces del orden patriarcal. La potencia política de la ira queda anulada, no por su intensidad, sino por su aislamiento, al no encontrar dimensiones colectivas, reproduce la misma lógica violenta que la originó. El horror se visualiza en la ausencia de comunidad entre mujeres en contextos donde el deseo y la desigualdad extrema se entrelazan.















































