Hay momentos en los que bailar también puede ser una forma de respuesta. Emmanuel Horvilleur parece haber elegido esa respuesta frente a un mundo que se vuelve cada vez más oscuro. Mientras las noticias hablan de guerras, de inteligencia artificial, de futuros inciertos y de un planeta que parece avanzar hacia lugares difíciles de imaginar, él propone otra cosa: encender las luces, poner el cuerpo en movimiento y gozar.
Esa postura atraviesa Mi año gótico, su nuevo álbum. El disco parece construido desde esa contradicción: nace de un presente que inquieta, pero responde con música luminosa, bailable y sensual. Más que un disco, Mi año gótico despliega un universo propio, que también se expandió hacia lo audiovisual a través de diez videoclips y una segunda versión del álbum que suma cuatro canciones.
Los videoclips no forman parte del show, pero funcionan como otra puerta de entrada a ese universo. Son el correlato visual de un proyecto que parece empeñado en hacerle lugar al juego, al movimiento y al placer. Anoche se llevaron al escenario mediante visuales de un círculo que encontraba nuevas formas, en diálogo con la estética que Horvilleur construye hasta en su Outfit.
La banda suena aceitada y el funk atraviesa la noche, pero hay algo más que precisión musical: hay juego. Horvilleur parece seguir buscando como cuando empezó a sus 16 años, cuando la música estaba cargada de descubrimiento y posibilidad. El tiempo pasó, pero lo lúdico permanece como una brújula. Sigue explorando, probando, jugando con los sonidos, con el cuerpo, con las palabras y con quienes están del otro lado. Baila para el público, y con el público. Hay una invitación permanente a abandonar por un rato la distancia entre artista y espectador y dejar que la música pase por el cuerpo. La gente responde. Salta, canta, se mueve, se acerca. La música deja de ser algo que sucede arriba del escenario para convertirse en una experiencia compartida. Quizás ahí esté una de las claves de esta propuesta: frente a un presente que puede producir miedo o agotamiento, Horvilleur insiste en el placer como una forma de atravesarlo.
Arrancó con Santo Domingo, para abrir paso a un recorrido que atravesó casi por completo su nuevo álbum. Pero el presente también dejó espacio para la memoria: aparecieron algunos de sus grandes éxitos, como Amor loco, 19, Llámame y Radios. Como era de esperar, también hubo lugar para alguna canción de Illya Kuryaki and the Valderramas.
Sin embargo no se quedó solamente en su propia historia. Hubo un momento especialmente dedicado a Rada, cuando, después de una extensa percusión de Hermano Plateado, Horvilleur dejó que la canción se expandiera más allá del escenario y se volviera voz compartida con el público. Juntos cantamos parte de Blumana, en uno de esos momentos en que la frontera entre quienes están arriba y quienes estamos abajo parece desaparecer.
Hubo tiempo también para los besos que aparecen entre una canción y otra. Para los abrazos largos. Para las miradas que se encuentran entre las luces. Para la seducción y el deseo que forman parte de estar vivos. Mientras afuera el mundo parece volverse cada vez más complejo, adentro hay cuerpos que se buscan, que bailan, que se rozan, que celebran. Transforma las horas en sonido, en imágenes, en movimiento en donde alcanza con eso: bailar juntos, besarnos, abrazarnos y dejarnos llevar.




