
Mientras presenta Madera Rosa, uno de los discos más personales de su trayectoria, Sol Bassa regresa a Montevideo con tres conciertos completamente distintos.
No cambia solamente el escenario: cambian los músicos, los lenguajes y las comunidades que la reciben. En conversación con Cooltivarte, la compositora argentina habla del tiempo lento, la independencia, el trabajo social de la música y la decisión de construir una carrera que prefiera los vínculos antes que las etiquetas.
Su regreso a Montevideo no se parece a una gira tradicional. No hay una estrategia de repetición ni un mismo espectáculo trasladado de escenario en escenario. Hay, en cambio, una decisión mucho más difícil de sostener en tiempos donde la velocidad parece gobernarlo todo: volver para seguir construyendo.
Volver para escuchar. Volver para aprender. Volver para mezclarse con escenas distintas. Volver porque las ciudades también tienen memoria.
Mientras presenta Madera Rosa, su quinto disco de estudio —una obra donde el blues y el rock dialogan con una identidad que se niega permanentemente a quedar encerrada dentro de un género— la guitarrista y compositora argentina eligió nuevamente el camino más largo. El de la confianza. El de los vínculos. El del trabajo paciente que entiende que una carrera artística también se construye ciudad por ciudad, conversación por conversación y escenario por escenario.
No resulta casual que, durante más de una hora de charla con Cooltivarte, la palabra que más repitiera no fuera “disco” ni “guitarra” y ni siquiera “canción”. Fue otra: Volver.
Existe una hermosa rebeldía en esa manera de entender la circulación de la música. En tiempos donde muchas giras parecen diseñadas como productos replicables, Sol piensa cada viaje como una oportunidad para ingresar —aunque sea durante unos días— dentro del ecosistema cultural de otra ciudad.
“No es solamente tocar e irse”, dice varias veces durante la entrevista. Y esa frase termina funcionando como una declaración estética tanto como política.
Tres conciertos que son tres geografías
Quizás la mejor demostración de esa filosofía sea la propia estructura de esta gira.
No son tres conciertos iguales. Son tres conversaciones completamente distintas.
El jueves 6 de agosto, en Sociedad Urbana de Villa Dolores, compartirá escenario con Patuco & La Mística, un proyecto que encuentra en la canción, el mestizaje rioplatense y las raíces populares un territorio común para el encuentro. Allí el diálogo parece producirse desde la curiosidad mutua: públicos diferentes reunidos alrededor de una misma necesidad de escuchar.

Veinticuatro horas después, el paisaje cambia radicalmente.
Bluzz convoca otro universo. El rock. El blues. La electricidad.
Su presentación junto a Las Toscas, suma una textura donde las guitarras hablan otro idioma. No porque contradigan a Bassa, sino porque amplifican una de las tantas facetas de una artista que nunca aceptó convertirse simplemente en “la guitarrista de blues”.

La tercera estación, el 9 de agosto en La Temeraria, vuelve a mover el eje.
Allí aparece Clara Lassus con su armónica —un instrumento que, como pocas veces sucede, encuentra nuevos lugares para respirar dentro de la escena uruguaya— junto a Pancho Coelho, uno de los integrantes históricos de Buenos Muchachos, pero lejos aquí de cualquier expectativa asociada a esa banda.

Coelho aparece desde otro costado de su sensibilidad artística: el de la canción compartida, el del encuentro íntimo, el de los proyectos paralelos que permiten explorar territorios que muchas veces no caben dentro de las bandas que les dieron reconocimiento. No es casual. Es una elección.
La propia Sol lo resume durante la entrevista cuando celebra que las tres fechas pertenezcan a escenas completamente diferentes y que justamente eso permita que la gira tenga un sentido inclasificable.
La negativa a convertirse en una etiqueta
Hay un momento especialmente revelador de la conversación. Cuando le pregunto cómo definiría su música, responde casi con pudor: “No quiero ser una artista de blues Tampoco una artista de rock. Prefiero pensar en canciones. En poesía. En guitarra. En música popular”.
Por eso cita naturalmente a Fernando Cabrera y al Príncipe Pena. No porque suenen iguales, sino porque representan esa rara estirpe de compositores cuya identidad termina siendo más fuerte que cualquier género musical.
Esa misma lógica atraviesa Madera Rosa.
El disco fue construido durante dos años, casi artesanalmente. Lejos de la ansiedad por publicar rápido, Sol eligió dejar que cada canción encontrara su propio tiempo de maduración. El resultado es un álbum donde la crudeza del rock convive con momentos de enorme intimidad y donde la palabra comienza a ocupar un lugar tan importante como la guitarra.
Quizás por eso la gira tampoco responde a una lógica promocional.
No presentará el disco completo en ninguna fecha.
Cada concierto será un recorrido por distintas etapas de su obra, aunque Madera Rosa tendrá un lugar especial por tratarse de la primera vez que esas canciones sonarán oficialmente en territorio uruguayo.
La música como trabajo social
Hay otra palabra que aparece una y otra vez durante la conversación: Social.
No en un sentido partidario, ni académico. Social como forma de estar con otros.
Hablar. Escuchar. Ensayar. Compartir una comida. Conocer músicos nuevos. Descubrir escenas. Volver a ellas.
Sol menciona varias veces que su profesión consiste tanto en tocar como en construir relaciones humanas. Incluso asocia esa mirada con la influencia de su madre, trabajadora social, y con la convicción de que la cultura continúa siendo uno de los pocos refugios capaces de sostener la identidad colectiva en tiempos donde todo parece acelerarse.
Quizás ahí aparezca la verdadera razón por la que estas tres fechas son tan distintas entre sí.
“Me interesa más la canción que el género”
—Escuchando Madera Rosa tuve la sensación de que hay blues, rock, pero también algo profundamente rioplatense. Como si la obra escapara permanentemente de cualquier etiqueta. ¿Te reconocés en esa búsqueda?
Sol Bassa: —”Totalmente. A veces nos ponen títulos por una cuestión de referencias, pero después de tantos años construyendo canciones ya no me representa decir “soy una artista de blues” o “soy una artista de rock”. Quizás me siento mucho más cerca de la música popular, de la poesía, de la guitarra.
Creo que cuando uno escribe sus propias canciones termina poniendo todo lo que es adentro de ellas. Y ahí aparecen muchas músicas distintas.
Por eso también encuentro mucha afinidad con artistas uruguayos como Fernando Cabrera o el Príncipe Pena. Escuchás sus obras y encontrás folclore, canción, experimentación, muchas influencias pero ninguno entra realmente en una sola categoría. Eso me parece hermoso”.
—Incluso la estética del disco parece dialogar con esa idea. Hay una imagen austera, una tipografía sencilla, una referencia casi clásica.
Sol Bassa:—”Sí. Cuando trabajábamos la portada mirábamos muchas referencias de Sandro, Leonardo Favio, Ramón Ayala. Esas tapas donde solamente aparece el artista, una tipografía muy simple y nada más.
También hay un recorrido con los colores que vengo desarrollando desde hace varios discos. Cada álbum fue construyendo una especie de continuidad visual.
Madera Rosa también habla de ese momento de mi carrera. De viajar mucho. De andar con la guitarra. Del camino.
El camino aparece desde hace muchos años en mis discos y sigue apareciendo ahora”.
—Da la impresión de que tu vínculo con Uruguay ya forma parte de tu propia historia artística.
Sol Bassa:—”Uruguay fue el primer país donde pude llevar mi obra fuera de Argentina.
Primero fui como guitarrista de Santiago Moraes. Después él mismo me impulsó para que empezara a tocar mis propias canciones. Nunca me olvidé de eso.
Después conocí muchísima gente: Nacho Echeverría, Federico Anastasiadis, Clara Lassus.
También descubrí un montón de música uruguaya que sigo escuchando hasta hoy.
Todo eso terminó formando parte de mi paisaje musical”.
—Llama la atención que esta gira reúna tres escenarios completamente distintos y músicos de escenas muy diferentes entre sí.
Sol Bassa:—”Sí, y justamente eso me entusiasma.
Está Sociedad Urbana Villa Dolores, después Bluzz, después La Temeraria.
Son espacios distintos y públicos distintos y eso es muy rico. No me interesa solamente llegar, tocar e irme.
Me interesa meterme dentro de las escenas de cada ciudad. Ensayar con músicos de ahí. Conocerlos. Construir vínculos. Volver.
Creo que ese trabajo termina notándose arriba del escenario”.
—También parece una forma de mostrar que tu música puede dialogar con escenas muy distintas.
Sol Bassa:—”Exactamente. Cada fecha propone otra conversación.
Con Patuco López sucede una cosa. Con Las Toscas y la banda que armamos para Bluzz pasa otra completamente diferente.
Y con Clara Lassus y Pancho Coelho aparece otro universo más íntimo.
Creo que eso también demuestra que este proyecto no necesita encerrarse dentro de un estilo.
Las canciones encuentran otros colores según las personas que las rodean”.
—Vivimos en una época donde parece existir una receta para todo: cómo lanzar un disco, cómo hacer una gira, cómo posicionarse. Vos parecés escapar bastante de esa lógica.
Sol Bassa:—”Porque sinceramente no creo que exista una fórmula. No la hay para hacer canciones. No la hay para construir una gira. No la hay para sostener una carrera.
Cada vez siento más que lo importante es volver.
La perseverancia también termina siendo un triunfo”.
—Sobre el éxito. ¿Sentís que hoy se lo mide de una manera demasiado limitada?
Sol Bassa:—”Sí. Porque muchas veces parece que solamente existe el éxito masivo y yo no lo vivo así.
Para mí también es un éxito seguir haciendo la música que me conmueve. Poder vivir de ella. Seguir tocando. Construir una obra.
Hay artistas enormes como Gabo Ferro, Rosario Bléfari que nunca estuvieron dentro de los lugares más comerciales y, sin embargo, dejan una huella inmensa. Eso también es trascender”.
“La música también es un trabajo social”
—Hay una expresión que repetiste varias veces durante esta conversación: trabajo social.
Sol Bassa:—”Sí y nunca lo había pensado tanto hasta ahora.
Mi mamá fue trabajadora social. Muchas de mis amigas también y creo que algo de eso terminó apareciendo en mi manera de vivir la música porque nuestro trabajo también consiste en conversar”.
—Vivimos momentos complejos en toda la región. ¿Qué lugar ocupa la música ahí?
Sol Bassa:—”Creo que justamente en estos momentos aparece una enorme necesidad de consumir cultura.
Los espacios culturales terminan siendo refugios. Lugares donde una comunidad puede encontrarse. Donde una identidad sigue existiendo.
Por eso siento que, justamente ahora, no hay que abandonar los sueños.
Hay que seguir dejando obra aunque sea difícil”.
—Si tuvieras que definir el momento artístico que estás viviendo, ¿Qué dirías?
Sol Bassa:—”Hoy me interesa muchísimo la palabra. Las canciones. Que lo que escriba realmente me represente.
La guitarra sigue siendo central porque es el instrumento desde donde construyo todo.
Pero siento que hoy las letras ocupan un lugar mucho más importante que antes.
Y también aprendí otra cosa: Que las canciones necesitan reposar como una comida hecha a fuego lento.
Cuando uno deja que maduren, terminan saliendo más nobles”
—¿Qué esperás que ocurra con esta gira por Montevideo?
Sol Bassa:—”Que alguien descubra una canción. Que alguien descubra un disco. Que quiera volver a escucharlo cuando llegue a su casa. Eso ya sería muchísimo.
Porque una gira no termina cuando baja el telón. Empieza ahí.
Cuando esa música pasa a formar parte de la vida de otra persona”.
“No me interesa solamente tocar e irme.”
La frase aparece varias veces durante la conversación.
Quizás porque resume mejor que cualquier definición quién es Sol Bassa en este momento de su carrera.
Una artista que viaja con una guitarra, sí, pero sobre todo con la convicción de que las canciones no se expanden únicamente por los escenarios.
También lo hacen en las sobremesas, en los ensayos, en las amistades que nacen entre ciudades vecinas y en ese trabajo silencioso de regresar una y otra vez hasta que un territorio deje de sentirse extranjero.
Y acaso allí resida el verdadero sentido de esta gira: no presentar un disco, sino seguir construyendo un puente que, como toda buena canción, solo permanece vivo mientras alguien decida volver a cruzarlo.