
El oficio de hacer felices a los niños…y a los grandes también!
El escenario está encendido, pero no hay focos intimidantes ni poses de estrella. Hay sapos. Guitarras. Gallinas. Caritas con brillantina. Y esa electricidad que no viene de los cables, sino de algo mucho más vital: la alegría compartida entre padres e hijos, en ese instante mágico donde la infancia se vuelve presente común.
“El circo eléctrico”, el nuevo espectáculo de Ruperto Rocanrol, no es una obra ni un recital: es un ritual familiar en clave rockera. Un viaje donde los géneros musicales se mezclan sin pudor —rock, candombe, reggae y hasta punk— y donde el público no se queda en la butaca. Acá, los gurises se amontonan adelante, sobre el escenario, a los costados, bailando con los ojos desorbitados de emoción, mientras los adultos se ríen como si viajaran en el tiempo a través de las mismas canciones.
Ruperto, el sapo más eléctrico del arroyo Solís Chico
Creado por el periodista, escritor y músico Roy Berocay en los años 90, Ruperto no es solo un personaje infantil. Es un ícono cultural, una voz anfibia que nunca deja de reinventarse. Desde sus primeros libros (Las aventuras del sapo Ruperto, Ruperto detective, Ruperto insólito…), el sapo rockero conquistó generaciones con su humor absurdo, su corazón rebelde y su amor por el desorden creativo.
Pero en escena es donde más brilla: irreverente, exagerado y encantador. Como si Iggy Pop y un títere de Plaza Sésamo se hubieran fusionado en un laboratorio literario uruguayo. Ruperto canta, improvisa, lanza chistes que atraviesan edades y se mueve como si cada canción fuera un acto de resistencia contra la apatía del mundo adulto.
Un show con alma de banda
En El circo eléctrico, Ruperto no está solo. Desde la bienvenida que nos ofrecen Opa payasos y el cálido personal de la sala, a Ruperto lo acompaña una banda de músicos notables, dirigida por el propio Berocay en guitarra y voz. En escena lo flanquean su hijo Bruno Berocay en batería y percusión, el bajista Pablo Berocay, y la alegría bulliciosa de la performer Cynthia Patiño. Como broche de lujo, se incorpora una nueva generación de Berocays al escenario, cerrando así un círculo perfecto.
La producción corre por cuenta de Mi Casa, una usina creativa que desde hace años viene apostando a contenidos escénicos para públicos diversos. Con vestuarios de estética circense y una puesta en escena dinámica que nunca decae, el show combina lo mejor del teatro con la energía de un recital en vivo.
La alegría no es virtual
Ver a un niño saltar al ritmo de una canción que no está en YouTube, que sucede ahí mismo, en ese ahora irrecuperable, es algo que no se puede traducir en pantalla. El circo eléctrico apuesta justamente a eso: a recuperar lo lúdico como experiencia compartida, no como entretenimiento en soledad.
Por eso funciona tan bien. Porque emociona sin sermonear, hace reír sin subestimar y conecta a generaciones que pocas veces coinciden en un mismo lenguaje.
Las canciones —muchas de ellas himnos ya clásicos como “Mi vecina” o “La gallina que quería volar”— se alternan con números teatrales donde el absurdo, el cariño y el desparpajo construyen un universo donde todo es posible, cercano y memorable.
Entradas, risas y aplausos
Las funciones ya están en cartel en la Sala Zitarrosa, y las entradas están a la venta a través de Tickantel, con precios populares para que nadie se quede afuera. El circo se monta en dos funciones diarias hasta el jueves 3 de julio, una gran oportunidad para acercarse a una propuesta cultural diferente, donde la música en vivo, el humor y el arte escénico se dan la mano con algo mucho más importante: la posibilidad de compartir tiempo real, sin pantallas, entre generaciones.
Al final del show, cuando las luces se apagan, el brillo en los ojos de todos los presentes lo dice todo. Hay abrazos. Hay fotos. Hay niños que no quieren irse. Y hay padres que, por un rato, volvieron a ser niños.
Porque Ruperto no envejece. Como el rock, como la infancia bien vivida, se queda intacto en el corazón.
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