En 1959, Paraguay llevaba cinco años bajo la dictadura de Alfredo Stroessner. En ese contexto, la muerte de un joven locutor de radio llamado Bernardo Aranda desencadenó uno de los episodios más persistentes de persecución y estigmatización de la historia reciente del país. Más de seis décadas después, aquel hecho es el punto de partida de Narciso, el segundo largometraje de Marcelo Martinessi después de Las herederas.
Aranda tenía 25 años y trabajaba como locutor y bailarín. En septiembre de 1959 fue encontrado muerto en su habitación, con el cuerpo quemado, en un crimen que nunca llegó a esclarecerse. La investigación rápidamente desplazó el foco desde las circunstancias de su muerte hacia su vida privada y, especialmente, hacia su supuesta homosexualidad. A partir de allí se produjo una persecución contra hombres homosexuales o señalados como tales, acompañada por una fuerte exposición pública y mediática.
De aquella persecución surgió un número que quedó grabado durante décadas en el imaginario paraguayo: 108. El término se convirtió en una forma despectiva de nombrar a los homosexuales y sobrevivió mucho después del final de la dictadura. Con los años, sin embargo, colectivos LGBT+ paraguayos comenzaron a apropiarse de ese mismo número y a transformarlo en una referencia de memoria y resistencia.
Es importante aclarar que Narciso no pretende reconstruir literalmente la vida ni la muerte de Bernardo Aranda. Martinessi parte de su historia y de la novela homónima de Guido Rodríguez Alcalá, pero realiza una adaptación libre. De la obra de Rodríguez Alcalá le interesó especialmente algo que excedía la resolución del crimen: el retrato de una sociedad que ya contenía las condiciones necesarias para que la persecución pudiera producirse.
Así aparece Narciso, interpretado por Diro Romero. En la ficción, regresa de Buenos Aires fascinado por el rock and roll y comienza a trabajar en la radio. Carismático, provocador y objeto de deseo tanto de hombres como de mujeres, su presencia empieza a alterar el pequeño universo que lo rodea. Su posterior muerte atraviesa la película, pero a Martinessi parece interesarle menos construir un policial destinado a descubrir un culpable que observar qué sucede alrededor de ese cuerpo y qué revela sobre la sociedad que lo contempla.
Ese desplazamiento es fundamental para entrar en la propuesta. Narciso tampoco es presentado como un retrato biográfico de Bernardo Aranda. Martinessi decidió deliberadamente preservar buena parte de la intimidad del personaje y construirlo desde afuera: a través de las miradas, los deseos, las sospechas y las fantasías que provoca en los demás. El propio director define al personaje como alguien que existe principalmente a través de la mirada de quienes lo rodean.
En otras entrevistas ha explicado que la falta de certezas históricas sobre la intimidad de Aranda fue precisamente una de las razones para evitar inventarle una vida privada presentada como verdad.
Una dictadura que también se instala en los cuerpos
El contexto político es central, aunque Narciso no construye un relato histórico convencional sobre la dictadura. Martinessi desplaza la mirada desde Stroessner hacia la sociedad que hace posible y reproduce determinadas formas de autoritarismo. El miedo no aparece únicamente en la represión estatal explícita: circula entre compañeros de trabajo, familias, amantes, vecinos y medios de comunicación. Como señala el propio director en la película “el miedo funciona antes como atmósfera que como acontecimiento“.
Ese punto también permite situar mejor el Caso 108. La persecución contra los homosexuales no sustituyó a la persecución política de la dictadura stronista; forma parte de un aparato autoritario más amplio. Lo que el caso Aranda permite observar particularmente es cómo la moral sexual pudo convertirse también en una herramienta de vigilancia, señalamiento y control social. Martinessi ha explicado que le interesa precisamente mirar la responsabilidad de la estructura social que sostiene estos procesos, en lugar de concentrar toda la explicación del autoritarismo en la figura del dictador.
La radio, el rock y Drácula
En ese universo, la radio ocupa un lugar mucho mayor que el de simple escenario. En un Paraguay donde todavía no había televisión, era uno de los grandes medios de comunicación de masas y podía funcionar al mismo tiempo como herramienta de control y como espacio donde introducir voces capaces de desafiarlo.
La llegada del rock and roll que trae Narciso desde Buenos Aires tampoco funciona solamente como banda sonora. Frente al folclore paraguayo —asociado en la película a la memoria, la pertenencia y la identidad colectiva—, el rock aparece como algo extranjero y nuevo, capaz de despertar fascinación pero también sospecha. Martinessi trabaja así sobre una contradicción particularmente interesante: mientras Estados Unidos ejercía una fuerte influencia política y económica sobre los regímenes autoritarios sudamericanos, de ese mismo país llegaba una cultura juvenil que podía desafiar sus valores tradicionales.
Y dentro de la propia radio aparece otra ficción: un radioteatro de Drácula, encabezado por el personaje interpretado por Arturo Fleitas. Tampoco es un elemento decorativo. Martinessi ha contado que utilizó el terror del radioteatro como una forma de hablar del miedo real que atravesaba al país sin recurrir constantemente a representaciones explícitas de arrestos y violencia.
De esa manera, rock, folclore y radioteatro terminan disputándose también qué puede escucharse, qué puede imaginarse y, en definitiva, qué puede expresarse públicamente.


Una historia paraguaya con participación uruguaya
Narciso es una coproducción entre Paraguay, Brasil, Portugal, España, Alemania, Francia y Uruguay. La participación uruguaya llegó a través de Bocacha Films, con Agustina Chiarino, y Guay Films, con Fernando Epstein, quien además comparte el montaje de la película con Martinessi. La relación de Epstein con el director viene de antes: también coprodujo y montó Las herederas.
La película tuvo su estreno mundial en la sección Panorama de la Berlinale 2026, donde recibió el Premio FIPRESCI de la crítica internacional, un reconocimiento que Martinessi ya había obtenido con Las herederas en 2018. Después continuó un amplio recorrido internacional y llegará a las salas uruguayas el 15 de octubre.
Detrás de ese personaje seductor que irrumpe con un disco de rock bajo el brazo existe una historia real que la película deliberadamente no explica por completo: la de Bernardo Aranda y la de una sociedad en la que su muerte pudo transformarse en el punto de partida para perseguir a muchos otros.
Conocer esa historia no resuelve Narciso, pero sí permite reconocer mejor aquello que la película decide dejar flotando entre sus silencios.
Sobre todo esto conversamos con Marcelo Martinessi y con los actores Diro Romero y Arturo Fleitas: