
La salida de Fernando Muslera en el entretiempo del partido frente a España generó todo tipo de reacciones. Algunos expresaron su bronca, otros se detuvieron en el análisis futbolístico y, como ya parece una costumbre de nuestro tiempo, las redes sociales se poblaron de memes, burlas y comentarios irónicos.
El gesto más importante de Fernando Muslera no fue deportivo. Fue profundamente humano.
En una época que nos exige poder con todo, seguir siempre adelante y jamás mostrar debilidad, Muslera hizo algo que muy pocos se animan a hacer: dijo basta. Y eso, lejos de convertirlo en un derrotado, puede ser uno de los actos de mayor valentía.
¿Cuántas veces vivimos situaciones difíciles en las que no nos atrevemos a poner un punto final, simplemente por orgullo o por miedo al qué dirán?
Escuché incluso a algunos exfutbolistas afirmar que jamás le habrían permitido pedir el cambio. Como si reconocer un límite fuera sinónimo de fracaso. Como si el profesionalismo consistiera únicamente en resistir, aunque uno ya no pudiera más.
Me pregunto si no estaremos transmitiendo un mensaje peligroso. ¿Desde cuándo reconocer que uno no está en condiciones de continuar dejó de ser un acto de responsabilidad para convertirse en una señal de debilidad?
Nos quejamos permanentemente de que vivimos en una sociedad cada vez más violenta. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar cuánto contribuimos nosotros mismos a esa violencia. Compartimos un meme, repetimos una burla, ironizamos sobre el error ajeno y, casi sin advertirlo, colaboramos con una cultura que naturaliza la humillación.
El filósofo Slavoj Zizek sostiene que existen formas de violencia que no siempre son visibles. Hay una violencia que se ejerce a través del lenguaje, de las prácticas cotidianas y de los mecanismos culturales que terminan convirtiendo la ridiculización del otro en un espectáculo.
Tal vez un meme, por sí solo, parezca inofensivo. Pero cuando miles de personas reproducen la misma burla sobre alguien que atraviesa uno de los momentos más difíciles de su carrera, conviene preguntarnos dónde termina el humor y dónde comienza el hostigamiento.
Quienes amamos el fútbol sabemos que ningún partido se gana ni se pierde por una sola persona. El fútbol, por definición, es un deporte colectivo. Siempre detrás de un gran goleador, de una gran atajada o de una jugada memorable hay un compañero que recuperó una pelota, otro que sostuvo la defensa y alguien que dio el pase preciso.
Pensemos en el considerado por muchos el mejor gol de la historia de los mundiales. Todos recordamos la corrida extraordinaria de Diego Armando Maradona frente a Inglaterra en México 1986. Sin embargo, pocas veces recordamos que esa obra comenzó con un pase de Héctor “el Negro” Enrique desde la mitad de la cancha. Después vino la genialidad irrepetible de Maradona. Pero incluso los genios necesitan de un compañero para que la historia pueda empezar a escribirse.
¿Por qué, entonces, insistimos en explicar una derrota exclusivamente a partir de un solo jugador?
Hay otra idea filosófica que ayuda a comprender este episodio.
Byung-Chul Han sostiene que vivimos en la sociedad del rendimiento. Ya no predomina el mandato del “debes”, sino el del “tú puedes”. Siempre hay que rendir más. Siempre hay que responder. Siempre hay que seguir. Nunca alcanza. Nunca es suficiente.
En ese contexto, decir “no puedo” parece casi un pecado.
Quizá por eso el gesto de Muslera resulta tan significativo. No porque haya pedido el cambio, sino porque tuvo el coraje de reconocer un límite delante de todo un país y el mundo. Hace falta mucha fortaleza para hacer eso cuando millones de personas esperan que sigas actuando como si nada ocurriera.
Después llegó su pedido de disculpas al pueblo uruguayo.
Y allí volvió a surgir otra pregunta: ¿Era necesario? ¿Realmente era él quien debía pedir disculpas?
Un deportista puede equivocarse. Es parte del deporte. Nadie atraviesa una carrera tan extensa sin cometer errores. Lo que no cualquiera hace es asumirlos con la dignidad y la humildad con la que lo hizo Fernando Muslera.
Disculpas deberían pedir con mucha más frecuencia quienes incumplen las responsabilidades que la sociedad les ha confiado. No un arquero que durante años defendió la camiseta de su país con profesionalismo, compromiso y una enorme calidad humana.
Mientras terminaba el primer tiempo observé a Muslera caminar hacia el vestuario. Por un instante me dio la impresión de que iba solo. Más tarde supe que quienes lo esperaban eran justamente sus compañeros arqueros. Esa escena me recordó algo muy humano: todos necesitamos que alguien nos espere cuando atravesamos nuestros peores momentos.
Los mundiales suelen quedar grabados en nuestra memoria por una imagen. Muchos recuerdan el Mundial de Estados Unidos 1994 por la despedida de Diego Maradona, una escena que marcó a toda una generación. Me pregunto si, para los uruguayos, este Mundial quedará asociado a otra imagen: la de Fernando Muslera no saliendo a jugar el segundo tiempo. No porque las circunstancias sean comparables, sino porque ambas escenas nos recuerdan la fragilidad de quienes tantas veces convertimos en héroes o ídolos.
Quizá el verdadero problema nunca fue que Fernando Muslera dijera basta.
Quizá el problema sea que nosotros hemos olvidado que “detrás” del arquero, existe una persona. Y cuando una sociedad deja de reconocer la humanidad del otro, la violencia ya comenzó hace rato.
Tal vez le estamos pidiendo demasiado al fútbol. Tal vez hemos convertido a nuestros jugadores en ídolos incapaces de equivocarse. Y cuando un ídolo cae, en lugar de tenderle una mano, preferimos convertirlo en objeto de burla.
No es la primera vez que una figura pública nos enseña el valor de reconocer un límite. Lejos de comparar a un futbolista con un Sumo Pontífice, me recuerda la renuncia de Benedicto XVI. En ambos casos, más allá de sus enormes diferencias, aparece una misma enseñanza: también hay grandeza en saber dar un paso al costado cuando las circunstancias lo exigen.
Fernando Muslera nos dejó, quizás sin proponérselo, una enseñanza que trasciende largamente el fútbol. Aristóteles enseñaba que la virtud consiste en actuar del modo adecuado, en el momento oportuno y por las razones correctas. El verdadero coraje no consiste en negar nuestros límites, sino en reconocerlos con prudencia y humildad cuando la realidad nos los impone. Quizá allí resida una de las formas más altas de la virtud.
A veces, decir basta también es una victoria.















































