
Cierta vez, un profesor universitario compartió su polémica teoría: al explicar las razones por las cuales en la historia de la filosofía había un gran número de intelectuales alemanes, propuso una hipótesis climática. Es decir, que atribuyó al frío y los días grises factores que además de favorecer el sedentarismo, también hacían lo propio con la gestación de ideas. En su argumentación, incluso se permitía el chascarrillo de sostener que esos mismos motivos alcanzaban para justificar por qué en países como Brasil no había una gran tradición filosófica. «Imagínense, en un contexto de playa, samba, garota y caipirinha, es medio difícil ponerse a pensar».
Immanuel Kant (1724-1804) pertenece a la tradición conocida como el idealismo alemán. Su obra es tan abrumadora como intrincada y demasiado compleja. Es un autor que crea un sistema filosófico propio, con categorías muy particulares que requieren de traducciones, sentidos e interpretaciones no siempre trasldables de una cultura a otra ni de un tiempo a otro.
Es probable que uno nunca entienda Kant, tan sólo lo intente. Su trabajo más conocido es la Crítica de la Razón Pura (1781), en el que se pregunta si la metafísica puede ser posible. Más amigable, aunque nunca sencillo, es su Fundamentacion de la metafísica de las costumbres (1785), en el que desarrolla sus concepciones éticas. Otra obra relativamente llevadera es Sobre la paz perpetua (1795), que plantea un conjunto de preocupaciones y perspectivas en relación a la convivencia de los Estados modernos en un nuevo orden mundial que conduciría inevitablemente a conflictos.
Don Adolfo Carpio (1923-1974), un docente de la UBA, intentó desentrañar los enigmas a través de una obra referencial para los estudiantes universitarios: ‘Principios de Filosofía’, publicado originalmente en 1974. Las vigentes pedagogías del constructivismo suelen menospreciarlo por su intento reduccionista en algunos asuntos, omitiendo que el hombre fue un pionero en esto de desgrabar sus clases académicas y no mezquinar su saber. Al menos, tuvo más dignidad que los actuales y verborrágicos influencers, capaces de vender en pocos minutos lo que implica horas y sillas de estudio.
En un cuadrito con flechas y ejemplos, el viejo vendía una fórmula para entender a Kant. Al respecto, propuso una serie de situaciones para identificar si eran actos moralmente buenos, neutros o malos.
Entonces, comenzaba así:
Supongamos que una persona se está ahogando. Si alguien que sabe nadar pasa y no la salva, el acto moralmente es malo.
En cambio, si esa misma persona salva a quien está en peligro porque la ama, la acción es moralmente neutra pero con inclinación inmediata, ya que prima el sentimiento.
También una acción es moralmente neutra si la persona que salva a otra es porque quien corre peligro le debe dinero. En ese caso sería con inclinación mediata porque el interés del rescate sería cobrar una deuda.
Dicho todo lo anterior, queda un caso: salvar a alguien que es un enemigo y causó gran daño. Dejar de lado esas adversidades y acudir a su auxilio es un acto moralmente bueno.
Como se advierte, la ética de Kant no sólo se basa en las acciones sino también en los pensamientos.
Por lo tanto, cabría preguntarse por qué una persona le da limosna a alguien vulnerable: ¿Por su propio bien o el del otro?
Del mismo modo, juntar colectar solidarias a través de redes sociales, ¿es un acto de genuina ayuda o intervienen intereses personales no revelados?
¿Existe el bien como cualidad pura y suprema, o en algún punto se pone en juego una cuestión de amor propio, en la que cada decisión, por más honrada que sea, guarda en fondo un egoísmo?














































