Cristina Kirchner

La acción conservadora

El verdadero conservadurismo de nuestro país está encarnado por el populismo que despliega el Gobierno.



La libertad pertenece a quien la conquista

André Malraux


Escribe Peter Sloterdijk, en un pequeño gran libro titulado Estrés y libertad, que existe un vínculo directo entre la filosofía, el conocimiento y el asombro. Si el gran pensador alemán viviera en la Argentina (para su bien y para su mal), tendría las manos llenas de material. La primera apuesta asombrosa de esta semana fue la divulgación de un trabajo solemnemente catalogado como de investigación periodística, en el que un grupo de profesionales ligados al Gobierno trazan una cartografía de lo que denominan la reacción conservadora en la Argentina.

Llama la atención que al mismo tiempo que desde posiciones culturales oficialistas se pretende alertar sobre hipótesis “de la derecha”, se desplieguen tantas muestras claras de acciones concretamente conservadoras por parte del Gobierno. Si se usaran todavía los refranes, alguien podría decir aquello del chancho hablando de higiene.

Un ejercicio chismoso y sin ningún valor periodístico, basado en prejuicios y en Google y que tiene por finalidad estigmatizar desde el poder a los que piensan distinto, se presentó como una denuncia y una alerta sobre el conservadurismo. No es relevante si las personas marcadas son o no realmente conservadoras o de derecha o se peinan con raya al medio; lo sustantivo en este caso es que se utiliza el poder simbólico del Estado y el poder económico del financiamiento internacional para señalar a personas que piensan distinto y se pretende hacer pasar eso como una actitud progresista. La impostura no es nueva. Parafraseando a Cristina Kirchner en su discurso de esta semana, diremos que el embuste tiene dimensiones históricas y coyunturales. Confío demasiado en la inteligencia de los lectores como para aburrirlos citando la profusa bibliografía nacional e internacional que sitúa al peronismo dentro del espectro político conservador. Los ejemplos históricos abundan y van desde censuras y maltratos institucionales hasta encarcelamientos y muertes, pasando por la glorificación de la violencia política y la perpetuación de la situación de pobreza de millones de argentinos para retenerlos como clientela política. Los justificadores intelectuales del peronismo, los formadores de opinión que siempre tratan de encontrar al peronismo bueno que nos va a salvar, e incluso aquellos que insisten en que sin el peronismo no se puede gobernar pueden seguir haciéndolo, pero deberían, por el bienestar de la teoría, abstenerse de colocar al movimiento dentro de las empresas progresistas de la historia.

Un populismo de cartón

Pero dejemos la historia para los historiadores y pasemos otra vez al asombro filosófico de la coyuntura. Los celadores de las ideologías nacionales, en su búsqueda incesante de señalar a los réprobos usaron como estrategia de legitimación (para los suyos y para los financiadores) un medio periodístico nuevo en términos temporales pero viejo en términos de prácticas, que no tiene problemas en censurar a un periodista por una palabra, pero ni se inmuta frente a un ejercicio de control del pensamiento que es, además de pésimo en su elaboración periodística, insólitamente autoritario. Imprudentemente, el periodismo militante se convierte en lo que denuncia de un modo salvaje.

En otro de los capítulos de enseñanza progresista de esta semana, la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner aleccionó sobre un concepto tan complejo y polisémico como el de la libertad. Lo hizo en medio de un discurso inexplicable en el que mezcló la reforma del sistema de salud con un llamado enardecido a vacunarse y una alerta sobre la presencia imaginaria de una sociedad terraplanista y antivacuna. En el discurso, la Sra. de Kirchner apeló a un concepto de libertad, que atribuyó a André Malraux, y que sintetizó en un hilo de Twitter:

Jóvenes por la libertad, pero no por la libertad propia. Por la de los demás, que es la mejor libertad, la libertad de los otros, porque libertad para mí y que se jodan los demás no es libertad”.



El desacuerdo populista

Es una idea curiosa pero de algún modo, coherente. Hubo quien la asimiló a la noción de libertad cristiana, pero aun desde la lectura del evangelio se admitirían matices que la vicepresidenta niega a favor de una interpretación colectivista e iliberal de la libertad. La concepción del sacrificio, de la negación de la individuación y de la refutación del carácter rebelde de la libertad personal que sí defendió Malraux con vehemencia en las letras y en la política, quita a la libertad como idea del reino de la razón y de la práctica y la arroja al ámbito moral/político y lo dogmatiza, volviéndolo más conservador.

Otro episodio asombroso refuerza el sentido de esta columna. La Argentina se negó a condenar en la OEA las violaciones de los derechos humanos llevadas adelante por el régimen autocrático de Nicaragua. El gobierno de ese país, encarnado por el matrimonio Ortega-Murillo, viene sistemáticamente ejerciendo el poder por fuera de toda norma constitucional y de respeto a las libertades individuales y los derechos del pueblo. En las últimas semanas encarceló a casi todos los políticos de la oposición, impidiendo la realización de elecciones realmente libres y justas. Frente a este escenario, y en contra de la actitud de los países amigos del Mercosur, la Argentina se abstuvo, apelando al principio de no injerencia y de libre determinación de los pueblos. Es una vergüenza más que se le agrega a la política exterior oficial y, además, es una demostración ostensible del carácter poco democrático y conservador del gobierno argentino.

Este año hay elecciones y hay varias incógnitas que despejar. Sabremos este año si el peso de la morfología de la estructura social argentina, sumado al discurso oficial que sigue apelando a la herencia y a los efectos de la pandemia en el mundo resulta convincente o no frente a otras realidades.

En definitiva, nos enteraremos pronto de si hay correspondencia entre los hechos y lo que los ciudadanos eligen al momento de decidir su voto. Veremos si las evidentes torpezas en el proceso de vacunación –lindantes con lo judicializable–, si la caída de la economía y el salario promedio, si la perversidad al momento de administrar la presencialidad escolar de los chicos y si el ejercicio sistemático de la mentira y la ventaja para los propios, alcanza para que la ciudadanía decida poner freno a la verdadera acción conservadora en nuestro país, encarnada por el populismo en el uso del gobierno.



Imagen portada: twitter.com/CFKArgentina

Publicación original: perfil.com



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Gabriel Palumbo

Es sociólogo, analista político y crítico de arte. Estudió en las escuelas de Bellas Artes Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón, antes de hacer la carrera de Sociología en la Universidad de Buenas Aires. Siendo profesor en la carrera de Ciencia Política organizó grupos de reflexión e investigación sobre filosofía política, enfocados especialmente en el pragmatismo americano. En ese rol, participó de encuentros académicos y fue disertante en congresos en Argentina, Brasil y Estados Unidos. Es profesor de grado y posgrado y dicta, desde hace 10 años, un seminario sobre Arte y Política en la Argentina para el Institute for Study Abroad de la Butler University. Fue director de la Casa de la Cultura Victoria Ocampo y se ocupó de la curaduría de la muestra patrimonial con que ese espacio cultural se reinauguró en 2016. Fue asesor para proyectos especiales del Ministerio de Cultura de la Nación hasta 2019. Compiló y escribió el ensayo preliminar de La Ciudad Lineal y en 2015 publicó El mejor presidente de la historia. Actualmente, escribe sobre política en distintos medios y es colaborador habitual de la revista cultural Ñ del diario Clarín, haciendo críticas de exposiciones en el ámbito local y en el extranjero.