imagen portada: La vida es sueño. Relieve en bronce, detalle del monumento a Calderón en la Plaza de Santa Ana de Madrid (Obra de J. Figueras, 1878).  wikipedia.org

La vida es sueño: entre el sino y la libertad

Una de las obras fundamentales del Teatro Clásico Español es La vida es sueño (1635). Una obra barroca que ilustra los motivos propios de este movimiento artístico-literario que se desarrolla en el siglo XVII.

La racionalidad renacentista, su orden riguroso, han desaparecido, y en su lugar se ha instalado la duda sobre la comprensión de la realidad y la descripción de un mundo caótico y complejo en sus relaciones humanas. “Así, porque nuestros sentidos nos engañan a veces, supuse que no había ninguna cosa que fuese tal como ellas nos hacen imaginar […]. Y, en fin, considerando que los pensamientos que tenemos cuando estamos despiertos pueden ser los mismos que cuando dormimos, sin que ninguno sea verdadero, hice de cuentas que todas las cosas que hasta entonces habían entrado en mi espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños”. Parece un pasaje de la obra de Calderón de la Barca, pero no. La cita corresponde a la Cuarta Parte del “Discurso del Método” (1637), de Descartes, cuya cercanía con el final de la Segunda Jornada de La vida es sueño, donde se encuentra el propio título de drama, une literatura y filosofía en una línea del pensamiento que confunde ambas disciplinas: “¿Qué es la vida?, un frenesí; / ¿qué es la vida?, una ilusión. / una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño: / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son”.

La vida del príncipe Segismundo está marcada por la duda, por el desconcierto que significa su prisión, por el hermetismo de su castigo que no comprende. Su destino regido por el oráculo astrológico lo ha privado de la libertad y sumergido en un mundo de incertezas: “Y en el mundo, en conclusión, / todos sueñan lo que son, / aunque ninguno lo entiende. / Yo sueño que estoy aquí / destas prisiones cargado, / y soñé que en otro mundo / más lisonjero me vi” (Segunda Jornada, escena 19). El drama de Segismundo es que su destino y su libertad están señalados por la duda de su padre, el rey Basilio, que se pregunta si el oráculo ha acertado al estigmatizar cruelmente a su hijo, y confinarlo a su torre-prisión privándolo de su libertad. La incertidumbre gobierna el pensamiento del rey por sobre toda lógica reflexiva, y los astros presentes en el sueño de Clorilene, la esposa del rey, determinan desde su misterioso poder la vida del príncipe Segismundo: “[…] su madre infinitas veces, / entre ideas y delirios / del sueño, vio que rompía / sus entrañas, atrevido, / un monstruo en forma de hombre, / y entre su sangre teñido, / le daba muerte, naciendo / víbora humana del siglo” (Primera Jornada, escena 6).

Todos los actos esenciales de La vida es sueño, aquellos que mueven el hilo dramático, se debaten entre el sueño y la realidad. Son los sueños reiterados de Clorilene que anuncian su propia muerte al momento de parir a Segismundo, los que determinan el sino del príncipe. Y cuando es llevado drogado a palacio para que allí despierte y pueda su padre corroborar el dictamen de los sueños de su esposa, que no son otra cosa que la voz oracular, Segismundo vive la incerteza de estar en el sueño o en la realidad: “Con poco espanto lo admiro, / con mucha duda lo creo […]. / ¿Yo despertar de dormir / en lecho tan excelente? / Decir que es sueño es engaño; / bien sé que despierto estoy. / ¿Yo Segismundo no soy? / Decidme, cielos, desengaño” (Segunda Jornada, escena 3). Pero Segismundo no ha sido preparado para vivir la realidad de un príncipe en libertad y sus actos son deleznables en esas pocas horas que permanece en palacio. Su agresividad lo lleva a lanzar a un guardia por la torre sin más, y con ello justificar la razón (¿o la sinrazón?) de los dioses representados en los sueños de Clorilene y su propia vuelta a la torre-prisión. Porque el único momento en que tuvo libre albedrío, en que pudo demostrar la injusticia, el error y horror de su prisión, el príncipe no fue más que la figura de los sueños de su madre, ese “monstruo en forma de hombre” augurado por los hados: “El mayor, el más horrendo / eclipse que ha padecido / el sol, después que con sangre / lloró la muerte de Cristo […], / los cielos se oscurecieron, / temblaron los edificios, llovieron piedras las nubes, / corrieron sangre los ríos […]” (Jornada Primera, escena 6). En medio de esta naturaleza apocalíptica nace Segismundo y su padre, con los hados de estandarte, lo condena a ignominiosa vida: “Pues dando crédito yo / a los hados, que adivinos / me pronosticaban daños, / en fatales vaticinios, / determiné de encerrar / la fiera que había nacido, / por ver si el sabio tenía / en las estrellas dominio” (Jornada Primera, escena 6).

La Jornada Tercera, de sorprendente desenlace, nos presenta un Segismundo que se debate entre sueño y realidad; que duda, por lo mismo, de las acciones que va a emprender: “(Cielos, si es verdad que sueño, / suspendedme la memoria, / que no es posible que quepan / en un sueño tantas cosas […] / ¿Quién vio penas tan dudosas? / Si soñé aquella grandeza […] / Luego fue verdad, no sueño; / y si fue verdad – que es otra / confusión y no menor-, / ¿cómo mi vida le nombra / sueño […]?” (escena 10). Y las acciones que emprenderá lo llevarán a derrotar a su padre en el campo de batalla: “[…] que hoy he de dar batalla, / antes que a las negras sombras / sepulten los rayos de oro […]” (escena 10). Todo en La vida es sueño gira en torno a la incerteza de estar soñando o estar despierto, porque el sueño se confunde con la realidad y la realidad se confunde con el sueño. La última escena de la obra, en la que el desenlace desnuda la ligereza con que Basilio interpretó su ciencia desde los sueños de Clorilene, arrebatando a su propio hijo la libertad que dignifica a un príncipe, deja al lector la duda razonable de si toda La vida es sueño no es más que un sueño: “¿Qué os admira? ¿Qué os espanta, / si fue mi maestro un sueño, / y estoy temiendo, en mis ansias, / que he de despertar y hallarme / otra vez en mi cerrada / prisión? Y cuando no sea, / el soñarlo sólo basta; / pues así llegué a saber / que toda la dicha humana, / en fin, pasa como sueño, / y quiero hoy aprovecharla / el tiempo que me durare, / pidiendo de nuestras faltas / perdón, pues de pechos nobles / es tan proprio el perdonarlas”.

¿Será posible que toda nuestra vida no sea más que un sueño? ¿El sueño de otro que nos sueña? Borges ya lo dijo en su clásico cuento Las ruinas circulares: “Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo”.

 

imagen portada: La vida es sueño. Relieve en bronce, detalle del monumento a Calderón en la Plaza de Santa Ana de Madrid (Obra de J. Figueras1878).  wikipedia.org

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.