
En los últimos tiempos, tal vez por los devenires de conciencia propios de la adultez, he dedicado algo de tiempo a poner el foco en ciertas cosas en las que antes no reparaba. Tal vez sea el prducto de un peregrinar por espacios que no son los míos, que no son los que comúnmente percibe mi pobre ojo humano, significativamente dañado este por su carga de “ser humano”.
En dos cosas voy a reparar. Primero, en el incremento significativo de la mendicidad y de los jóvenes en situación de calle. También de adultos. No solamente en Uruguay, hablo del mundo. El famoso círculo que postulaba Louis Wacquant sigue funcionando para describir los pesares de los parias urbanos. Desocupación – pobreza – depresión – consumo – delincuencia… y así hasta el infinito. Segundo, la ceguera de los caminantes, del transeúnte de a pie que esquiva poco menos que naturalmente al paria de forma automática. Evita “la cosa y sigue” y su camino. Punto y aparte.
La educación es y ha sido, como decía Abbagnano, la práctica histórica que han construido las sociedades para lograr sobrevivir como son, el intento sistemático e intencionado por mantener su cultura. Más allá de formas y sentidos, la esencia siempre se mantiene. Llamémosle su condición ontológica. Es decir que siempre hay una sociedad, una cultura y una acción práctica que, al configurarse como marco de acción en torno de un objeto único, deviene de forma permanente, se supera a sí misma. Nunca “es”, de forma estática.
A su vez, toda práctica educativa es política en virtud de que siempre implica flujos de poder, relaciones de fuerza y de resistencia que se suceden al interior de las instituciones y que generan fuerzas resultantes que, vectorialmente, suelen apuntar en uno u otro sentido, dependiendo del fondo que sostenga el proyecto político educativo y de la media de fuerza de los sentidos políticos que asignen a la práctica educativa sus principales actores: los docentes.
Estoy diciendo, y con todo lo que implica hacerse cargo de ello, que más allá del romanticismo del “niño en el centro” que nos hemos hartado de escuchar y al que prefiero hacer oídos sordos, la acción política debe buscarse en la mochila del docente el cual, como bien lo decia Freire, no deberá jamás olvidar que enseñar lo que el curriculum explícito dice es siempre insuficente por el simple y sencillo hecho de que es imperativo, además, y ante todo, ser un militante.
De la escuela como espacio educativo formal podemos esperar que los niños aprendan lectura, escritura, georgrafía, deportes, historia -hay que ver qué historia-, y que, de esa forma, comiencen a construir, dentro de los límites de su conciencia de niños, un dispositivo para leer el mundo. El mundo del niño se restringe a los límites de la comprensión del mundo a la que logra acceder. Algunos dirán que los lìmites los pone el lenguaje. Yo prefiero decir que los estados de conciencia son el producto de la totalidad de las interacciones del niño con el mundo y sus respectivas acciones, algunas de ellas linguísticas y otras no, y no me atrevo a decir que solamente la cosa se resuelve en cuestiones del lenguaje.
Es decir que, recuperando la idea de Jackson, la lectura política que el docente hace de sus objetos de enseñanza y la forma en que los integra al sistema didáctico, es fundamental para comprender el lugar de ese objeto en un mundo que es imposible leer de forma recortada, abstrayendo los objetos aprendidos sobre un universo que solamente encuentra su significado cuando se construye como totalidad. Dicho de forma más sencilla: no alcanza con saber de los objetos en tanto no ubiquemos esos objetos en el mundo y les asignemos relaciones. Todo es inútil para la enseñanza de objetos en abstracción. Punto y aparte.
Volviendo al tema de los ojos, de lo que los ojos no ven más que de lo que los ojos ven. Es interesante analizar el proceso de construcción del ojo social para ver, sobre todo, si los docentes podemos o no incidir en la formación de las miradas. El pasar por la mendicidad e ignorarla es parte de un proceso que entrenó al ojo para no ver ciertas cosas o que lo entrenó para valorar, porque, aunque cueste creerlo, el ojo social es el primero de los elementos valorativos al que las prácticas sociales se someten.
Mi pregunta: ¿No será momento de entrenar a los ojos para que empiecen a ver otras cosas?
Y me atrevo a agregar una pregunta secundaria: ¿No será que la reproducción de la desigualdad y la falta de humanidad de la sociedad (pos)posmoderna encuenran como principal cómplice a los ojos mal entrenados?

















































