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La novela, escrita por Honoré de Balzac y publicada en el semanario “L`Europe litéraire” en forma serial entre 1833 y 1834, y en forma de libro en 1834, traza el ascenso de una nueva clase social, la capitalista, desplazando al feudalismo, con la ruptura que significó la Revolución Francesa de 1789 y la Ilustración, mientras que sucedía la primera revolución industrial y la revuelta, también, de las 13 colonias inglesas en lo que hoy es Estados Unidos, dando inicio a una serie de revoluciones burguesas que marcaron el siglo XIX.
Con Balzac, novelista y dramaturgo francés, inicia el realismo en la literatura, en contraposición al romanticismo, que propugnaba que los sentimientos estaban por encima de la razón, y como técnica literaria desarrolla una extensa y detallada información de los personajes y de los paisajes (ambientes) y escenas, de un modo casi teatral, con una descripción precisa y amplia. Este movimiento dominó la escena literaria europea hasta fines del siglo XIX, contando con grandes escritores, entre ellos Stendhal, Flaubert, William Thackeray, Dickens, Pérez Galdós, Leopoldo Alas, y, tardíamente, Emilia Pardo Bazán.
La avaricia deshumanizadora
El padre de Eugenia, Félix, es un avaro al modo de Harpagón, el avaro de Moliére que, al igual que aquel, disfruta con la visión del oro, y es muy hábil para los negocios. El dinero es el nuevo Dios y a él se consagran los burgueses. La utilización de los demás para aumentar la riqueza propia y la conducta miserable con su propia familia, muestran su verdadera cara, evidenciando una codicia sin freno. En esa pretensión de obtener la ascensión social de cualquier modo, incluso reñido con las costumbres y tradiciones, el casamiento es visto como un medio para incrementar el patrimonio, y por ello el matrimonio, en esa clase social en ascenso, no se mueve por el amor sino por la conveniencia.
La protagonista es la hija de Félix, Eugenia, que es un excelente partido para los caballeros que rondan a la familia, que siempre girará en función de los deseos del padre y deberá aceptar, tácitamente, el orden que este establece para la vida familiar. Al inicio de la novela tiene veintitrés años, es totalmente inexperta en las cosas del amor y lleva una vida rutinaria, permaneciendo encerrada en la gran casa, sin saber mucho del mundo exterior. La ruina de su tío, Carlos Grandet, y la aparición del sobrino, trastocan el orden rigurosamente establecido, llevándola a la compasión, “una de las sublimes superioridades de la mujer, la única que ella desea hacer sentir, la única en que ella perdona al hombre que la deje ser superior”.
Consagrarse a la espiritualidad
Con esta obra Balzac no nos ofrece ninguna escapatoria. La mujer no encontrará la felicidad, como si estuviera condenada de antemano al sufrimiento. En ese sentido, dice Balzac: “Los errores de la mujer provienen casi siempre de su creencia en el bien o de su confianza en la verdad”. Detrás de toda esta historia, hay una resignación que tiene mucho de religioso, y ella acepta un destino que es insípido, sin ningún horizonte, sin ningún objetivo, como si la vida fuera una sucesión mecánica de días y noches vacíos, la repetición de actos y actitudes que funcionan dentro del marco establecido de las obligaciones y la consagración a lo espiritual como única solución a su desamparo: “En todo momento las mujeres tienen más motivos de dolor que el hombre y sufren más que él”. Un poco después dirá: “Sentir, amar, sufrir y sacrificarse será siempre la historia de la vida de las mujeres”.
A pesar de que Félix Grandet se dice republicano, aunque por conveniencia, es en realidad un terrateniente que aprende a hacer negocios financieros: “…el señor Grandet tenía algo del tigre y de la boa, sabía tenderse, agazaparse, contemplar durante largo rato a su presa y saltar sobre ella, luego abría las fauces de su bolsa, engullía un montón de escudos y se acostaba tranquilamente como la serpiente que digiere impasible, fría, metódica”. Y si bien Eugenia tiene sentimientos puros, la ambición por el dinero terminará por hundirlos, haciendo desvanecer la indulgencia innata de la muchacha en medio de la vida monótona de una sociedad provinciana con normas sociales rígidas e inmutables.
En la conducta del señor Grandet podemos ver, de forma alegórica, la figura del rey como padre de la nación, un paternalismo que no admite oposición, y por ello Félix se cree con derecho a educar a su hija a su imagen y semejanza, haciendo que ella sacrifique su propia felicidad por un supuesto bien, un bien que consiste en mantener los privilegios obtenidos sin tener que cederlos a otros, cumpliendo un rol de dependencia absoluta a él y a las normas sociales que le es impuesta por la ideología dominante que rige el funcionamiento de la sociedad. De esa manera la obra, que aún mantiene su actualidad, nos advierte de que la felicidad no se encuentra en las cuestiones materiales sino en cultivar y mantener la sinceridad de nuestros verdaderos sentimientos.
(Eugenia Grandet, de Honoré de Balzac, Hyspamérica ediciones, 1983, Argentina, 248 páginas)
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Honoré de Balzac (1799-1850), fue el primer escritor profesional que vivió de su escritura. Desde niño era un gran lector, con pensamientos propios que a menudo le provocaron problemas en el internado de Vendôme, donde hizo sus primeros estudios. Como escritor concibió una saga literaria con casi un centenar de novelas y relatos que buscaban describir exhaustivamente la sociedad francesa después de la caída de Napoleón, durante la época de la Restauración.
Ese proyecto, que no llegó a concluir, se llamó “La comedia humana”, por oposición a La divina comedia, de Dante, y Eugenia Grandet formó parte, inicialmente, de los “Estudios Filosóficos” y luego de “Escenas de la vida de provincia”. La aguda observación de la sociedad francesa de la primera mitad del siglo XIX, hasta en sus mínimos detalles, le permitió crear personajes que a pesar de su complejidad se mostraban totalmente humanos.