El Principito: lo esencial es invisible a los ojos

¿Es un libro para niños El Principito? Parece una historia para niños, pero no lo es. Es una historia para que los hombres comprendamos, desde la mirada de un niño, cuál es nuestra misión en la tierra. “[…] sólo en apariencia es un cuento para niños. En realidad es la historia de un niño escrita para adultos o, si se quiere, una vuelta atrás, un retorno a la infancia”, nos dice Joëlle Eyheramonno en el prólogo a la edición bilingüe (Español-Inglés), de Enrique Sainz Editores. “Todos los mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan)”, reflexiona Antoine de Saint-Exupery en la dedicatoria de su obra a León Werth, su gran amigo. El principito es un niño eterno en su inocencia poética. Una literatura de mágica simpleza para hacer menos doloroso el mundo que vivimos. Una reflexión sobre el amor y la vida que clama por comprensión y tolerancia entre los hombres: “¿Qué significa domesticar?”, le pregunta el principito al zorro. “-Es algo demasiado olvidado”, le responde el zorro. “Significa crear lazos…”. El diálogo, lectura poética entre un animal y un niño, simboliza el abandono en que viven los hombres confundidos en su propia soledad. “Crear lazos” significa “domesticar” al otro para hacerlo parte de uno: “si me domesticas, nos necesitaremos el uno al otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…”, le dice el zorro al principito. En la llana simpleza que emana de este lenguaje poético, se encuentran los fundamentos de El Principito, que no son otros que el amor, el respeto y la amistad. Vivir sin estos principios es vivir en las profundidades de la soledad.

En Carta escrita al general X en La Marsa, cerca de Túnez en 1943, publicada en Le Figaro Litteraire, N. 103, del 10 de abril de 1948, Antoine de Saint-Exupery manifiesta su decepción y soledad: “Hoy estoy profundamente triste, y hasta el fondo. Me siento triste por mi generación, que carece de toda sustancia humana. Que no habiendo conocido otra forma espiritual que el bar, las Matemáticas y los “Bugatti”, se encuentra hoy en una acción estrictamente gregaria, sin tonalidad alguna. Nada tiene que la distinga”. Me resuenan con dolorosa intensidad las palabas del zorro, porque, al parecer, poco o nada ha cambiado la humanidad desde la escritura de la carta (el exministro de Economía del gobierno de Piñera, José Ramón Valente, solo conoce, al parecer, el espíritu de las Matemáticas: “no leo novelas”, declaró). No se crea, sin embargo, que el principito es una creación de Saint- Exupery adulto, porque es el niño que siempre llevó en su corazón el aviador-escritor. Y no es un texto azucarado de este columnista, sino una frase que describe el mismo autor a su editor estadounidense Curtice Hitchcock, que le preguntó cierta vez qué estaba dibujando. La respuesta sorprendió a su editor, que lo estimuló a escribir la historia de ese niño para los otros niños: “Poca cosa, es el niño que siempre llevo en el corazón”. Esta “historia para niños” desconcertó a sus críticos porque toda la literatura anterior del escritor no tenía mucho que ver con esta narración de aparente simplicidad, en la que hasta los seres inanimados y animales hablaban. Un autor que venía de novelas crudas basadas en su vida de aviador y su amor por los aviones, como Correo Sur, Piloto de guerra, Tierra de hombres o Vuelo nocturno. Sin embargo, en toda su literatura siempre están presentes los recuerdos de infancia, “de cuando era completamente feliz, de cuando era puro”, nos dice Joëlle Eyheramonno en el citado prólogo.

El Principito, en realidad, comienza con la dedicatoria a León Werth: “Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de entenderlo todo, hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío.

Verdaderamente necesita ser consolada. Si todas estas excusas no bastasen, bien puedo dedicar este libro al niño que una vez fue esta persona mayor. Todos los mayores han sido primero niños. (Pero pocos lo recuerdan). Corrijo, pues, mi dedicatoria: A LEON WERTH, cuando era niño”. Una dedicatoria que más parece un epígrafe, pues en ella se encuentran las ideas centrales de su obra: la amistad, el amor, la solidaridad como fuentes de inspiración de los seres humanos en su convivencia cotidiana. El Principito quiere ser un encuentro con nosotros, los adultos, que hemos olvidado nuestra niñez, aunque todos fuimos niños, para perdernos en el mundo del trabajo y del dinero, creando un mundo artificial para hacer más dolorosa nuestra soledad y olvidarnos de ser feliz: “-¿Dónde están los hombres? –prosiguió al fin el principito-. Se está un poco solo en el desierto… / -También se está solo entre los hombres –dijo la serpiente”.

La soledad es un leitmotiv en El Principito. El capítulo II se inicia con ella: “Así, pues, viví solo sin tener con quien hablar de verdad, hasta que tuve una avería en el desierto del Sahara hace seis años”, nos cuenta el autor. Todavía no se había encontrado con su personaje excepcional que le pide que le dibuje un cordero. Soledad que sentirá hasta sus últimos años de vida. En una carta que escribe a su amigo Dalloz en 1944, Saint-Exupery le comenta: “Aquí se está lejos del baño de odio, pero, a pesar de la amabilidad de la escuadrilla, reina un poco la miseria humana. Nunca tengo a nadie con quien hablar… Tengo con quien vivir, pero ¡qué soledad espiritual!”. El Principito es una obra cuyos símbolos deben traducirse para que la vivamos con el corazón, porque “lo esencial es invisible a los ojos”. Para que podamos comprender a Antoine de Sainte-Exupery y su dibujo al final del libro; situarnos debajo de la estrella y escribirle si se aparece el principito, porque esa relación es la esperanza de un mundo mejor que nace de la amistad y del amor. Por eso, al final de su historia, nos dice que ese paisaje es el más bello y el más triste a la vez: “Para mí, este es el más bello y el más triste paisaje del mundo. Es el mismo paisaje que el de la página anterior, pero lo he dibujado una vez más para mostrároslo bien. Fue aquí donde apareció el principito en la Tierra, y luego desapareció”. El principito le ha enseñado al aviador el sentido de una relación porque “han creado lazos”, como le dijo el zorro a él, pues eso significa “domesticar”, necesitarse el uno al otro. Hacer del otro algo importante, único para mí, único para ti: “Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…”.

La relación de los objetos inanimados y de los animales con el principito impregna con su magia el mundo del aviador en la soledad del desierto del Sahara y que recuerda, ahora, seis años después. Hay un planeta maravilloso llamado Tierra que puede, de repente, comprender el valor de la amistad que un zorro le enseña a un niño venido de otro planeta. Porque en este planeta Tierra, los hombres inventan todos días una realidad para ser felices, pero no lo son porque se preocupan de superficialidades, como lo recuerda el aviador: “Si decís a los mayores: ‘He visto una casa bonita de ladrillos color rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado…’, no conseguirán imaginarse esa casa. Hay que decirles: ‘He visto una casa de cien mil francos’. Entonces exclamarán: ‘¡Qué fabuloso!’”. Es una realidad sin la esencia de la vida que son el amor y la amistad, porque solo el corazón puede ver lo esencial que nos lleva a la verdadera felicidad, porque lo esencial es invisible a los ojos. Es la realidad de las almas vacías de ciertos empresarios, como la del chileno Juan Sutil que declaró: “Tenemos que ser más anglosajones que hispanos. La cultura anglosajona está mucho más marcada en el ambiente de las matemáticas, la ingeniería. Aquí estamos con la literatura, la filosofía. Los países no crecen con literatura y filosofía. Mientras eso no ocurra, y no haya más disciplina, es más difícil avanzar”.

Pensamiento tan pobre como el de este empresario, tan carente de humanidad, necesita con urgencia leer el capítulo XIII de El Principito donde nuestro personaje se encuentra con el hombre de negocios, copia nada sutil del señor Sutil: “Tres y dos cinco. Cinco y siete, doce […]. Veintiséis y cinco, treinta y uno. ¡Uf! Así que son quinientos un millones seiscientas veintidós mil setecientos treinta y una”. El hombre de cincuenta años se ha pasado la vida contando, no hace ejercicios, no callejea, “pero yo soy serio”, dice. “No tengo tiempo para soñar”. Un hombre de números sin alma que quiere poseer quinientos millones de estrellas para depositarlas en un banco. Sí, los hombres se han olvidado de vivir y alcanzar la felicidad que se encuentra en contemplar las estrellas, en oler una flor, en amar a alguien, porque solo han vivido para sumar y sumar, y que repiten con mucho orgullo, como dice el principito: “¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre serio! Los hombres solo vemos futilidades, nos dice el principito, e ignoramos la esencia de los valores. Por eso su reflexión sobre la amistad es una perfecta lección de humanidad: “No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo”. En cambio, hemos construido un mundo violento e inamistoso porque la amistad no se compra en ningún negocio. Tampoco el amor.

Los hombres han renunciado a sus sueños para vivir la vida simple de cada despertar, sin pensar que la metáfora de la vida es la metáfora de los sueños donde todo es posible. Y ese todo es posible no es más que vivir en amistad y amor. El zorro le hace comprender al principito que fue el tiempo que pasó con su rosa lo que la hizo tan importante para él: -Empiezo a comprender –dijo el principito-. Hay una flor… Creo que me ha domesticado…”. Soy único para ella como ella es única para mí. En eso consiste la amistad. Cuando comprendamos el sentido que envuelve esta frase maravillosa, comprenderemos, de verdad, el sentido de la vida. Comprenderemos el humano y desesperado llamado que Antoine de Saint-Exupery nos hace al final de su incomparable relato: “No me dejéis tan triste: escribidme enseguida que él ha vuelto…”.
¡Cuánta poesía y humanidad en tan pocas y simples palabras!

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.