
El cansancio de existir bajo las formas de vida contemporánea pueden ser abordados desde distintos territorios. Este es el caso de la novela Mi año de descanso y relajación de Ottessa Moshfegh, y el libro de Suely Rolnik titulado Esferas de la insurrección. Apuntes para descolonizar el inconsciente.
En Mi año de descanso y relajación, la protagonista es una mujer joven, rica y recientemente graduada que decide dormir durante un año entero con ayuda de una psiquiatra, con prácticas éticamente cuestionables, que le receta una combinación peligrosa de psicofármacos. Su idea es escapar de la conciencia, de su dolor y una vida vacía (llena de consumos y duelos como lo son las muertes de sus padres y una relación sexo-afectiva tóxica. Esto invita a reflexionar ¿qué pasa cuando un cuerpo saturado de estímulos, sobre información y exigencias, ya no puede gestionar ni sostener el deseo?
Para la protagonista, entregarse al sueño es una forma de silenciar este vacío existencial, por lo que dormir es un modo de resistencia frente al mandato de productividad capitalista. Lo que nos deja entrever que se pierde la capacidad de sentir, encontrándonos frente a un cuerpo colonizado por la lógica del rendimiento y la meritocracia.
Por su parte, en Esferas de la insurrección, Rolnik entiende que el capitalismo actual no explota únicamente la esfera del trabajo, sino la energía de quienes son sujetos deseantes. El extractivismo se traslada de los bienes materiales para instalarse como expropiación de la creatividad, la sensibilidad y la capacidad de ser persona afectada. El inconsciente aparece como territorio ocupado. Rolnik reivindica el malestar como forma de resistencia y cuestiona la tendencia a diagnosticar la angustia y tratarla con psicofármacos, reproduciendo la norma social.
En este sentido, la novela muestra que la protagonista no está enferma, sino que encarna un síntoma colectivo. A pesar de encontrarse en una situación privilegiada, su agotamiento es una respuesta a una cultura del consumo, donde todo es convertido en mercancía, incluso la intimidad y sus experiencias personales. Su decisión de mantenerse dormida es una estrategia desesperada para recuperar un espacio que ya no le pertenece.
Si la resistencia es un arma de revolución, Rolnik entiende que huir del mundo no es una opción. Plantea resignificar la sensibilidad, permitiendo que el cuerpo vuelva a sentir lo reprimido, generando una transformación micropolítica en áreas como sexualidad, cuidados, familia, cuerpo, intimidad en general.
Mi año de descanso y relajación, refleja lo imposible de vivir sin anestesias en una sociedad que exige ser extremadamente optimistas. Dormir no le permite a la protagonista dejarse afectar. Busca neutralizar sus deseos y sentimientos, siendo a su vez un mecanismo autodestructivo.
Al cuestionar la ideología de izquierda tradicional que pone el foco en modificar las políticas de lo productivo para la transformación social, se propone intervenir en la producción de subjetividades. Reapropiarse del deseo es una manera de descolonizar el inconsciente y el volver a sentir como un acto político.














































