
Frente al individualismo exacerbado característico del sistema capitalista moderno, Acompañar es político nos invita a pensar lo colectivo como antídoto para salvaguardar lo humano. Es una trinchera frente a las lógicas neoliberales y la ultraderecha en América Latina.
Cuando escribí Crónica de la indiferencia: la calle no es lugar para nadie, mencionaba la urgencia social de dicha problemática, entendiéndola como un hecho político: una decisión estructural de un sistema que criminaliza la presencia y castiga la vulnerabilidad. Por esto, es clave destacar una de las tesis que Florencia Montes Paez desarrolla en este ensayo.
La indiferencia y la naturalización de la situación de calle como “problema social” niega la multiplicidad de factores que la constituyen. Se refuerza la narrativa meritocrática y la idea de que cada quien es responsable de no poder adaptarse a los parámetros socioculturales impuestos. ¿Cómo se justifica esa exclusión? Montes Paez nos dice:
“Las personas en situación de calle (como las internadas en establecimientos de salud mental, las privadas de libertad, las que atraviesan consumo problemático de sustancias, etc.) son aquellas que, en términos capitalistas: 1) no han podido construir nada para sus vidas, 2) lo han intentado y fracasaron, 3) no se han esforzado demasiado, 4) nunca han querido hacerlo; por cualquiera de todos estos motivos, la situación de calle es justificada como una elección individual.” (Montes, 2024, p. 23)
En este sentido, habitar el problema de lo común y transformar la existencia de todas las vidas es posible desde una perspectiva horizontal del acompañamiento, sin caer en el asistencialismo que tantas veces reproduce las lógicas que se pretenden combatir. Acompañar implica una ética relacional, una práctica afectiva y sostenida. Sin esos componentes, no hay posibilidad de transformación real.
Hoy, la crisis por los fríos extremos en Uruguay, sumado a los fallecimientos de personas en situación de vulnerabilidad, nos habla de las fallas persistentes en el sistema de acompañamiento. Los datos de consumos problemáticos, salud mental y las condiciones de las cárceles, explican la necesidad de emplear estrategias que no se basen en lo coercitivo; sino que sean orientadas hacia la reparación, a lo esencialmente humano. “Poner el cuerpo, vincular desde el afecto, componer un apoyo, registrar el deseo, amortiguar la violencia, respetar el proceso, sostener en el tiempo, consolidar una ética, construir un código, luchar con todes”: estos diez principios que Montes Paez desarrolla son formas para desarmar los dispositivos de control y producir otras formas de cuidado.
El acompañamiento no es “desde arriba”. Ese “verticalazo” presente en tantas instituciones, es justamente el que reproduce las lógicas deterministas, clasistas y punitivas que se buscan cuestionar. El vínculo se construye en la cotidianidad. Acompañar es estar presente sin anular la autonomía, sin colonizar la experiencia. Es confiar en que, entre las corporalidades, es posible tejer otra forma de estar en el mundo.
Pensar un feminismo situado en nuestro país implica, entre otras cuestiones, preguntarse quién acompaña a las personas que no encajan en los modelos de sujetos socialmente reconocibles: las que viven en la calle, las que consumen, las que están fuera de la lógica del empoderamiento productivo. Acompañar desde esta perspectiva es desarticular el orden que decide qué ser es digno de cuidado y quién no.
En Uruguay, a pesar de los esfuerzos de algunas organizaciones sociales y redes comunitarias, resiste una mirada de exclusión, marginación y asistencialismo. Si bien el movimiento de mujeres y disidencias ha logrado visibilizar muchas de las violencias estructurales que atraviesan nuestras corporalidades, aún falta incorporar en la agenda social a las personas en situación de calle porque sin duda, es una de las tantas aristas a atender cuando hablamos de vidas libres de violencias.












































