Tal vez no son clásicos. Pero, ¿qué significa realmente ser “clásico”? Ninguna de las diez definiciones de la RAE representa a estos cuentos. Más aún, desde esa mirada de variada semántica, pocos cuentos serían clásicos en el sentido lato de la palabra. Lo mejor, entonces, es hablar de ellos desde el olvido a que han sido relegados, o desde su poca difusión a nivel continental, obnubilados, tal vez, por los relatos Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, José Donoso y tantos otros autores nuestros que han poblado las bibliotecas del mundo. Son cuentos, sin embargo, que denuncian una realidad social, cultural y racial que desnudan la decadencia social de su tiempo y bulle en nuestra sociedad actual.
O son cuentos que se construyen desde una realidad imaginada sorprendente, o simplemente dan cuenta de profundas problemáticas cuyos personajes luchan con su propia conciencia atormentada por las circunstancias. En esta columna comentaremos brevemente algunas de estas historias con el único propósito de difundirlas desde el olvido o escasa difusión, esperando que el alma caritativa de algún lector las lea, y viva también ese mundo literario nuestro que tal vez no conocía. (He anotado entre paréntesis una de las páginas donde se encuentra el cuento, como una manera de facilitar su lectura). Espuma y nada más, 1956 (literatura.us), pertenece a esta última categoría. El cuento del colombiano Hernando Téllez (1908), gira en torno a dos personajes muy bien logrados que mantienen la tensión del relato hasta la última línea, sorprendente por lo demás. El capitán Torres, que se complace persiguiendo rebeldes para luego torturarlos y matarlos en plena plaza pública y el barbero, que da origen al título de la historia: “Reanudé de nuevo la tarea de enjabonarle la barba. Otra vez me temblaban las manos. El hombre no podía darse cuenta de ello y ésa era mi ventaja”. Y tiene la misión de matar al capitán cuando esté en su sillón.
El suspenso no da tregua al lector que con angustia observa cómo el sudor corre por la frente del barbero, y admirado observa la pasmosa tranquilidad del capitán Torres que sabía que el barbero lo mataría, y fue a la barbería para comprobarlo: “Torres debe estar sudando como yo. Pero él no tiene miedo. Es un hombre sereno que ni siquiera piensa en lo que ha de hacer esta tarde con los prisioneros”. Imposible permanecer impávido con su lectura.
Pero El clis del sol, del costarricense Manuel González Zeledón (Magón, 1864), publicado por primera vez en el periódico La República, en 1897 (ciudadseva.com), describe la ignorancia y cándida ingenuidad del humilde campesino costarricense (tico), burlado por un europeo. El primer párrafo del pequeñísimo relato, ilustra con claridad lo sorprendente de la historia: “No es cuento, es una historia que sale de mi pluma como ha ido brotando de los labios de ñor Cornelio Cacheda, que es un buen amigo de tantos como tengo por esos campos de Dios. Me la refirió hará cinco meses, y tanto me sorprendió la maravilla que juzgo una acción criminal el no comunicarla para que los sabios y los observadores estudien el caso con el detenimiento que se merece”. El nombre del humilde campesino delata el humor que subyace en la ingenuidad del personaje, que ocupa uno de los cuadros costumbristas de esta ignorada historia:
“—Usté sabe que hora en marzo hizo tres años que hubo un clis de sol en que se oscureció el sol en todo el medio; bueno, pues, como unos veinte días antes Lina, mi mujer, salió habelitada de esas chiquillas […] Yo no juí el que adevinó el busiles. ¿Usté conoce a un mestro italiano que hizo la torre de la iglesia de la villa? […] —Pos él jue el que me explicó la cosa del clis de sol”.
Historias desconocidas de nuestra literatura que ahora están ahí, a un clic de su ratón, pues todas ellas se encuentran en la red. Los cuentos El Chiflón del Diablo y La Compuerta N. 12 deben ser los más famosos del chileno Baldomero Lillo (1867). Ellos forman parte de su libro más conocido, Subterra, su primera obra publicada en 1904. Pero nosotros hablaremos del cuento Quilapán, 1907 (ciudadseva.com), una historia cruenta que narra la explotación del indígena a manos de un latifundista, don Cosme, un verdadero bandido: “Detenido por el violento tirón que lo echó de bruces sobre la hierba, Quilapán se sintió arrastrado súbitamente por el áspero suelo con progresiva velocidad […]. Adelante galopaba don Cosme, guiando con la diestra la tirante cuerda, y más atrás, en dos filas, cerraba la marcha la escolta de campesinos”. De hecho, la historia forma parte de la conocida antología de Enrique Lihn, Diez cuentos de bandidos, publicada por Quimantú (1972). Hoy, cuando nuestra América Hispana vive los albores del año 2022, la muerte de indígenas que defienden sus tierras, muchas veces miserables, a manos de terratenientes inescrupulosos, aún nos acongoja y avergüenza. Una cruenta realidad que Baldomero Lillo mostraba en su historia hace más de cien años y que es absolutamente desconocida.
¿Cómo clasificar el cuento Rip-Rip, del mexicano Manuel Gutiérrez Nájera (1859), muerto a la temprana edad de 35 años? (albalearning.com). Una historia donde sueño y realidad, muerte y vida y el olvido, construyen un relato que no se condice con la estética de su tiempo, segunda mitad del siglo XIX. De hecho, Rip-Rip es una narración póstuma que se publica recién en 1917 en la antología Cuentos color de humo. (El único libro que el autor vio publicado fue El Duque), una antología de cuentos a la que llamó Cuentos Frágiles (1883). Desde la primea línea el cuento se abre a lo inesperado: “Este cuento yo no lo vi, pero creo que lo soñé”. Y es rico en pasajes que recuerdan al propio Jorge Luis Borges y sus juegos con el tiempo y esa dualidad de ser uno y otro al mismo tiempo: “Aquel era Juan, aquella, Luz… pero no eran los mismos. ¡Y la chiquita no era la chiquita! / ¿Se había muerto? ¿Estaría loco? ¡Pero él sentía que estaba vivo! Escuchaba… veía… como se oye y se ve en las pesadillas”.
La intertextualidad tan propia de Borges, tampoco está ausente en Rip-Rip: “¿De quién es la leyenda de Rip-Rip? Entiendo que la recogió Washington Irving para darle forma literaria en alguno de sus libros. Sé que hay una ópera cómica con el propio título y con el mismo argumento. Pero no he leído el cuento del novelador e historiador norteamericano, ni he oído la ópera… pero he visto a Rip-Rip”. Un cuento para sacarlo del olvido.
En esta especie de antología minúscula comentada del olvidado o poco difundido cuento hispanoamericano, que me he propuesto con humildad mostrar en esta columna, se me aparece una vez más, El Jesús malo, uno de los más conocidos cuentos del panameño Ricardo Miró (1883) y publicado, posiblemente, en el diario El Heraldo del Istmo, donde comienza su actividad literaria en 1904 (bdigital.binal.ac.pa, páginas 60 a 69). Una fortuna que se encuentre en la red, porque son pocas las antologías que recogen las narraciones de Miró, nacido en 1883 y fallecido en 1940. Entre ellas, la de Rodrigo Miró Grimaldo, El cuento en Panamá (1950) y Franz García de Paredes: Panamá: Cuentos escogidos (1998). De inmediato llama la atención el nombre de la historia, porque no se comprende que haya un Jesús malo. Es una puerta de entrada a la curiosidad del lector.
El cuento desarrolla algunos temas que hoy nutren la agenda social: el machismo, la explotación de la mujer y la ausencia de educación que lleva a la ignorancia: “Hubo un breve momento de meditación y el Malo continuó: / —Vea don Roberto, oiga lo que le digo: ¡Llévese a la muchacha, pero me la devuelve mañana temprano, porque la necesito para que me muela el maíz!”. El Malo es el padre de la bella Rosalía. La ofrece a Roberto por una noche como una forma de agradecer la amabilidad que tuvo al llevarlo a él y su familia en su moderno bote y remolcar su vieja piragua. El mismo Jesús el Malo que ya ha asesinado a dos hombres que osaron ponerle una mano encima a Rosalía. Sin duda, un cuento de complejas estructuras socio-culturales que solo son posibles de comprender desde la controvertida personalidad del personaje central: “—Óyeme. El padre de Rosalía, ese que tú has hallado parecido al Nazareno es el hombre más temido de estas regiones”, le advierte don Goyo a Roberto.
Los cuentos del venezolano José Rafael Pocaterra, nacido en 1899, como Borges y la Mistral, sorprenden por su variedad temática propia de los narradores de su tiempo, y que van desde el indigenismo y lo rural a la vida citadina. Historias en que se describen costumbres y leyes no escritas que regulan el comportamiento de los hombres, y en los que se configura lo grotesco como sustento del romanticismo y la violencia que enmarcan estas narraciones. Sin embargo, Pocaterra me ha sorprendido por sus historias en las que el dramatismo y el sino de los más desposeídos, se asemejan al relato doloroso que subyace en los cuentos infantiles, donde la indolencia acompaña la tragedia. Una de estas historias, reunidas en Cuentos Grotescos, 1922, es una historia de Navidad. Una triste historia de Navidad: … De cómo Panchito Mandefuá cenó con el Niño Jesús (livres.org.ve, páginas 7 a 13).
La historia de Panchito Mandefuá, el niño callejero y vivaz que se gana la vida vendiendo números de la lotería y lustrando zapatos, es el más conocido relato de navidad venezolano, pero casi ignorado para el mundo hispanoamericano. Panchito hizo de la expresión “mandefuá”, inexistente, su sello registrado que grita al final de cualquier frase, y que puede significar desde una mofa a una grosería: “Y con su vocablo favorito, que era panegírico, ironía, apelativo —todo a un tiempo— […]”. Es un pequeño pícaro de alma bondadosa que merece cenar con el Niño Jesús. Y así lo deja de manifiesto Pocaterra en el primer párrafo de su historia: “[…] a ti que eres relativamente feliz durante esta velada, bien instalado en el almacén y en la vida, te dedico este Cuento de Navidad, este cuento feo e insignificante, de Panchito Mandefuá, granuja billetero, nacido de cualquier con cualquiera en plena alcabala, chiquillo astroso a quien el Niño Dios invitó a cenar”. Una centenaria lección de humanidad (un análisis más detallado de este cuento fue publicado aquí, en CoolTivarte, el 21 de diciembre pasado).
El último autor que hemos seleccionado en esta arbitraria antología de cuentos olvidados o poco difundidos de la Literatura Hispanoamericana, es el uruguayo Santiago Maciel (1865). La Querencia forma parte del libro Nativos publicado en Buenos Aires en 1901 (bibliotecadigital.bibna.gub.uy, páginas 9 a 15). Es una historia simple que describe la vida y la muerte del octogenario gaucho Calixto Martínez, dueño de la “Estancia de los Molles”, tierra heredada de sus padres y estos a su vez de los suyos, y donde vive feliz juntos a su mujer, sus hijos y nietos, pero de la que será “legalmente” despojado: “De cómo le armaron aquel litigio infame, ni él mismo pudo darse cuenta clara […]”. El escrito que recibe habla de ‘reivindicación de propiedad’ y se alegaban derechos sobre aquel pedazo de tierra”.
En su Historia de la Novela Hispanoamericana (Ediciones Universitarias de Valpararaíso, 1980), Cedomil Goic se refiere en estos términos al momento histórico, esencialmente romántico y naturalista, que hemos considerado para ilustrar los primeros pasos de nuestra literatura, algunos titubeantes aún: “Describe trágicamente las tensiones suscitadas por las contradicciones sociales abarcando los niveles medios y bajos de la sociedad en el mismo vuelo dramático o trágico. Satiriza ásperamente los rasgos deformes y grotescos de la sociedad y del poder político regresivo”. Tanto el gaucho Calixto Martínez como el indio Quilapán, del cuento de Baldomero Lillo, han sido despojados abusivamente de sus tierras y de sus vidas: Quilapán salvajemente torturado; Calixto de pena y nostalgia.
El poder omnímodo, a veces entre las sombras, como en La Querencia y otras abierto y sanguinario como en Quilapán, forman parte de la temática de estos narradores, así como el terruño y su naturaleza, sus tradiciones y su lenguaje. “Hay dos nacionalismos en la literatura: el espontáneo, el natural acento y elemental sabor de la tierra nativa […]; y el perfecto, la expresión superior del espíritu de cada pueblo, con poder de imperio, de perduración y expansión”, nos dice el dominicano Pedro Henríquez Ureña en su ensayo Caminos de Nuestra Historia Literaria (Valoraciones, La Plata, agosto de 1925). Nosotros lo tomamos de Conciencia Intelectual de América, Antología del Ensayo Hispanoamericano (1836-1959), Las Americas Publishing Company, New York, 1970, a cargo de Carlos Ripoll.
Cuando se tiene ante sí relatos que describen una realidad que para nosotros parece tan lejana, pero que a poco andar por ellos nos damos cuenta de que es más cercana de lo que creíamos, la América Hispana que vivimos con su modernidad fracturada por conflictos sociales, políticos y culturales, se nos parece y aparece cada vez más como una problemática no resuelta o resuelta a medias. Los autores seleccionados en esta arbitraria antología pertenecen todos al siglo XIX (la excepción es Hernando Téllez), aunque algunos de sus cuentos se hayan publicado en el siglo XX. Nuestro afán no fue otro que atraer la atención del lector hacia estos autores (y otros), y sus relatos que nos gritan que nuestra literatura hispana comenzó mucho antes del llamado Boom que impactó al mundo, y continúa haciéndolo.
Mucho antes.

















































