La Cenicienta

El Pentamerón: más allá de los cuentos infantiles

Charles Perrault, Hans Christian Andersen y los hermanos Jacob y Wilhem Grimm nos enseñaron historias memorables escritas entre los siglos XVII y XIX, transmitidas de generación a generación como un ritual de sagrada familia. En el siglo XX el cinematógrafo las convirtió en imágenes y sonido. Les dio colores e hizo que estas historias memorables de mundos mágicos y encantados, plagados de duendes, elfos, hadas, brujas, príncipes y princesas, adquiriesen vida propia en las pantallas del cine y la televisión. Las tecnologías del siglo XXI permitieron que estas historias adquiriesen el carácter universal a través de todos los dispositivos que conocemos y conoceremos. Cómo podría imaginar Charles Perrault que su Bella Durmiente, que forma parte de su libro Cuentos de mamá ganso de 1697 la llevaríamos más de trescientos años después cómodamente instalados en nuestros celulares. No, no podría imaginárselo.

Vladimir Propp en su obra clásica Las transformaciones del cuento maravilloso, 1928, (usamos la edición de Rodolfo Alonso Editor, 1972), nos dice que no cabe la menor duda “de que el cuento halla generalmente su fuente en la vida. Ahora bien, el cuento maravilloso refleja muy apenas la vida corriente. Todo aquello que procede de la realidad representa una forma secundaria”. El castillo de La bella durmiente, por ejemplo, está inspirado en el Castillo de Ussé, construido al borde del bosque de Chinon, con vistas al río Indre y fortificado en el siglo XI, y que Perrault frecuentó en algún momento de su vida. El bosque de Chinón, por su parte, sirvió de inspiración para el mítico bosque de La Caperucita Roja. Son estos castillos y estos bosques encantados por donde transitan los personajes que hicieron de la de niñez de los hombres un mundo de sueños y ensueños. Walt Disney se encargó de colorearlos y narrarlos desde la versión de los clásicos conocidos con que nosotros comenzamos esta columna. La versión que todos quieren ver y escuchar. Con todo, la realidad de los cuentos infantiles suele ser bien diferente de aquella en la que fuimos iniciados como lectores de estas historias fabulosas que habitan los mundos de los niños de hoy, tal como habitaron los mundos de los niños de ayer.

Tengo en mis manos el Pentamerón. El cuento de los cuentos, Ediciones Siruela, 2019, de Giambattista Basile, con introducción de Benedetto Croce de 1924 y epílogo de Ítalo Calvino de 1974. Pentamerón es un libro clásico, insoslayable, para quienes incursionen en el mundo de los cuentos infantiles y sus orígenes. Publicado en 1634, reúne cincuenta cuentos que corresponden a relatos orales que se contaban en Nápoles.

Dice Croce en el primer párrafo de la introducción: “Italia posee en el Cunti de li conti o Pentamerone de Basile el más antiguo, el más rico y el más artístico de todos los libros de fábulas populares, según juicio compartido por los críticos extranjeros conocedores de la materia y, en primer lugar, por Jacobo Grimm, el mismo que, junto con su hermano Wilhem, brindó a Alemania la recopilación de los Kinder und Hausmärchen varias veces reeditada”. En este libro se encuentran los orígenes de los cuentos infantiles más extraordinarios leídos hasta nuestros días, que pueden resultar sorprendentes o chocantes para el lector poco precavido, y revelan a la vez, las ediciones y reediciones que estos cuentos han sufrido hasta llegar a la versión “acomodada” del gusto de todos. Así ocurre, por ejemplo, con el cuento La bella durmiente.

La bella durmiente se encuentra en el quinto día de la quinta jornada del Pentamerón. Sus orígenes distan mucho de lo que conocemos del cándido y romántico cuento. Es la historia de Talía que muere porque le “entró una arista de lino en la uña y cayó muerta al suelo” (p. 431), tal como los adivinos le habían dicho a su padre que era un gran señor. Al cabo de un tiempo, un rey que pasaba por el palacio ahora abandonado donde Talía había sido dejada por su padre, la encuentra. y creyéndola dormida la lleva consigo y tiene relaciones sexuales con ella. De la violación nacen los gemelos Sol y Luna quienes buscando el pecho materno, tomaron el dedo de la madre y sacaron la arista de lino que la tenía dormida: “Y una vez, queriendo chupar y no hallando la mama, le agarraron el dedo y chuparon tanto que le sacaron la arista, tras lo cual pareció como si Talía despertase de un profundo sueño y, viendo a su lado aquellas joyas, les dio el pecho y las quiso como a su vida” (p. 432). Razón tiene Croce en la Introducción cuando afirma que Pentamerón estaba “compuesto para hombres, y para hombres literatos y expertos navegantes, que sabían entender y apreciar las cosas complicadas e ingeniosas”. La Bella Durmiente que conocemos en la versión de Perrault y que Walt Disney llevó al cine en 1959, es otra historia que solo tiene en común con su fuente, la calidad de durmiente de la niña y su despertar por mágicas intervenciones. Ninguna madre les contaría a sus hijos que Sol y Luna estuvieron muy cerca de ser cocinados y dados como alimento a su propio padre. ¡Vade retro, Satanás!

Las versiones más conocidas de La Cenicienta son las de Perrault y los hermanos Grimm. La de Perrault, más suave y azucarada, fue la que adaptó Walt Disney en su clásica película. La de los hermanos Grimm es más cercana a la fuente primaria, la que figura en el Pentamerón (sexto día de la primera jornada). Es la historia titulada La gata cenicienta, hija de un príncipe que toma clases con una maestra que le enseña el arte del bordado “y le mostraba un afecto que no se puede demostrar con palabras” (p. 83). A Zezolla, “así se llamaba la muchacha”, le encantaba su maestra de nombre Carmosina, y a ella le contaba lo mal que la trataba su madrastra. Zezolla se preguntaba por qué Carmosina no era su madrastra. Entonces la maestra le pide a Zezolla que mate a su madrastra y convenza a su padre para que se case con ella. De este modo Zezolla se convierte en una asesina (cómo contarle a un niño que la cenicienta es una asesina), y pasa de las brasas al infierno pues la nueva madrastra, que tenía seis hijas muy bien escondidas, al cabo de una semana se olvida de todas sus promesas de buen trato que le daría a su hijastra y muestra sus garras de perversa madrastra. Hasta su padre que la amaba como a la niña de sus ojos, pasa a considerar más a las hijas de su nueva esposa que a su propia hija. Finalmente, la prueba del chapín comprueba que el pie dueño de “aquel huevecillo pintado de Amor”, es el de Zezolla: “El rey, al ver esto, fue corriendo a estrecharla entre sus brazos y, sentándola bajo el baldaquín, le ciñó la corona a la cabeza […]. Las hermanas, lívidas de envidia […], marcharon a la chita callando a la casa de su madre admitiendo, a su pesar, que: más puede la hermosura / que billetes y escritura” (p. 89).

El Pentamerón está más allá de los cuentos infantiles que hemos leído en las clásicas versiones de Andersen, Perrault y los hermanos Grimm. Es un libro que juega con el lenguaje literario, sobre todo metafórico pero a la vez no rehúsa el otro lado del lenguaje, ese que construye crudas realidades a las que los hombres de su tiempo estaban habituados. Como dice Croce, “es un libro para hacer reír y casi tesorillo de curiosos vocablos y locuciones plebeyas”. Sus narraciones son “retratos morales y cuadros de costumbres, en un estilo hiperbólico y grotesco”. Algunos pasajes de Petrosinella, el cuento del primer día de la segunda jornada, ilustrarán estas peculiaridades lingüísticas y temáticas que comentamos. Dijo la ogra: “Que se me rompa el cogote si ni pillo este mango de garfio y no hago que se arrepienta, para que aprenda a comer de su propia escudilla y a no andar cuchareteando en puchero ajeno” (p. 158). La madre de Petrosinella, que no es otra que nuestra famosa Rapunzel que conocimos con los hermanos Grimm encerrada en una torre por la bruja Gothel, y cuyas lágrimas sanan la ceguera del príncipe, le ha robado por el antojo que tenía del embarazo de su hija, perejil a la ogra. En la versión de Basile no hay príncipe ciego, ni lágrimas salvadoras, ni canciones cantadas por la cautiva, ni propuesta de matrimonio, sino un príncipe fascinado por el cabello rubio de la muchacha, que sube a su cuarto con su consentimiento y mantiene relaciones sexuales con ella: “Por fin, una vez que se deslizó por el ventanuco, y ya dentro del cuarto degustó de una buena cena con el perejil de la salsa de amor. […]. Esto mismo pusiéronlo en práctica varias veces, hasta que una comadre de la ogra lo descubrió y […], quiso meter el hocico en la mierda y le dijo a la ogra que estuviese en guardia, porque Petrosinella hacía el amor con un joven […]” (p. 159). Petrosinella es el diminutivo femenino de “petrosino” que significa “perejil” en italiano, y había nacido con “una hermosa mata de perejil” en el pecho.

El Pentamerón es un museo vivo, colorido y picaresco de ambientes, temas y personajes que transitan de la realidad a lo maravilloso con la naturalidad propia de los relatos donde habitan las hadas, los elfos, los ogros, los príncipes, las princesas y las trasformaciones se suceden con la normalidad del día y la noche. Como dice Roger Caillois en su clásico Antología del cuento fantástico, Sudamericana, 1967, “el mundo mágico y el mundo real coexisten sin choques ni conflictos […]. En él, sus milagros y las metamorfosis son constantes, abundan los talismanes, los genios, los elfos y los animales reconocidos, y las madrinas satisfacen los votos de las heroínas que se hacen acreedores de ellos” (p. 8).

Sin duda, el universo real-maravilloso de los relatos infantiles encuentra en el Pentamerón una fuente inagotable de conocimientos, cultura e información, que amplían la mirada del lector más allá de las bellas adaptaciones que los clásicos del género con que iniciamos esta columna, han colorido la imaginación de millones de niños en el mundo.

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.