Imagen portada: LITERATURA Y PANDEMIA composición de libros y tapabocas - enero 2021 - Foto © Federico Meneses

LITERATURA Y PANDEMIA

En todas las épocas la humanidad ha sido azotada por plagas y pandemias que la han tenido en la cuerda floja, y desnudado la naturaleza humana en todo su extenso abanico ético y moral. Para no ir tan lejos, pensemos solamente en el Éxodo bíblico, que describe minuciosamente la tarea encomendada por Dios a Moisés y Aarón, de enviar a las tierras de Egipto las diez plagas que exterminarían al faraón y su ejército, salvando al pueblo de Israel: “El Señor dijo a Moisés: / […] Yo pondré terco al faraón y haré muchos signos y prodigios contra Egipto […], sacaré de Egipto a mis escuadrones, mi pueblo, los israelitas, haciendo solemne justicia” (Éxodo, 7, 1-5). La sexta plaga interviene directamente en la salud humana ulcerando su cuerpo y provocando dolorosas pústulas: “Tomaron hollín del horno, y a la vista del faraón, Moisés lo arrojó hacia el cielo, y hombres y animales se cubrieron de úlceras y llagas” (Éxodo, 9, 10).

El siglo XXI no sería la excepción, y de la noche a la mañana, en un remoto lugar de China, apareció el covid-19, que todos conocemos como coronavirus. El terror se apoderó del planeta Tierra y redujo a los hombres a su mínima significancia, golpeando sus egos hasta dejarlos en la nada, aislándolos en sus casas como animales enjaulados y obligándolos a pensar en nuevas formas de relacionarse, pues no se puede vivir del mismo modo que se vivía, cuando el mundo se cae a pedazos. En este sentido, no hay diferencias entre el terror literario que imponen las plagas y el terror vivido por los hombres de carne y hueso. Como suele ocurrir con los virus literarios, que muchas veces anteceden a los virus reales como el que ahora nos afecta, todo tipo de especulaciones teóricas y no teóricas surgen en torno a su origen, incluyendo las teorías conspirativas que en nada ayudan a la tranquilidad mundial y que, en nuestro caso, la prensa ha publicado profusamente y descrito minuciosamente también.

En esta columna revisaremos aquellos textos literarios que, a nuestro juicio, mejor representan las vivencias del hombre de hoy, sumergido en la incertidumbre de su propia existencia, y su relación con las epidemias vividas por la humanidad en las épocas que ellos describen. Vivencias que no difieren mucho de las vividas por el hombre medieval, que huye de la peste negra que asoló su época, y muere con ella, o el hombre que muere con la Gripe Española. O, más recientemente, el pánico colectivo que se desató por el Sida o el Ébola. La historia de las epidemias no es otra cosa que la lectura de sus intertextualidades de tiempo y espacio, del mismo modo que lo es la lectura de las distintas obras literarias escritas sobre ellas y, por cierto, de la intertextualidad que se establece entre ficción y realidad. El diccionario del Centro Virtual Cervantes define intertextualidad como “la relación que un texto (oral o escrito) mantiene con otros textos (orales o escritos), ya sean contemporáneos o históricos; el conjunto de textos con los que se vincula explícita o implícitamente un texto constituye un tipo especial de contexto, que influye tanto en la producción como en la comprensión del discurso”.

Las plagas que han azotado a la humanidad, ficticia o real, no tienen ningún origen divino, como las plagas bíblicas, ni tampoco el propósito de imponer justicia, según leemos en Éxodo 7,4. Ellas responden a errores humanos, intenciones humanas, a procesos inherentes a la realidad degenerativa de los cuerpos. O al mito barthesiano, que no es otra cosa que “la manera que tiene la cultura de pensar acerca de algo, de conceptualizarlo o de entenderlo” (John Fiske, Introducción al estudio de la comunicación, 1984), como es comprendido el hiperbólico diluvio de Cien años de soledad, que configura una hipérbole de la hipérbole bíblica del diluvio: “Llovió cuatro años, once meses y dos días” (García Márquez, 1984). Diluvio que el pueblo atribuye a las consecuencias de la “peste bananera” traída por la Compañía Bananera comandada por el omnipotente norteamericano Mr. Jack Brown, y que culmina con la matanza de tres mil macondinos en la plaza del pueblo: “No llovía desde hacía tres meses y era tiempo de sequía. Pero cuando el señor Brown anunció su decisión se precipitó en toda la zona bananera, el aguacero torrencial que sorprendió a José Arcado Segundo en el camino de Macondo”. Y la decisión del señor Brown no es otra que la de suspender, mientras llueva, la firma del acuerdo con los trabajadores consistente en dos puntos: reforma de servicios médicos y construcción de letrinas en las viviendas. Esta comprensión que responde al mito popular del diluvio, cuyo responsable es el poderoso Mr. Brown, tuvo interpretación semejante en la Edad Media, a propósito de la Peste Negra: “Because they did not understand the biology of the disease, many people believed that the Black Death was a kind of divine punishment—retribution for sins against God such as greed, blasphemy, heresy, fornication and worldliness” (History.com, 2010). Uno de los métodos para ser perdonados fue tallar el símbolo de la cruz en la puerta principal de las casas con las palabras “Señor, ten piedad de nosotros” (C. Mee, The Black Death, a bubonic plague of great dimensions-part 2, 2011). No deja de ser curioso que por estos días, en diversos lugares del planeta, se dice y se lee que estamos en las manos de Dios, o que el covid-19 es un castigo de Dios, como lo dijo el senador chileno Iván Moreira.

También se decía y se leía en el siglo XVI. La novela histórica Los Novios, texto fundamental de la moderna literatura italiana, de Alessandro Manzoni, publicada en 1823, en una primera versión y en 1840, la versión definitiva, describe con crudo realismo especialmente en el capítulo XXXI, la Peste Bubónica que azotó la ciudad de Milán entre los años 1629 y 1631. La Gran Plaga de Milán, como se le llamó, mató a 280.000 personas de las regiones de Lombardía y Veneto. Manzoni describe la desidia de las autoridades para tomar las medidas adecuadas y a tiempo, el comportamiento de los poderosos, la inequidad social y la irresponsabilidad de la población, aspectos que hoy, a propósito del covid-19, se reproducen con pasmosa y vergonzosa semejanza: “[…] quien en las plazas, en las tiendas, en las casas, dijese una palabra del peligro, quien adujese motivos de peste, era acogido con mofas incrédulas, con desprecio iracundo. La misma incredulidad, mejor dicho, la misma ceguera e idea fija prevalecía en el senado, en el Consejo de los Decuriones, en cada magistrado”. Varios de los líderes mundiales como Boris Johnson, Donald Trump, Emmanuel Macron, Jair Bolsonaro y tantos otros, que se mofaron del covid-19, y llamaron a mantener la máquina de la economía a pleno vapor, y al pueblo a seguir su rutina diaria con absoluta normalidad, hoy sufren con fuerza inclemente los efectos de la pandemia. Sí, estos líderes son, sin duda, figuras ejemplares del moderno Consejo de Decuriones. Si la conducta de los líderes mundiales ha sido en muchos casos reprobable, también lo ha sido el actuar de la gente frente a la pandemia. La prensa mundial ha registrado casos diversos de comportamientos egocéntricos que desprecian olímpicamente la vida social, el bien común. Gente que acapara artículos de primera necesidad, gente que festeja, gente que va de un lado para otro sin respetar las medidas legales y preventivas. Gente, en una palabra, sin ninguna conciencia social.

Sin duda, la sociedad requiere de normas que velen por la salud pública, y es lo que cada país ha hecho hoy, bien o mal, a tiempo o a destiempo, pero lo ha hecho. Ayer también. En Diario del año de la peste, publicada en marzo de 1722, el autor de Robinson Crusoe, Daniel Defoe, narra con exacerbado realismo, la peste que asoló la ciudad de Londres en 1665. Entre las medidas impuestas por la autoridad londinense de la época, se encuentran: vigilancia de toda casa contaminada, desinfectar los coches de alquiler, limpieza de las calles, sacar la basura lejos de la ciudad, prohibición de las representaciones callejeras y los festejos públicos, estricto control sobre el consumo de bebidas en tabernas, cervecerías, cafés y bodegas. La normativa sobre la prohibición de festejos, dice así: “Que todo festejo público, y especialmente el de las sociedades de esta ciudad, y cenas en tabernas, cervecerías u otros lugares de diversión común, sean restringidos hasta nueva orden y permiso; y que el dinero ahí gastado se ahorre y emplee para beneficio y alivio de los pobres atacados por la peste”. Cualquier semejanza con el ahora es pura coincidencia. En todo caso, y dada la realidad de la naturaleza humana que, como dice Sartori, más involuciona que evoluciona, la última parte de la cita hoy es una perfecta utopía.

El covid-19 no solo se extiende por el mundo con incontrolable rapidez, sino que arrebata vidas como Greas hambrientas, aquellas hermanas horribles de la mitología griega cuyos nombres son las propias pandemias y sus historias de exterminio: Pemphredo, que es la alarma; Enyo, el horror y Deino, la muerte. Se ha avanzado de la alarma al terror y de este a la muerte desatada en todos los confines de la tierra.

Mudan los nombres de las plagas, pero sus consecuencias son siempre dantescas y remueven la vida social, política, económica y cultural de los estados. Como la Peste Negra que asoló Europa, y de la que habla Boccaccio en su inolvidable Decamerón, escrito entre 1348 y 1353: “Tan grande era el número de muertos, que escaseando los cajones, los cadáveres eran puestos encima de simples tablas. No fue un solo cajón que recibió dos tres muertos a la vez. También muchas veces el matrimonio y dos o tres hijos fueron puestos en un solo cajón”. Recordemos solamente que en abril del año pasado la prensa comentaba lo que ocurría en la ciudad de Guayaquil, Ecuador: “Ecuador anunció el domingo que retiró casi 800 cuerpos de personas que fallecieron en sus viviendas en las últimas semanas en Guayaquil, epicentro del coronavirus en el país, tras colapsar los sistemas hospitalario y funerario por la pandemia”. Los muertos copando casas, calles y cementerios. Boccaccio nos cuenta que “muchas personas murieron por falta de ayuda debido a la escasez de servicios cuando más lo necesitaban los enfermos y también debido a la violencia de la peste. Eran tantos los que morían de día y de noche, que provocaba estupor oír y más todavía ver lo que ocurría”. En otro pasaje el autor nos cuenta que de marzo a julio de 1348 más de cien mil personas ya habían muerto en Florencia.

Literatura y pandemia. El hombre ficticio y el hombre real vistos en sus dichos y acciones en la intertextualidad de espacios y tiempos, donde literatura y realidad se encuentran para ilustrar el camino escogido por ellos en cada momento de la historia, para bien o para mal.

 

 

 

 

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Alejandro Carreño

Alejandro Carreño

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.