
Cada época tiene un sonido, una banda que la define. Por la propuesta, por el mundo que describe, por la influencia que ejerce en otros. Porque se atreven a hacer lo que nadie hacía y abren un territorio estético que todos habitamos hasta que se transforma en parte del paisaje. Esas bandas son las que el tiempo vuelve clásicas.
Anoche una de las pocas bandas de esta especie que habitan Montevideo, cerró un año de permanencia fuerte en las canchas donde la gente se junta a escuchar, cantar, bailar, gritar, saltar, abrazarse. Plaza Mateo se llenó de gente convocada bajo una consigna breve y peyotera como pocas: ¡Cerrá y vamos!
Así como en el 85 el sonido nuevo fueron las versiones montevideanas del punk, pospunk, gótico y new wave; diez años después -con aquella movida muerta y enterrada, o agonizando en la eternidad gris de Montevideo-, El Peyote definió una forma de plantarse ante un mundo que se poblaba de TV cable, CDs y un acceso cada vez más masivo a formas de entretenimiento que antes solo veíamos en la tele.
Entre la bronca y el descreimiento, el humor y una ironía cercana al cinismo, la música del peyote no dejó de tener una cierta ternura de noche de luna envuelta en perfumes urbanos. Con un sonido crudo, pesado y super trabajado, una lírica de descontento, un vacío generacional hecho de falta absoluta de utopías, Juan Campodónico, Carlos Casacuberta, Fernando Santullo, Daniel Benia, y Pepe Canedo se hicieron un sitio a fuerza de rapeo, riffs potentes, y una actitud de gangsta criollo que -hoy uno sonríe al recordarlo- generó una molestia tremenda, sobre todo en los que veníamos curtido de cierta actitud punkie de estar mal y culpar de todo al sistema.
La recorrida previa por la sala mostraba un predominio de remeras negras, championes, tatuajes, aros, barbas y cortes de pelo “a lo vikingo” en todas sus variantes. Soundgarden, Nine Inch Nails, Maiden, Metallica, además de las de la banda, eran los logos más repetidos. No faltaron las gorras con visera siempre al frente. Un par de niños o proto-púberes hicieron toda la previa contra el escenario. Varias cabezas blancas en canas nos movimos en los bordes del pogo, sin entrar más que por momentos, entre la timidez y el saber que las rodillas ya no son las que fueron.
Un DJ soltando pistas de bajos gordos y grooveros y un joven guitarrista improvisando toques funkies y notas de steel guitar alargadas a puro pedal, fueron haciendo el ambiente necesario para recibir a la banda. Se presentaron como Huesos Rotos, bien a tono.
Hace ya un tiempito que la barra peyotera incorporó en el bajo a Nacho Correa Pacífico, Bruno Tortorello en teclados y Matías Rada como tercera guitarra. Anoche sonó compactísima. Una maquinaria bien aceitada que escupió uno tras otro veinte temas en una hora y media. Con tres álbumes El Peyote puede armar un setlist potente, combinando sin fisuras clásicos con los temas de Serial sin que se pierda nada de la esencia de la banda.
Arrancaron con Criminal, H.K, y L-Mental, desatando un pogo que se fue haciendo expansivo en oleadas lentas y sucesivas que iban incorporando con cada tema una fila más de gente. La tumba de los crá fue el primer tema del último disco. La gente lo coreó como si fuera uno de esos himnos de hace treinta años.
La lírica de la banda carga, como una marca en el orillo, cierto espíritu de arrabal de un mundo casi distópico, donde conviven personajes míticos salidos de series, películas, el cómic, la ciencia, el tango de la época de oro… Todo batido en una licuadora de la cual las metáforas futboleras salen como aguafuertes que quedan tatuadas en el inconsciente colectivo.
La fiesta, animada como siempre, siguió a pura fuerza. Serial fue dejando sus perlas enhebradas en el collar de la noche. El desencanto de En la B, siguió a la furia de Perkins, “que no sabemos quién es, pero seguro estaba enojado” dijo Santullo comentando la canción al finalizarla. Para Bailando Samba, invitaron a Valuto. Una marca de la banda, hacer lugar a los nuevos, desbrozando un poco un camino que nunca resulta fácil de hacer en un medio como el nuestro.
Tierra derretida dio lugar a la voz más podrida de la noche, en medio de una tormenta de distorsión, que dejó paso a Cama Biónica y a uno de los momentos más celebrados de la noche. “vamos a hacer una canción inspiradora, de esas que cuando la escuchamos, a muchos nos dio ganas de ser músicos” dijo Santullo invitando a Gabriel Peluffo a cantar En la noche uno de los clásicos de Los Estómagos que tal vez no sonara en Montevideo desde el lejano 1989.
Precisamente ese año, en una entrevista en Día Pop, Peluffo decía que “el futuro del rock uruguayo debe andar por ahí. seguro hay un cáncer creciendo, que todavía no conocemos”. Tal vez mucha de esa enfermedad de pintar la ciudad, el país y el mundo con una voz que grita o susurra desde la sospecha de que todo tiende a ser una estafa, y que el sistema somos todos y cada uno de nosotros cuando nos hacemos los distraídos, sea algo de lo que el Peyote Asesino pudo recoger y hacer propio como pocos.
El tema dio lugar además para que Matías Rada -que hasta el momento había estado como siempre, en un costado, jugando para el equipo- se luciera con un solo de esos en los que muestra de lo que es capaz cuando hay espacio. El público y los músicos lo reconocieron entre gestos y aplausos, antes de hacer sitio a Todos muertos, tal vez el más ochentero de los temas de la banda.
Cerraron los pesos pesados, Denso, Cable pelado, Mal de la Cabeza. Para los bises, Pump up the parla y Vos no me llamaste volvieron a dejar claro que no hay lugar a militancias sobre refritos de discursos hechos y repetidos mil veces, y que la rebeldía y la cabeza en alto estarán siempre, aunque no hayan sido invitadas. El último bis, antes de las fotos con el público detrás, es con El peyote asesino, donde Rada y Campodónico se repartieron solos para que la fiesta cerrara bien arriba.
Mientras vuelvo a casa, caminando por Paullier hasta Garibaldi -nada como una buena caminata para que la cabeza vuelva a ajustarse al cansino ritmo de diciembre- me quedo buscando una metáfora para definir la banda. Descarto la piedra en el zapato, me baño y me duermo pensando, que El Peyote Asesino sigue siendo un tábano porfiando en arruinarnos la siesta. Y en mostrarnos un paisaje que atesora siempre una luz inédita brillando en el verde de la enredadera, o los adoquines de una calle donde la vida porfía en crecer desde que tengo memoria.
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