
Se nos fue agosto, un mes que, con su aire fresco y días cada vez más cortos, evoca recuerdos y emociones de tiempos pasados. La noche del 29 ofreció un ejemplo perfecto de por qué este mes puede ser tan significativo. Peyote Asesino se presentó en la Sala del Museo de Carnaval, celebrando tres décadas y un día desde su primer recital en el extinto pub El Perro Azul, el 28 de agosto de 1994. Esta fecha cargada de historia encaja perfectamente con el espíritu nostálgico del mes.
Cada acorde, cada voz familiar o riff tiene el poder de detener el tiempo, trayendo a la mente una época en la que la música de esta banda definía nuestro estado de ánimo. Las canciones que una vez fueron la banda sonora de nuestros días regresan, llenando el presente con las emociones del pasado. De alguna manera, esos sentimientos ya rondaban en mi mente horas antes del recital.
Las entradas volaron a pocos días de ponerse a la venta, demostrando que El Peyote sigue teniendo gran convocatoria. Conocida por su fusión de rock, hip-hop, rap y funk regional a finales de los 90, la banda mantiene una conexión fuerte tanto con su antiguo público como con nuevas generaciones. No era raro, entonces, sentir una atmósfera cargada de expectativas y ansiedad por verlos en el escenario.
La noche comenzó a las 20:45 con la actuación de la banda paraguaya Villagrán. Con un dinámico desempeño en el escenario y letras de fuerte mensaje social, generaron un excelente ambiente para el plato principal. La relación entre Villagrán y Peyote Asesino se remonta a varios años atrás, con la colaboración de Fernando Santullo en el álbum Sonidos Siderales, lanzado en 2017. Durante su presentación en la Sala, Villagrán ofreció una decena de canciones, en lo que fue su primera actuación en Uruguay. El público fue respetuoso, con aplausos y buena aceptación, aunque la atención estaba, por obvias razones, centrada en lo que Santullo y los suyos tenían para ofrecer.
Villagrán está integrada por Miky González (guitarra y voces), Karim Manzur (guitarra y voces), Mauri Román (batería y voces), Maxi Bonnin (teclados, sintetizadores y voces) y Miki Napout (guitarra y voces).
A las 21:30, El Peyote Asesino se hizo presente en el escenario con un repertorio que abarcó sus tres discos: Peyote Asesino, Terraja y el más reciente Serial. Desde el primer acorde de “Criminal”, dejaron claro que la noche iba a ser intensa. La segunda canción, “Lmental”, mantuvo la energía confirmando un arranque contundente
Siguieron con otros clásicos, como “Mal de la Cabeza”, “La Tumba de los Cra”, “En la B”, “Tierra Derretida”, “Pump Up The Parla”, “Todos Muertos” y “Cable Pelado”. Y sorprendieron con la inesperada intro de “Gavilán o Paloma” y la versión renovada de “El Ojo Blindado”.
El ambiente se volvía cada vez más intenso, con pogos espontáneos, vasos de cerveza lanzados al aire y un juego de luces dinámico, complementado por la pantalla en el fondo del escenario. El sonido y la acústica en la Sala del Museo fue impresionante; me atrevería a decir que es uno de los mejores lugares, si no el mejor, para este tipo de eventos en todo el circuito musical montevideano.
El concierto fue un verdadero espectáculo de complicidad y profesionalismo. Fernando Santullo, con la toalla al cuello, interactuó con el público y dejó hasta la última gota de sudor (literal). Carlos Casacuberta y Juan Campodónico se destacaron por su ejecución impecable en guitarras y coros, con el canto de Carlos sin fallas. Matías Rada, fiel a su estilo, demostró su virtuosismo en la guitarra sin hacer mucho despliegue. Ignacio Correa, en la segunda línea, relajado, sólido con el bajo y disfrutando con las miradas cómplices con compañeros del staff. Bruno Tortorella, al teclado, fue un vital apoyo sostenedor, mientras que José “Pepe” Canedo, en la batería, sosteniendo el ritmo y la energía del show de manera impecable.
Al final, cuando se encendieron las luces, un par de sorpresas. Gabriel Peluffo saliendo de la sala con una sonrisa de satisfacción, mientras que, en el fondo, apoyado en la pared, Alejandro Spuntone observaba entre el público mientras el lugar se vaciaba. Ambos, grandes referentes de nuestra música, que no quisieron quedarse afuera de la gran fiesta.
Para muchos, asistir a un concierto de una banda que marcó su juventud es no solo un regreso a tiempos pasados, sino una oportunidad para revivir sentimientos y recuerdos guardados en la memoria. El recital fue una celebración de tres décadas de música, combinando nostalgia con una energía que sigue atrayendo a público de todas las edades.
Pasadas las 23:30, después de la foto final y el cierre del espectáculo, la gente comenzó a dispersarse por el Mercado del Puerto. Muchos continuaron la noche en los bares de la zona, comentando sobre la calidad del show y otras hierbas. Será difícil encontrar algo que iguale la emoción del concierto, la noche dejó una impresión fuertes, reafirmando el lugar de la banda en la historia del rock nacional y demostrando que aún tiene mucha carretera para trillar.
Sentir la energía de las canciones, escuchar letras que una vez resonaron en nuestros pensamientos y ver a la banda en el escenario provoca una mezcla de nostalgia y gratitud. Es un recordatorio de cómo la música puede acompañar y dar forma a nuestras vidas, y cómo esos momentos forman parte de nuestra historia personal. Este reencuentro también puede traer una sensación de cierre o de continuidad, dependiendo del camino que cada uno haya tomado en la vida.
Para algunos, es una manera de conectar con el pasado y celebrar cómo han cambiado y crecido, mientras que, para otros, puede ser una oportunidad para recordar y reafirmar las pasiones y sueños que una vez lo definieron. Al final del concierto, con el eco de las últimas canciones desvaneciéndose, la mezcla de satisfacción y melancolía se siente palpable. En un agosto cargado de nostalgia, el regreso de Peyote Asesino no solo celebró su historia, sino que también reafirmó el poder atemporal de la música para atraer recuerdos y emocionarnos.
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