Jair Bolsonaro y el covid-19

El Presidente Jair Bolsonaro y el covid-19

Varios han sido los líderes mundiales que sobresalieron con sus sorprendentes discursos respecto de la vacuna para el covid-19. Frases memorables que de tan memorables no valen la pena recordarlas en esta columna. Pero ninguno ha sido tan contumaz en su palabrerío variopinto respecto del covid-19 y su vacuna como el Mandatario brasileño. Las frases de Jair Bolsonaro abarcan toda la gama semántica que se pueda imaginar, desde lo sarcástico a lo peyorativo. Brasil, en este momento, ocupa el triste segundo lugar después de los Estados Unidos, en número de contagiados y en número de muertos. Curiosamente los dos países cuyos presidentes hicieron gala de un desprecio olímpico por las medidas de seguridad para protegerse ellos y la población. No solamente despreciaron tales medidas sino que además se mofaron de ellas y en este arte Bolsonaro es un maestro: “Los brasileños saltan en la alcantarilla y no pasa nada”, se ufanaba el 26 de marzo del año pasado, cuando los muertos llegaban a 77 y los contagiados a 2915.

En los momentos en que escribo esta columna, sábado 20 de marzo, la crisis brasileña adquiere ribetes dramáticos con récord de muertos (sobre 290.000) y contagiados que ya alcanzan los doce millones de enfermos. Son números aterradores para un país que tampoco dispone de una adecuada red sanitaria. De hecho, de los 26 estados que conforman Brasil más el Distrito Federal cuya capital es Brasilia, 25 de ellos se encuentran al borde del colapso total en términos de unidades de cuidados intensivos, pues han ocupado el 80 o más por cierto de su capacidad. Una realidad sanitaria que se ve agravada por la inoperancia del gobierno central que nunca ha asumido la pandemia con la responsabilidad y seriedad que se merece el pueblo brasileño, como lo ilustran los cuatro ministros de salud que ha tenido el Presidente Bolsonaro desde el inicio de la pandemia. Dos renunciaron el año pasado, porque no compartieron las directrices presidenciales; el tercero, general de ejército, no tenía ninguna experiencia en salud pública y apoyaba el uso de medicamentos no probados para combatir la pandemia. El cuarto asumió hace unos días.

Como si todo esto fuera poco, el país tampoco cuenta con las vacunas necesarias para inmunizar a la población. Y los estados miran impotentes cómo el contagio se torna incontrolable. Al 18 de marzo, São Paulo tenía 2.261.360 enfermos (quinientos de ellos esperan un lugar en los hospitales de la ciudad); Minas Gerais, 1.003.104; Paraná, 781.539 y Rio de Janeiro, 615.930. La situación en Rio es insoportable pues el 95 % de la disponibilidad UCI se encuentra ocupado. Por tal motivo el alcalde Eduardo Paes anunció el cierre de las playas. Acto que tuvo la inmediata reacción del Presidente Bolsonaro: “La vitamina D es una de las formas de evitar que el virus te afecte gravemente. ¿Y dónde obtienes vitamina D? Tomando sol. Una hipocresía”. La falta de empatía de Bolsonaro con el sufrimiento de los brasileños opaca cualquier luz que pueda verse al final del túnel. Razón tiene Mauro Niskier Sánchez, académico de la Universidad de Brasilia y experto en salud pública: “Hay falta de coordinación política entre los distintos niveles de gobierno para enfrentar la pandemia; falta de comunicación uniforme para la población sobre los cuidados que se deben tomar; cuestionamientos de la evidencia científica por parte de altos funcionarios del gobierno y falta de planificación para la adquisición oportuna de vacunas” (El Mercurio, A6, sábado 20 de marzo de 2021).

No sé qué pensará ahora el Presidente Bolsonaro. O qué dirá cuando mira el desastre que vive Brasil, en gran parte debido a su propio comportamiento bufonesco y desidioso frente a la pandemia. En abril del año pasado, el 12 de abril para ser bien exactos, se le preguntó por los 2.500 muertos por el covid-19. Furioso respondió “No soy enterrador”. Y a fines de ese mes, cuando los fallecidos ya eran 5.000, su reacción fue demencialmente burlesca: “¿Y? ¿Qué quieres que haga? Soy Mesías, pero no hago milagros”, aludiendo a su segundo nombre. En ese momento, Brasil ya tenía más muertos que China. Lo que significa que el pueblo brasileño está a merced de un líder que, primero, nunca comprendió la pandemia como tal y minimizó sus efectos. De hecho habló de que el virus estaba sobredimensionado y no era más que una “fantasía” y culpó a los medios de propagarlo por el mundo (principios de marzo de 2020 en Miami). Poco después de estas declaraciones, más de veinte autoridades brasileñas se habían infectado. La mayoría formó parte de la comitiva presidencial.

Segundo, a partir de agosto Jair Bolsonaro asumió una inexplicable actitud contra la vacuna, que se transformó en su objetivo a combatir, manifestándose abiertamente contra la obligatoriedad de inmunizarse, lo que lo llevó a duros enfrentamientos con el gobernador de São Paulo, João Doria, que llegó a un acuerdo para obtener 46 millones de dosis de la vacuna china Sinovac, la misma que mayoritariamente ha empleado Chile en su exitoso proceso de vacunación: «Muerte, invalidez, anomalía, esa es la vacuna que Doria quiere obligar a tomar a los paulistas” declaró, asociando la muerte de un voluntario en el proceso de vacunación que en un principio se creyó víctima de la vacuna, comprobándose después que se trataba de un suicidio. Y escribió en las redes sociales “Otra que Bolsonaro gana”. Tercero, porque ha mantenido también una absurdo encono contra la opinión científica. Luego de su recuperación del covid-19, en julio, declaró que su mejora se debió a la cloroquina, medicamento que no tiene aprobación científica y que ha defendido durante toda la pandemia.

Cuarto, porque en reiteradas ocasiones ha ofendido a su propio pueblo con destempladas declaraciones impropias de un Presidente de la República. Tal vez la más reconocida en el mundo sea aquella en que declara que el brasileño es “marica”. Sí, literalmente “marica”. Es 10 noviembre y ya no hay dudas de que Brasil entrará en una segunda ola de la pandemia; entonces Bolsonaro se negó rotundamente a la posibilidad de aplicar nuevas restricciones y simplemente arrasó a los brasileños con esta frase: “No sirve de nada huir de eso, huir de la realidad. Hay que dejar de ser un país de maricas […] tenemos que enfrentarnos (al virus) a pecho descubierto, luchar”. Y muy enojado declaró “Ahora todo es pandemia, hay que acabar con ese tema. Todo el mundo se va a morir un día”. Finalmente, porque el Presidente también en reiteradas ocasiones se ha burlado del pueblo brasileño de modo tal que deja en duda su propio estado mental con sus absurdas declaraciones. El 17 de diciembre se despachó esta afirmación: “Si se vacuna y se convierte en jacaré, yo no tengo la culpa”. A esa fecha el país ya tenía 184.827 fallecidos y 7.110.434 contagiados.

¿Qué le espera a Brasil? Las personas con quienes converso de São Paulo y otros estados solo me manifiestan desconsuelo total ante la realidad que viven, y una fe inquebrantable de que Dios los protegerá, pues no hay ninguna confianza en lo que pueda hacer Jair Bolsonaro, para quien la pandemia y la vacuna no son más que alaracas que no deben perturbar la marcha del país. Pero el jueves pasado, ante el asombro de todos los brasileños declaró que “Brasil es uno de los países que mejor hace su papel en lo relacionado con la vacuna”. Sin embargo, de acuerdo con los números entregados por Our World in Data, recolectados por The New York Times, Brasil ocupa el lugar número 60 en el mundo, aunque en América Latina solo es superado por Argentina, Uruguay y Chile.

Muy poco para el gigante de América Latina que se pierde en los intrincados y circenses laberintos del pensamiento de Jair Bolsonaro.

Me parece.

 

 

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Alejandro Carreño T.

Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.