
Al término de la Segunda Guerra Mundial, un conjunto de países se propuso evitar nuevas tragedias para la humanidad, apelando al diálogo antes que a la violencia. En esa pretensión de paz nace la ONU, el ente encargado de velar por la integridad y comunicación de los pueblos.
Si bien el mundo continuamente está en conflicto y la política universal de derechos humanos no parece llegar a todos los rincones del planeta, al menos existen tratados internacionales dispuestos a establecer legislaciones que protejan las dignidades de todos los habitantes del mundo pensados como ciudadanos de derecho.
En ese contexto, y más allá de algunos asuntos que pueden ser cuestionables (por ejemplo, razones ideológicas, omisiones o distinta vara para países pobres y ricos), es importante poner en valor la labor de los organismos internacionales que están dispuestos a fomentar vínculos sanos, de paz, integración y desarrollo, sobre todo para los sectores más postergados del mundo.
Atendiendo a lo anterior, es importante destacar una fecha que desde su enunciación tiene una fuerte connotación histórica, política, social y cultural para Argentina: el último 19 de septiembre, la Organización de las Naciones Unidas, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró al Museo de Memoria ESMA como Patrimonio Mundial.
La candidatura fue impulsada por las Directoras Ejecutivas del Museo Sitio de Memoria ESMA: primero, durante la gestión de Laura Naftal y luego continuada por Mayki Gorosito, en el cargo desde 2019. Con actividades culturales y educativas abiertas el público, lograron dar visibilidad internacional a los crímenes de lesa humanidad.
El reconocimiento de la UNESCO, que contó con visitas de autoridades y evaluaciones que se realizaron para dar sustento al nombramiento, surge en el cuadragésimo aniversario de la recuperación de la democracia en el país, coincidente con un año electoral y ante el avance de ideologías negacionistas, que pretenden justificar la violación de los derechos humanos durante la última Dictadura Cívico Militar entre 1976 y 1983, cuando el Terrorismo de Estado secuestró, torturó, desapareció y mató a personas, persiguiéndolas hasta cometer abusos de poder, causando un daño irreparable a las víctimas en los atentados cometidos.
La Escuela de Mecánica de la Armada fue uno de los principales centros clandestinos de detención, tortura y exterminio, durante aquel período. Ubicado estratégicamente en Avenida del Libertador, a escasas cuadras de la cancha de River, puso en escena la perpetración del horror. Hasta allí llegaban detenidos que luego desaparecerían; y desde ese mismo lugar salían helicópteros para luego arrojar a los cautivos en el mar.
Con la puesta en práctica de las políticas de la memoria, ampliamente difundidas durante los últimos 20 años por el propio Estado argentino, aquel lugar se convirtió en Sitio de Memoria, inaugurado el 18 de mayo de 2015. Al interior de ese espacio permanecen intactas las huellas de la violencia; la brutalidad de generales, coroneles y oficiales de distinto rango; y el desesperado grito de las víctimas.
No es asunto de una generación sino de todas.
De martes a domingos, de 10 a 17 horas, con entrada libre y gratuita, se puede acceder a un emblemático edificio que registra la violencia institucional durante el período más oscuro de la historia argentina.
Muchos compatriotas que dan cuenta de lo que sucedió siguen alzando las banderas del Nunca Más.
Ahora lo sabe el mundo, que a través de un ente internacional de derechos humanos, confirma la gravedad de una realidad atroz para que no vuelve a repetirse y para que, acaso, ya no duden los escépticos.














































