
Juan Peyrou (1950-2018) publicó su primer y único disco como solista en 1980. Un trabajo intimista y con un claro espíritu tanguero, aunque no se tratara, específicamente, de un material de género. Para adentrarnos en este microclima fue fundamental esa voz profunda y personal, en un material que resultó una fotografía del país, grisácea y depresiva, pero donde, pese a todo, los artistas continuaban iluminando. La producción contó con un importante grupo de músicos encargados de los arreglos: Alberto Magnone, Fernando Cabrera y Luis Di Matteo.
Años antes, Juan y su hermano Alberto (Beto) habían formado el dúo “Los Peyrou“, adquiriendo relevancia en los festivales multitudinarios de “Canto Popular”. Sus presentaciones dejaban la impresión de estar frente a artistas serios y comprometidos; buenos técnicamente y con refinamiento. El refinamiento que podemos apreciar en Canta Juan Peyrou.
El disco abre con “Coplas a Juan Capagorry“, musicalización de Peyrou sobre un poema de Enrique Estrázulas. Aquí aparece su voz y su guitarra en un aire de vals. “En la bruma dormida del tanque/ en el quieto calor del fogón/ siempre rondan tus ojos caídos/ tu cara de amigo dibujo al carbón“. La semblanza del poeta es tan sencilla como la existencia y el arte del retratado. “Capagorry transita la vida/ y la noche invisible lo ve“. En “Montevideo” —otra vez Estrázulas, ahora musicalizado por Yamandú Palacios— gana la tanguez. Las guitarras multiplicadas de Cabrera sugieren una nostalgia apiazzollada más allá de la música, influencia notoria de la atmósfera política de la época. Al inicio del canto aparece el bandoneón de Di Matteo, para ahondar —aún más— el clima nostálgico. “Si yo pudiera volvería cantando/ por calles y plazas/ por el declive de la calle Brecha/ y el pecho lleno de sal“. Fernando Cabrera aún no había grabado su versión de “Paso Molino”, el hermoso vals que fuera versionado antes por distintos intérpretes. Aquí Peyrou hizo la propia, más arrebatada y enérgica. Un texto que contiene imágenes casi surrealistas: “(…) y la fuente llora su tristeza/porque no puede correr/ hasta la fuente de atrás del Hotel”.
“Otra vez los boliches nocturnos/ amarillos de sueños perdidos”. Este es el comienzo del admirable poema de Ignacio Suárez “Los Boliches”, al que Yamandú Palacios le puso música. El arreglo está sustentado en el fino guitarrismo de Cabrera quien introduce una armonía novedosa, a la que se suma un bandoneón que trabaja sobre lo tímbrico, creando texturas armónicas más que contrapunto. La versión de “Punta Brava” es sobria, sin artificios o la sensiblería que una voz como la de Peyrou podía inyectar. Una bellísima obra que encajó perfectamente en el repertorio. El poema de Estrázulas encontró a un notable compositor como Jorge Di Pólito.
Son esos encuentros que generan obras maestras, como sucede con “Los Boliches”: “Punta de tierra al sur llena de estrellas/ Entrando lenta al mar vieja chalana“. Y hay más de la dupla Estrázulas/ Palacios. “Lo perdido” se viste de tango; pero esta vez el arreglo remite al sonido Cedrón. La estética del Cuarteto Cedrón fue una escuela a la que se adhirieron los músicos rioplatenses que intentaban hacer tango nuevo a mediados de los 70. Y aquí se hace evidente su influencia: “El viento sopla al sur/ mientras la lluvia cae sobre el mar/ y un corazón herido y solo/ llora lo que amó y perdió” —canta Peyrou con un resto zitarrosiano en la voz—.
“Fui a la orilla del mar” (Fui à beira do mar) del maestro portugués José Afonso, es como un viraje en la producción artística, ya que el arreglo suena bastante descolgado del resto. Igualmente (y curiosamente), el texto estaba conectado con lo que se vivía en el Uruguay de entonces, aunque la música se presentara luminosa y cargada de esperanza. “Fui a la orilla del mar/ por ver lo que allí había/ Y oí una voz cantar/ que lejos me decía// Oh cantador alegre/ dónde está tu alegría/ hay tanto para andar/ la noche está tan fría” (Traducción del portugués de Víctor Cunha).
“El Renacido” es un tango “explícito” escrito por Eduardo Darnauchans. Resulta curioso que un artista bastante alejado del género, fuera el que abasteciera con una composición propia el costado tanguero más tradicional del álbum. Al texto se le nota una influencia modernista: “Ya sin ningún camino por andar/ sobre la tierra umbría/ sintiendo sobre mí la mano fría/ de la noche que venía mi cansancio a acariciar”.
Queda la pregunta de por qué Juan Peyrou no grabó más discos como solista. Hubiera sido buena cosa tener otros registros para poder cotejar el paso del tiempo sobre la creación y la madurez ante el hecho mismo de las grabaciones en estudio.
