
Cuatro Pesos de Propina presentó su sexto disco en un espectáculo de extraordinaria calidad musical, despliegue escénico y comunión con el público.
Con más de veinticinco años de trayectoria, el grupo ha construido una identidad difícil de encasillar en un único género. El rock, el ska, el reggae y diversas expresiones de la música popular confluyen en una propuesta donde la energía festiva convive con una mirada crítica sobre la realidad.
El nuevo álbum, integrado por diez canciones, incorpora una reflexión sobre los afectos, las relaciones humanas y la fugacidad de la existencia, sin abandonar la identidad sonora que ha caracterizado a la banda. La noche del viernes 30 de octubre de 2026, la Sala del Museo del Carnaval fue el escenario elegido para presentar este nuevo capítulo de su historia musical. Y lo que allí ocurrió fue mucho más que la presentación de un disco, fue una celebración colectiva donde la potencia instrumental y la conexión directa con el público se conjugaron en un gran espectáculo.
La noche comenzó a las 20:50 con la presentación de Isabel Lenoir, joven cantautora montevideana que viene construyendo una interesante trayectoria explorando las raíces del candombe y su diálogo con otros géneros de la tradición rioplatense y latinoamericana. Acompañada por Gonzalo Palmarín en guitarra, Lenoir interpretó cinco canciones, entre ellas Chamuyo, Andate y Marilina, esta última elegida para cerrar su actuación.
Su presencia escénica estuvo marcada por una sensualidad expresiva, donde la voz y el movimiento se complementaron naturalmente. La cantante desplegó una interpretación que combinó movimientos de cadera, gestualidad y seguridad sobre el escenario, haciendo del cuerpo un instrumento adicional de expresión artística. Lenoir anunció, además, que el próximo 8 de noviembre se presentará en el Centro Cultural Florencio Sánchez con su proyecto discográfico Amanda.
A las 21:45 llegó el momento central de la noche. Y no hubo necesidad de esperar demasiado para comprender lo que vendría. Cuatro Pesos irrumpió en el escenario con Seguirte el vuelo, marcando desde el primer tema el pulso del espectáculo.
Le siguió El maleficio, una de las canciones de su nuevo trabajo discográfico. La tercera interpretación, No hay tiempo, terminó de trasladar el agite del escenario hacia el público, estableciendo esa conexión directa que constituye una de las mayores fortalezas de la banda en vivo. Con Hoy sopa hoy, la intensidad volvió a elevarse, completando una primera tanda de cuatro canciones prácticamente sin respiro. Recién entonces llegó el saludo inicial de los músicos, quienes agradecieron la presencia del público y expresaron su alegría por estar presentando su sexto disco.
Aquella apertura fue toda una declaración de intenciones. Cuatro Pesos había llegado a celebrar su música con una entrega que no admitiría medias tintas ni ahorro de energías. En tal sentido, uno de los aspectos más impactantes de la noche fue la extraordinaria performance escénica de Agustina García. Su presencia trascendió la interpretación vocal para convertirse en un espectáculo donde su marcada expresividad corporal convivió con una garra profundamente rockera. Movimientos vertiginosos, el cabello sacudido al ritmo de la música y una gestualidad de enorme fuerza expresiva fueron algunas de las manifestaciones de una artista que hizo del escenario un territorio de libertad. Y de una resistencia física destacable, sostenida a lo largo de casi dos horas, en un despliegue que nunca apareció como un elemento ajeno a la música, sino como una prolongación de ella.
Si Isabel Lenoir había mostrado durante la apertura cómo la sensualidad podía convertirse en parte sustancial de una interpretación musical, García llevó esa dimensión hacia una expresividad particularmente rockera. Dos artistas con estilos diferentes, pero capaces de recordarnos que la música también se vive y se expresa corporalmente.
Por supuesto, el espectáculo fue, ante todo, el resultado de una construcción colectiva, donde cada integrante aportó su talento y personalidad musical. Gastón Puentes contribuyó decisivamente a sostener la conexión con el público, combinando su interpretación vocal con una notable presencia escénica que complementó la de García. El diálogo entre ambas voces enriqueció la dinámica del concierto.
También hubo espacio para el lucimiento de los diversos músicos que integran la banda. El bajo, la batería, el saxo y la trompeta brillaron de principio a fin. Particularmente destacadas resultaron las intervenciones de la guitarra eléctrica de Sebastián Delgado, donde la precisión técnica convivió con una interpretación cargada de expresividad. Vale destacar, asimismo, el rol protagónico de Gastón Pepe en varias de las interpretaciones, integrando magistralmente percusión, voz y movimiento en una misma expresión artística.
A esa potencia sonora se sumó, en algunas canciones, la participación de músicos invitados que incorporaron violines y violonchelos, enriqueciendo los arreglos y ampliando la diversidad tímbrica del espectáculo. La convivencia entre la fuerza del rock y las sonoridades de los instrumentos de cuerda permitió apreciar una dimensión de mayor riqueza musical, sin que la banda perdiera su reconocible identidad. A su vez, la iluminación, con sus contrastes de azules, violetas, amarillos, rojos y blancos, contribuyó a construir una atmósfera visual que acompañó las distintas interpretaciones.
A lo largo de la noche, las canciones del nuevo álbum convivieron con composiciones que ya se han convertido en clásicos del rock nacional. Mi revolución y La llama fueron algunos de los momentos destacados del repertorio, reafirmando la vigencia de canciones que han logrado trascender generaciones. Particularmente destacable resultó el entusiasmo de los niños y adolescentes, también presentes en la primera fila del show, durante La llama, una muestra de la capacidad de la banda para conectar con públicos de distintas edades.
Esa diversidad generacional constituye uno de los rasgos más significativos de su propuesta. La fuerza de sus canciones y una puesta en escena que invita permanentemente a participar permiten construir un lenguaje compartido que supera las diferencias de edad. Y esa dimensión colectiva alcanzaría su máxima expresión durante el tramo final del espectáculo.
Si hubiera que elegir uno de los momentos más representativos de la noche, difícilmente podría encontrarse una imagen más elocuente que la protagonizada por los vocalistas durante La máquina. En medio de una interpretación vibrante, Agustina García y Gastón Puentes descendieron del escenario para sumarse al pogo junto al público.
La escena sintetizó el espíritu del concierto: los artistas abandonando momentáneamente su lugar habitual para integrarse físicamente a la celebración colectiva. Allí, la frontera entre músicos y espectadores pareció desvanecerse. Ya no se trataba simplemente de una banda interpretando canciones frente a su público, sino de una experiencia compartida donde todos participaban de una misma celebración.
A ese momento de fiesta total le siguieron La Balacera y Maldita ciudad, que llevaron el concierto hacia un cierre de intensidad absoluta. Lo que había comenzado casi dos horas antes con una explosión musical encontraba su culminación en una comunión entre la banda y el público como pocas veces he presenciado.
A las 23:35 terminó un espectáculo que alcanzó un nivel de entrega, calidad musical y conexión con los espectadores que muy pocas bandas logran alcanzar.
La fugacidad no constituye necesariamente una tragedia. Las flores de un día también se marchitan, pero su belleza no desaparece de nuestra memoria. Que algo termine no significa que haya perdido su valor. Por el contrario, la conciencia de su carácter transitorio puede volverlo todavía más significativo. La música en vivo expresa de manera particularmente intensa tal condición. Cada interpretación sucede una sola vez, en un tiempo y un espacio determinados. Incluso cuando una canción vuelve a ejecutarse, nunca es exactamente la misma experiencia. Una suerte de persistencia de la memoria, evocando una de las obras memorables de Salvador Dalí.
Cuatro Pesos ofreció un espectáculo donde el talento colectivo, la sensualidad, la riqueza instrumental y la entrega de sus protagonistas se conjugaron para celebrar la alegría de estar vivos. Porque, después de todo, quizás la verdadera belleza de las flores de un día no resida en cuánto tiempo permanecen abiertas, sino en la intensidad con la que florecen.
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