
Cuarenta años de Montevideo agoniza, canciones nuevas y un recorrido por distintas etapas de una banda que sigue encontrándose con su público. Jueves 5 de noviembre en La Trastienda.
Llegué a La Trastienda cuando faltaban diez minutos para las nueve. La sala ya estaba llena. La gente conversaba, tomaba algo y se encontraba con conocidos, con esa tranquilidad de la previa que todavía permite terminar una charla antes de darse vuelta hacia el escenario. Había público de distintas edades, aunque la mayoría era de la vieja guardia. Gente grande, con años de recitales encima y unas cuantas canciones de Traidores incorporadas a su propia historia.
En Fernández Crespo, el jueves tenía algo de fin de semana. La convocatoria era por los cuarenta años de Montevideo agoniza, pero cada uno habría llegado con su propio recorrido hasta ese disco. El casete que pasó de mano en mano, una copia prestada, una escucha bastante posterior, un toque que todavía se recuerda. En una sala llena, esas historias personales quedan juntas por un rato, esperando que alguien toque los primeros acordes.
Fueron puntuales, incluso un poco más: a las 20:58 arrancó el show. Juan Casanova salió con la remera de Montevideo agoniza y una campera de cuero negro. Fiel a su estilo. La imagen tenía una familiaridad inmediata para quienes estaban abajo: Juan al frente, el nombre del disco sobre el pecho y las canciones listas para volver a circular entre el escenario y la sala.
La primera fue Hojas en blanco. Una entrada desde otra etapa de la banda antes de meterse en el repertorio que daba motivo a la reunión. El aniversario tenía su centro en aquel primer disco, aunque la noche iba a dejar lugar para canciones posteriores y material nuevo. Había bastante historia para recorrer.
Al frente, Casanova y Víctor Nattero, voz y guitarra de una asociación que se reconoce enseguida. En Juan, la manera de pronunciar tiene tanto peso como la melodía; dónde apoya una palabra, cómo estira una frase, ese borde entre cantar y decir que forma parte de la identidad de Traidores. Hay letras que cuesta leer sin escuchar su voz. La guitarra de Nattero también pertenece a esa memoria; alcanza una entrada, una figura o un acento para que la canción encuentre su lugar.
Después de Hojas en blanco, La muerte elegante abrió el tramo más ligado a Montevideo agoniza. Llegaron Viviendo en Uruguay, Flores en mi tumba y Solo fotografías. El recorrido fue reuniendo casi todo el repertorio del disco, con sus distintas formas de mirar alrededor: ironía, enojo, desencanto, personajes y escenas de una ciudad que la banda aprendió a contar desde sus propias incomodidades.
Publicado en 1986, Montevideo agoniza quedó ligado a los primeros años de la recuperación democrática y a una generación que empezaba a hacerse escuchar después de la dictadura. Cuarenta años más tarde, sus canciones volvían a sonar frente a muchas de las personas que las habían acompañado desde entonces. Escucharlo ahora permite detenerse en cosas diferentes, una frase que antes entraba por su rabia puede pesar hoy por lo que describe. Una canción asociada a determinada época reaparece y trae, además de su letra, el recuerdo de dónde la escuchábamos y con quién. Parte de lo que se canta en estos encuentros viene de ahí; de las canciones y de todo lo que les fuimos agregando durante los años.
Flores en mi tumba y Solo fotografías tienen ese lugar ganado en la relación con el público. Son títulos que uno reconoce antes de ponerse a pensar en ellos, canciones a las que vuelve con una familiaridad construida durante muchas escuchas.
El trayecto siguió con No estoy loco y Viviana es una reaccionaria. En Traidores, la incomodidad suele tener nombres y situaciones concretas. La escritura puede ir de una observación filosa a una afirmación seca, sin demasiadas explicaciones. Esa manera de decir conserva su fuerza sobre el escenario, sobre todo cuando Casanova vuelve a ponerle intención a palabras que buena parte de la sala ya sabe de memoria.
La cercanía de La Trastienda ayuda a seguir ese trabajo. El escenario queda a pocos metros y permite mirar cómo se arma cada canción, prestar atención a una entrada de guitarra o a la forma en que Juan acomoda una frase. Cuando el repertorio es conocido, también se escucha desde ahí: esperando lo que viene y al mismo tiempo, descubriendo algún detalle en lo que creíamos tener completamente aprendido.
Salteándome un lugar, Mentiras y Bailando en la oscuridad fueron completando ese regreso al repertorio de los comienzos. También estuvieron Montevideo agoniza y Juegos de poder. La ciudad, sus tensiones y las relaciones de poder volvían a aparecer en canciones escritas hace cuatro décadas. Afuera seguía Montevideo; adentro, sus distintas versiones se superponían con las que cada uno conservaba en la memoria.
Al terminar la primera parte, después de tocar casi todo Montevideo agoniza, Juan agradeció al público. Habló de quienes estaban ahí desde hacía cuarenta años, de las mismas caras que seguía encontrando frente al escenario. «Gracias por seguir estando».
El agradecimiento tenía destinatarios concretos. Bastaba mirar alrededor para entenderlo. La mayoría de la vieja guardia que había visto al llegar formaba parte de esa continuidad; gente que siguió escuchando los discos, volvió a los recitales y se acercó otra vez un jueves de noviembre. Cuarenta años también se cuentan así, reconociendo caras desde un escenario.
Hubo entonces una pausa táctica de unos diez minutos. Tiempo para recargar los vasos, salir a fumar o retomar alguna de las conversaciones que habían quedado suspendidas a las 20:58. La sala volvió por un rato al movimiento de la previa. Después, Traidores regresó al escenario y la noche retomó su marcha.
La segunda parte permitió ampliar el recorrido. Sonaron Profunda medianoche, Máquina, Ella sabe bien y Radio Babilonia, canciones que llevaron el encuentro hacia otros momentos de la banda. Para quienes llegaron por el aniversario del debut, también estaba la posibilidad de encontrarse con lo que vino después. La historia de Traidores siguió sumando discos, búsquedas y canciones a las que cada uno se habrá acercado en momentos diferentes.
Ella sabe bien conserva esa familiaridad de las canciones que acompañaron muchas escuchas. Radio Babilonia volvió a poner en juego el vínculo entre la voz que sale del escenario y las que llegan desde la sala. En ese repertorio posterior también había recuerdos acumulados, otras edades de la banda y del público que tenía enfrente.
Y hubo temas nuevos. Entre ellos, Leales y traidores, que abrió un espacio para escuchar sin tener todo aprendido de antemano. Después de tantas canciones conocidas, la atención cambia: todavía hay que descubrir por dónde va la melodía, cómo se acomoda la letra y qué queda cuando termina. En una noche atravesada por el aniversario, ese material sumó una parte del presente de Casanova y Nattero.
El toque fue más bien corto. A las 22:35 llegó el final, con la pausa incluida y un recorrido que había pasado por el disco homenajeado, otras etapas y canciones recientes. Juan avisó que no habría bises. “Nos encontrábamos afuera, fumando un pucho” dijo.
La despedida fue tan directa como la invitación. Después de reconocer a las mismas caras de hacía cuarenta años, proponía seguir el encuentro en la vereda. Tocaba salir a Fernández Crespo, recuperar el volumen de la calle y terminar las conversaciones pendientes.
Traidores volvió, como siempre. Banda volvedora. Volvimos también quienes estábamos abajo, con unos cuantos años más y las canciones todavía a cuestas. El jueves tuvo su llegada, su pausa y su hora de cierre.
Gracias por eso.
