Hay bandas que desaparecen y hay bandas que, por alguna razón que no siempre tiene que ver con sus méritos, quedan suspendidas en una especie de limbo. No están exactamente olvidadas, porque alguien conserva sus discos, recuerda algún recital o todavía es capaz de reconocer una canción cuando aparece accidentalmente en una lista de reproducción.
Son bandas que dejaron de formar parte de la conversación, como si el tiempo hubiera decidido archivarlas en una carpeta que nadie volvió a abrir. KATO anda por ese barrio, y es una pena que así sea.
Después de la disolución de Peyote Asesino, un hiperkinético, sincrónico y diacrónico Fernando Santullo armó el proyecto, que terminaría trasladándose a Barcelona y editando un único disco, homónimo, en 2003. Hay algo particularmente extraño en esa trayectoria; una banda uruguaya que se muda a España, intenta construir una vida musical lejos de casa y termina dejando como testimonio un álbum que, veinte años después, todavía parece tener cosas que decir. No es poca cosa para un proyecto que tuvo una existencia discográfica tan breve.
KATO tenía una manera bastante singular de entender el rock. En su música convivían los restos de aquella combustión espontánea que había sido Peyote Asesino, con elementos de la música rioplatense, el trip-hop, metal y la electrónica. Pero sería injusto reducir la propuesta a una suma de influencias, como si las canciones fueran el resultado de una operación aritmética o una licuadora entre géneros. Lo cautivante ocurría precisamente en el espacio que se habilitaba entre esas cosas: una zona de fricción donde los sonidos parecían reconocerse sin terminar de pertenecer al mismo lugar.
KATO fue lo que coaguló Fernando Santullo, L. Mental para quienes todavía conservaban en la memoria las canciones de Peyote Asesino, cuando puso en marcha nuevas canciones después de que aquella experiencia terminara de manera bastante abrupta. El Peyote había conseguido algo poco habitual para una banda uruguaya: grabar su segundo álbum en Los Ángeles, en 1997, nada menos que con Gustavo Santaolalla en la producción, para terminar vendiendo miles de copias entre Uruguay, Argentina, Chile y México. Apenas un par de años después se disolvió, pero dejando a un Santullo re manija, no interesado en quedarse contemplando las cenizas sino en renacer de las mismas. Así fue como en mayo del 2000, frente a menos de 300 personas en el pub Perdidos en la Noche, KATO hizo su primera aparición pública.
Después vendrían más clubes, sótanos y pequeños escenarios donde la música suele construirse lejos de cualquier promesa de posteridad: Milenio, Laskina, Mundo Afro, La Petrolera, Arteatro… Una geografía nocturna de Montevideo y sus alrededores que, vista desde el presente, tiene algo de foto analógica encontrada en el fondo de un cajón. Ahí empezó a tomar forma la nueva criatura, menos interesada en prolongar la historia de Peyote que en averiguar qué podía hacerse con los restos de aquella erupción.
Radiación que apaga la luz del sol.
Santullo tenía (tiene), además, una particularidad que no siempre se le reconoce lo suficiente: una manera de escribir como vive, y vivir como escribe. Sus prosas podían ser ásperas, tiernas, urbanas, románticas, desencantadas, o con una sensibilidad poética que no necesitaba anunciarse como tal. Había imágenes, observaciones y pequeñas revelaciones como que “más abajo no se puede ir, más abajo no se puede estar”, que aparecían entre los escombros de una narración aparentemente cotidiana, evidencia de una época convulsa y un arte ensangrentado. En KATO esa síntesis encontraba otro territorio, porque las palabras no estaban ahí para decorar la música ni para completar los espacios que dejaban los instrumentos. Tenían su propio peso, su propia respiración. Eran parte de una frondosa arquitectura emocional sin patios, lo suficientemente vanguardista para su época como para llegar a resultar tan contundente como cualquier guitarra.
En canciones como “Más abajo”, “Hoy” o “Carnaval” aparece esa convivencia entre una escritura cargada de imágenes y una música que nunca parece del todo cómoda consigo misma. Hay una tensión permanente entre la necesidad de avanzar y cierta imposibilidad de llegar a destino. Como si las canciones estuvieran escritas desde un lugar que ya no existe o desde una ciudad que todavía no se terminó de recorrer. Quizás tenga algo que ver con esa vida en que hoy llamaríamos en Modo Avión, la distancia, con la extraña condición de vivir en un sitio mientras una parte de uno continúa habitando otro. Quizás no y sólo estemos ante un puñado de buenos poemas en formato canción. En cualquier caso, hay algo de esa intemperie en el disco.
Barcelona fue el escenario de aquella aventura, aunque KATO nunca terminó de convertirse en una banda española ni tenía demasiadas razones para intentarlo. Su música conservaba una identidad difícil de trasladar, una manera de mirar el mundo que no dependía de las coordenadas geográficas. Hay canciones que parecen llevar consigo el lugar donde fueron escritas, incluso cuando ese lugar ya no esté. KATO tenía algo de eso: una sensibilidad rioplatense que no necesitaba recurrir a los símbolos más evidentes para hacerse reconocible. No sé si el disco tuvo la recepción que merecía ni si las circunstancias de aquella época le permitieron llegar a todos los oídos que debía alcanzar. Tampoco sé qué habría pasado si la banda hubiera seguido grabando, si aquel universo hubiera encontrado nuevas formas de hacer ebullición o si el proyecto habría terminado agotando sus propias posibilidades. Es una especulación inútil aunque bastante tentadora, pero a veces uno escucha un disco y empieza a imaginar las canciones que nunca llegaron a existir, las direcciones que quedaron sin explorar, las conversaciones que una banda podría haber seguido teniendo consigo misma. Es probable que ahí esté también una parte de su encanto; KATO no tuvo tiempo de convertirse en una institución, de repetir una fórmula hasta volverla reconocible o de administrar su propia nostalgia. Quedó ese disco, con sus imperfecciones, desvíos y momentos de enorme belleza. Un pequeño territorio sonoro que todavía conserva algo de su misterio y cada tanto conviene revisitar.
Hay una diferencia entre recordar una banda porque formó parte de una época y recordarla porque todavía tiene algo que ofrecer. KATO pertenece a lo segundo. No hace falta escuchar el disco como quien revisa un álbum de fotografías ni como quien intenta recuperar una juventud que probablemente tampoco fue tan extraordinaria. Hay que escucharlo ahora, con los oídos que tenemos ahora, sin pedirle que nos devuelva nada.
Porque algunas canciones sobreviven a sus circunstancias. Y otras, directamente, sobreviven a quienes las hicieron. KATO merece esa oportunidad: salir del archivo, abandonar por un rato la condición de recuerdo y volver a ocupar el lugar que le corresponde, que es el de una banda con una sensibilidad extraordinaria, una escritura propia y un único disco que parece demasiado poco para todo lo que todavía contiene.
Hay grupos que necesitan una discografía extensa para construir un mundo. KATO consiguió dejar uno entero en un solo disco. No estaría mal que alguien volviera a abrir esa puerta.



