En medio de la pandemia, el músico uruguayo Santiago Montoro invitó al “Chapa” a grabar al estudio que estaba montando, con la intención de probar ciertos temas técnicos. En aquel momento el “Chapa” tenía algunas músicas trabajadas a trío junto a Nacho Mateu (bajo) y Martin Ibarburu (batería).
Así grabaron las bases de varios temas que poco a poco fueron tomando forma arreglística sumando teclados (Hernán Peyrou, Manuel Contreras, Nacho Labrada y el argentino Nico Rafetta).
La aparición de Edu “Pitufo” Lombardo (percusión) y Pablo “Pinocho” Routin no es casual, y está dentro de lo que hablamos de las referencias culturales.
Pero como se afirma al comienzo, el “móvil” puede trasladarse a otras zonas más allá de un punto fijo. El disco fue grabado en Montevideo, pero fue mezclado y masterizado (Juan Jacinto) en Londres.
Además de su actividad musical, Chapital está interesado en las artes marciales. Y abre el disco con “Bushido” (algo así como el camino del Samurái) que en la introducción tiene una “arenga” guerrera. Es una balada-blues con una parte media que hace recordar al instante al Opa de Magic Time.
“Móvil” parte de una vidala-rock que se fusiona rápidamente con una “marcha camión”. Que una rítmica del norte argentino tenga lugar en el disco no es por azar. El guitarrista trabajó bastante tiempo en Argentina nada menos que con artistas como el “Chango” Farías Gómez o Mariana Baraj.
Sobre el final aparece la voz fantasmagórica del “Pinocho” Routin recitando un par de estrofas de su propia cosecha. En el barrio Cordón hay una parrillada llamada “Luichi”. El ex dueño es amigo del “Chapa” y entonces le dedicó una especie de funk montevideano que -como no podía ser de otra manera- se cruza con el candombe.
Lo que llama la atención es la concepción del todo en Móvil. Si bien se trata de un trabajo instrumental, lo que late es el formato de canción pop.
No es un disco de jazz duro con solos interminables y partes de altísima complejidad armónica y rítmica. Es un disco muy bien tocado y orquestado, pero que no se vuelve oscuro o indescifrable. Y pese a la disparidad estética de los temas entre sí, en la escucha global nada desentona y todo parece encajar. Tan es así que la versión de “Qué pena” (A. Zitarrosa), junto a la joven guitarrista Jacinta Bervejillo, surge como natural y llena de frescura musical.
El momento alto del disco es, sin dudas, la versión maravillosa de “Lo dedo negro” de Eduardo Mateo. Sin tener poco que ver con el original, la relectura del “Chapa” es fenomenal, pues no hay una intención de citarlo o de volverlo un cover insulso. Acá hay una nueva visión de Mateo. La voz etérea de Camila Ferrari le pone un color inesperado. No encuentro a mujeres que canten decorosamente a compositores uruguayos, sin caer en “yanquismos” o en una retórica pop banal. Aquí Camila canta con personalidad un texto difícil e intrincado. Y es una versión melancólica (pero polentosa), alejada del espíritu “fest” que pareciera invadir a toda la cultura. Como si volcarse hacia lo meditativo o reflexivo fuera un pecado universal. Por eso esta versión y esta interpretación de Camila me parecen tan importantes.
(El próximo domingo 29 de setiembre 2024 a las 20 hs en Sala Zitarrosa, Juan Pablo Chapital se presenta con una Big Band, homenajeando a artistas como Hugo Fattoruso, Rada, Dino y The Beatles, y donde también hará algo de Móvil).