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Entrevista a Urbano Moraes: la memoria de una música que todavía está naciendo

Urbano es un artista real, no sólo en el sentido obvio como el estar vivo, sino porque no deja de crear y cuenta con una presentación especial el 7 de octubre 2026 en Teatro El Galpón

Leonor Martínez Coronel by Leonor Martínez Coronel
22 septiembre, 2026
in Música
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Urbano Moraes - Foto de Instagram oficial del artista
Urbano Moraes – Foto de Instagram oficial del artista

La conversación la tuvimos en la Cantina del 25 donde la charla fue como si nos conociéramos de siempre, donde pasó El Gallego a saludar y donde comimos tortilla de papas. El arte es una interpretación de lo real, de lo cotidiano, de lo humano, de la bonhomía.

Cooltivarte en conversación con Urbano Moraes en La Cantina del 25
Cooltivarte en conversación con Urbano Moraes en La Cantina del 25

Urbano Moraes nunca necesitó un título para convertirse en músico. Aprendió escuchando, tocando, compartiendo y dejando que la vida le enseñara. En esta charla hablamos de Mateo, de Rada, de El Kinto, de la improvisación y  quizás la identidad uruguaya también sea eso, hacer del talento una cosa cotidiana y de la humildad una forma de grandeza.

Porque Urbano sigue haciendo algo que parece cada vez más extraño: escuchar lo que todavía no conoce.

Mientras una generación fundamental de la música uruguaya empieza a quedar definitivamente del lado de la memoria, él continúa creando. Tiene discos a medio hacer, canciones recuperadas después de décadas, grabaciones que nacen de la improvisación con las que persigue una idea que parece sencilla y, al mismo tiempo, radical: entrar a un estudio y tocar sin saber qué se va a tocar.

“Quiero encontrarme con la gente y tratar de encontrar la música.”, dice.

Quizás ahí esté el corazón de Urbano. No quiere reproducir el pasado. Ni siquiera quiere repetirse a sí mismo. Quiere volver a sorprenderse.

Y en una época que parece empeñada en convertir todo en contenido, en resultado, en velocidad, escuchar a Urbano hablar de música es entrar en otro tiempo. Un tiempo donde primero estaba la curiosidad y después el nombre del género. Donde primero estaba la amistad y después el escenario. Donde primero estaba la canción y mucho después la fama.

Urbano no habla como una leyenda. Habla como alguien que todavía está buscando.

Antes de que el candombe beat tuviera nombre, antes de que El Kinto fuera convertido en referencia obligatoria de la música uruguaya, Urbano era un muchacho que tocaba.

Con su primera banda, The Knacks, fue parte de una experiencia que lo llevó incluso al Teatro Solís con instrumentos eléctricos, algo que en aquel momento constituía una novedad. Después llegaría El Kinto, y con él una de las transformaciones más importantes de la música uruguaya: cantar en castellano, incorporar el candombe, dialogar con la música brasileña y absorber la influencia de los Beatles sin dejar de buscar una voz propia.

Pero lo interesante es que, según Urbano, nadie estaba pensando en hacer historia.

“En el momento era hacer lo que nos gustaba.”, dice.

La historia llegó después. Como casi siempre.

“Mateo era un adelantado porque estaba en el presente”

Cuando Urbano habla de Eduardo Mateo no lo hace desde la distancia reverencial con la que hoy suele hablarse de los grandes.

Habla desde haber estado ahí. Desde haber compartido escenarios, ensayos, noches, discusiones, canciones, incertidumbre y ese territorio extraño donde una generación entera intentaba hacer algo que todavía no tenía nombre.

Para Urbano, Mateo, Rada y Fattoruso forman una tríada fundamental de la música uruguaya, cada uno con una característica distinta. Pero cuando intenta explicar qué hacía diferente a Mateo, encuentra una respuesta que parece casi filosófica:

“Él era un adelantado porque estaba en el presente.”

La frase podría funcionar como una pequeña teoría sobre el arte. Mateo no estaba intentando parecer moderno. No buscaba anticipar el futuro. No estaba mirando hacia atrás buscando legitimidad. Estaba ahí. Escuchando. Tocando. Jugando. Viviendo.

Urbano cuenta que Mateo podía quedarse suspendido en un acorde, en una idea, en un sonido. Mientras otros músicos necesitaban volver rápidamente a una estructura, él podía permanecer allí, disfrutando el instante. Para Urbano, esa capacidad de habitar el presente fue también una de las razones por las que tantas veces quedó fuera de los códigos de su época.

Urbano recuerda que, cuando entró a El Kinto, no existía una idea previa de “candombe beat”.

No había una estrategia. No había una fórmula. No estaban pensando en construir una identidad musical para la posteridad. Estaban tocando lo que les gustaba.

Venían del rock, de los Beatles, de la música brasileña, del candombe, del tango, de la música bailable. Tocaban lo que la gente pedía. Probaban. Mezclaban. Se equivocaban. Volvían a probar.

Y quizás esa sea otra de las grandes paradojas de la creación artística: muchas veces quienes están inventando algo no saben que están inventándolo. El mito aparece después. Primero está la música.

En aquellos años, además, cantar en español era parte de una búsqueda. Las canciones de El Kinto comenzaron a abandonar el inglés y a construir una lengua propia. El candombe empezó a convivir con el beat, con la música brasileña y con otras influencias.

Urbano no lo cuenta como una revolución. Lo cuenta como una necesidad.

“Estábamos haciendo lo que nos gustaba.”

Y quizá ahí esté precisamente la revolución.

Además, en la conversación aparece una verdad menos romántica. Los músicos que hoy son considerados fundamentales no tuvieron necesariamente las condiciones materiales para hacer lo que hicieron.

Urbano recuerda que muchos de ellos no tenían dinero, equipos adecuados ni posibilidades sencillas de grabar.

Habla de amplificadores precarios, de instrumentos que sonaban como podían, de ensayos que casi nunca alcanzaban y de la dificultad permanente para registrar música.

“Siempre fue a pulmón”, dice.

Es difícil escuchar esa frase sin pensar en cuántas obras de la cultura uruguaya pudieron haber desaparecido simplemente porque no existieron las condiciones para registrarlas.

Durante la conversación aparece una historia extraordinaria: Urbano había perdido prácticamente la esperanza de recuperar su primer disco. Durante décadas le habían prometido que alguien encontraría aquellas cintas.

Finalmente aparecieron en un lugar inesperado. Casi como si la memoria hubiera decidido esconderse en la basura. Lo llamó Juana Molina y le contó que había encontrado una grabación perdida.

Ese material terminó siendo recuperado y editado, y Urbano cuenta que por primera vez cobró una regalía de una compañía europea.

La escena parece escrita por un guionista. Pero es real.

Y tiene algo de metáfora perfecta para la historia de nuestra música: una parte de la memoria cultural de un país puede pasar décadas olvidada hasta que alguien decide buscarla.

Quizás por eso el verdadero legado quizás también sea una pregunta: ¿Qué pasaría si volviéramos a escuchar?

El 7 de octubre Urbano Moraes celebrará sus 60 años en la música con la presentación de su libro “Dónde van las mariposas?”, una obra que recorre su vida a través de sus propias palabras. Anécdotas, recuerdos, encuentros, fotografías y protagonistas de distintas épocas se entrelazan para reconstruir una historia que es, al mismo tiempo, personal y colectiva.

Esta celebración convoca a destacados músicos: Gustavo Montemurro, Martín y Nicolás Ibarburu, Pablo Somma y Pelao Meneses, en un concierto que promete reunir distintas generaciones y sensibilidades alrededor de la figura de Urbano para compartir canciones, recuerdos y afectos.

Afiche oficial - Urbano Moraes 7 de octubre
Afiche oficial – Urbano Moraes 7 de octubre

Cuando uno mira tu trayectoria, aparece una palabra inevitable: eclecticismo. Fuiste parte de The Knacks, después de El Kinto, del nacimiento del candombe beat, de distintas formaciones y de búsquedas muy diferentes. ¿En qué momento fueron conscientes de que estaban construyendo algo que después iba a ser tan importante?, ¿Cómo nació realmente aquello que después llamamos candombe beat?

Urbano Moraes: “Lo increíble es que eso lo tomamos como conciencia muchos años después. En el momento era hacer lo que nos gustaba.

Cuando entré a El Kinto estábamos trabajando en el Orfeo Negro que era un boliche nocturno en Carrasco. Hacíamos de todo. No había una línea El Kinto, ni candombe beat, ni nada. Tocábamos para la gente que bailaba y que pedía música.

La gente pedía cualquier cosa y Mateo decía que sí.

Tango, candombe, salsa, rock and roll, lo que fuera.

Y nosotros éramos músicos y de esa diversidad fue saliendo todo”.

En ese momento casi todo el mundo cantaba en inglés. ¿Cómo fue empezar a cantar en castellano y descubrir que también podían hacer sus propias letras?, ¿Y cuándo aparece la necesidad de cantar en castellano?

Urbano Moraes: “Cuando armé The Knacks todos cantábamos en inglés. No existía cantar en castellano. Después, cuando entré en El Kinto, empezó esa historia de cantar en castellano, tocar candombe, usar tumbadoras. La cabeza de todo eso era Mateo.

También estaba la influencia de los Beatles, que para nosotros era fundamental, y la música brasileña, que también era fundamental. Mateo era muy fanático de João Gilberto y a mí siempre me gustó la música brasileña pero no pensamos “vamos a crear un estilo”. Eso se fue dando.

Yo tenía 18 años y es cuando te enamorás por primera vez, cuando sentís cosas por primera vez, te ponés a componer y es maravilloso.

Después vinieron las “musicasiones”, que era lo mismo: hacer cosas que sentís y querés probar.

No había tanta producción como ahora. Hacías y veías qué pasaba”.

Hay algo que me interesa mucho de ustedes: tenían una necesidad enorme de expresarse, pero sin esa solemnidad que a veces parece acompañar hoy al hecho artístico. ¿Qué había ahí?, ¿Qué era lo que tenía esa generación que hoy parece más difícil de encontrar?

Urbano Moraes: “Yo creo que todo el mundo tiene algo para decir, el problema es que están ocupados en otra cosa.

Nosotros no estábamos ocupados en otra cosa. Estábamos concentrados con la música.

La década del sesenta fue muy especial en todo el mundo. Los Beatles, las revoluciones, el amor libre, todas esas cosas te sacudían. Era imposible que no sintieras que estaba pasando algo.

Y si sos músico, eso se mete en la música. La música tiene que ser parte de tu vida. No puede estar separada de la vida”.

Hoy existe una enorme exigencia técnica. Videos y comparaciones permanentes. ¿Eso ayuda o puede terminar alejando a la gente de la música?, ¿Y qué pensás de esta época donde todo parece pasar por la técnica?

Urbano Moraes: “Yo creo que el ideal es tener las dos cosas. Estudiar está bárbaro, si tenés la oportunidad, ¿por qué no vas a estudiar?

Yo me arrepiento hasta el día de hoy de no haber estudiado. Te da una solvencia, te ayuda a saber dónde estás parado.

Pero no estudiar también tiene una cosa. A veces eso está bueno porque estás viendo qué pasa. Pero también estás temblando.

Rada nunca estudió música y es un genio. Nunca supo un acorde y es un genio.

Entonces tampoco podés pensar que estudiar es la única forma. La música no puede convertirse solamente en técnica“.

Hablás mucho de la fama como algo que no te interesa. ¿Qué te pasa con la necesidad de ser famoso?

Urbano Moraes: “Hace más de veinte años decidí no salir mucho en medios. Nunca me interesó la fama, me parece hasta raro.

Yo todavía estoy tratando de descubrir la música. Sigo tratando de entenderla, quererla, amarla, respetarla. Las otras cosas no me van bien con eso”.

Después de tantos años, ¿Qué es lo que todavía te genera curiosidad?, ¿Seguís buscando música nueva?

Urbano Moraes: “Yo sigo tratando de descubrir música y ahora estoy haciendo algo que siempre quise hacer: Improvisar.

Pero improvisar de verdad. No saber lo que vas a tocar.

Para eso armé una banda nueva con Montemurro y los Mellizos (Ibarburu). Se llama El Jardín de las Delicias, como el cuadro de El Bosco.

La idea es entrar a un estudio y tratar de tocar lo que nunca tocaste. No repetir las frases que acostumbrás. No usar los sonidos de siempre. Que todo sea algo nuevo que te sorprenda y fue maravilloso.

Tengo un tema de 24 minutos y no me canso de escucharlo.

No sé a quién le va a gustar pero, para mí, es una maravilla”.

Porque improvisar también implica un riesgo, ¿Eso tiene que ver con tu forma de entender la improvisación?

 

Urbano Moraes: “Es un juego. Puede ser más fácil porque estás improvisando con el otro. A veces es más fácil que aprenderte arreglos difíciles que te matan pero para improvisar y que esté bueno tenés que tocar de verdad.

Ahí está el asunto. Yo no me considero un buen bajista. Hace mil años que toco, pero nunca estudié.

Yo no agarro el instrumento para estudiar. Lo agarro para tocar”.

Mostrás con mucho entusiasmo de los músicos jóvenes con los que compartís, ¿Y qué pasa cuando tocás con músicos que también se animan a tirarse al agua? 

Urbano Moraes: “Siempre estoy con gente más joven.

Una generación, otra generación. El Chapa es un hermano para mí.

Ottonello también es un gran buscador. Investiga, prueba, tiene mucha energía.

Y después están Montemurro y los Mellizos (Martín y Nicolás Ibarburu), con quienes toco hace más de treinta años y ya hay una hermandad.

Los Mellizos son parte de una nueva camada de maestros. Son músicos tocados por la varita. Hay muy poca gente así”.

¿Tiene que ver solamente con tocar bien?, ¿Qué buscás en un músico?

Urbano Moraes: “Para mí también tiene que ver con la persona. Todos los que tocan conmigo son buenas personas.

Si no son buenas personas, no tocan. A mí no me interesa. No creo que esté separado de la música.

Son buenos músicos, sí, pero para mí son más que eso. Son personas con las que tengo una relación de verdad”.

Antes hablabas de la necesidad de estar en el presente. ¿Sentís que hoy perdimos ese tiempo que ustedes tenían?. ¿Y qué lugar ocupa el tiempo en esa relación?

Urbano Moraes: “Sí. Antes íbamos a tocar y llegábamos horas antes. No era que íbamos solamente a tocar los temas. Íbamos a curtir.

Estábamos juntos. Charlábamos. Tocábamos. Después íbamos al boliche.

En el Orfeo Negro había un sótano y en los intervalos nos íbamos para ahí. Tomábamos algo, hablábamos, componíamos.

Muchas cosas de El Kinto las probábamos ahí.

Ahora la gente llega a hacer un horario de oficina cuando toca y yo siento esa falta. La música era convivir”.

 

¿Pensás que eso también cambió la forma de crear?, ¿Qué pasó con aquella forma de convivir alrededor de la música?

Urbano Moraes: “Sí. Antes podías estar horas hablando de música.

Yo hacía mis primeros temas y me los llevaba a la playa. Con Pato Robles y Luis Sosa ensayábamos todos los días y después nos íbamos a la playa. Nos quedábamos horas hablando. Yo estaba haciendo mis primeras músicas y para mí era una fantasía. Eso también es hacer música”.

Hay algo que te molesta mucho y es que la gente hable mientras tocás,¿Qué lugar tiene el silencio en un concierto?

Urbano Moraes: “Para mí cada toque es un concierto. Vos me contabas que una vez viste a alguien con una remera que decía: Perdón si mi concierto interrumpe tu conversación.

Me parece buenísima. Yo quiero cantar, tocar, escuchar. La gente pagó para verte”.

Parece que la historia se repite: crear cuesta dinero, ¿Y qué pasa cuando querés grabar un disco?

Urbano Moraes: “Claro. Para grabar un disco tenés que pagar las horas de estudio y lleva horas.

Yo fui el otro día a grabar una milonga y en tres horas no grabé ni la mitad.

Es una milonga que le hice a Zitarrosa en los años sesenta. Nunca se la di.

Hace 55 años que tengo esa música. Nunca me animé.

Y ahora la estoy grabando”.

Lo conociste durante una temporada en Punta del Este, ¿Cómo era aquella relación con Zitarrosa?

Urbano Moraes: “Sí. Estábamos haciendo la temporada y él venía a la pieza a veces.

Yo siempre lo respeté mucho. Me parecía un tipo muy verdadero.

Cuando terminó la temporada le hice un tema para él, para que lo cantara y nunca me animé a dárselo”.

¿Es nostalgia?, ¿Por qué te importa tanto recuperar esas cosas?

Urbano Moraes: “No sé si es nostalgia. Es que se pierde demasiado y después hablamos de una época como si hubiera quedado todo registrado.

Y no. Se perdieron cosas.

Canciones. Fotos. Grabaciones. Momentos.

Y muchas veces alguien encuentra algo cincuenta años después en un lugar donde nadie esperaba encontrarlo”.

Porque justamente hablamos de esto: hoy todos decimos “qué genio Mateo”, pero en su momento las cosas fueron muy diferentes, ¿Y qué te pasa con la forma en que hoy se habla de Mateo?

Urbano Moraes: “Si. Ahora todos dicen: Qué bárbaro Eduardo Mateo pero en su momento, los contemporáneos no lo apoyaron en nada. Tenía que estar mendigando toda la vida para ver si se grababa un disco.

Mateo tendría que haber tenido un contrato y sacar un disco por año. Te valía tres. Era adelantado.

Capaz que los productores no estaban preparados para escucharlo”.

También aparece Rada inevitablemente en esta historia, ¿Y qué pasa con Rada?

Urbano Moraes: “Rada siempre fue un talento de toda la vida.

Yo la primera vez que lo vi tocar tenía doce o trece años. No entendía la música como la entiendo ahora pero lo vi y me quedé contra la pared mirando.

Los músicos ya sabían que era una bestia. Después la gente lo fue conociendo.

Pero él siempre fue eso. Un músico enorme”.

 

En los últimos años se fueron muchos músicos importantes. Y ahora también Rada. ¿Cómo vivís ese paso del tiempo?

Urbano Moraes: “Me pega mucho. Ha sido un año tremendo entonces estoy tratando de hacer todo lo que pueda pero sobre todo algo nuevo”.

 

Porque podrías vivir perfectamente de tu historia, ¿Qué significa para vos hacer algo nuevo ahora?

Urbano Moraes: “No me interesa componer por sacar un disco. Quiero encontrarme con la gente. Quiero encontrar la música. Con los compañeros. Eso es lo que quiero.

Tengo varios discos para sacar. Los tengo que terminar.

Me estoy apurando dentro de las posibilidades que tengo”.

En algún momento de la conversación aparece El Galpón y la historia vuelve a cerrarse sobre sí misma.

Urbano tiene una relación profunda con ese teatro. Tocó en sus comienzos, cuando todavía se hacían espectáculos para recaudar dinero para su construcción. Incluso participó ocasionalmente como actor en obras donde se necesitaba gente para escenas multitudinarias.

“Para mí El Galpón es el teatro”, dice.

La frase tiene un peso particular porque ahora vuelve allí para presentar ¿Dónde van las mariposas?, un libro que reúne parte de esa memoria pero también vuelve con música y vuelve acompañado por músicos que pertenecen a diferentes momentos de su vida.

El teatro, entonces, no es solamente el lugar donde se presenta. Es parte de la historia. Es memoria material. Es escenario y archivo. Es pasado y presente.

Y en ese cruce aparece una de las imágenes más bellas de toda la conversación: Urbano, que alguna vez tocó en la puerta de El Galpón, regresa décadas después para contar una historia que todavía no terminó.

 

Urbano cuenta que : “Todas las músicas que están ahí son fundamentales en mi vida. Son pedacitos de mi vida.”

No parece estar hablando de un repertorio. Está hablando de fragmentos. De personas. De una vida convertida en sonido.

También prepara una dimensión visual que prefiere mantener en secreto. No quiere contarla porque quiere que sea una sorpresa. La única pista es que existe un trabajo visual que lo tiene particularmente entusiasmado.

Pero, por encima de cualquier dispositivo escénico, insiste en algo: la música tiene que decir algo.

La imagen puede acompañar. El espectáculo puede tener luces. Puede haber intervenciones. Puede haber tecnología pero si la música no tiene contenido, todo lo demás queda vacío.

Y esa frase, en boca de Urbano, parece también una declaración de principios.

Urbano Moraes no es solamente un testigo de la historia de la música uruguaya. Es uno de sus sobrevivientes activos. Uno de esos músicos que todavía pueden abrir una puerta hacia un lugar que no conocemos.

Porque la memoria puede guardar una canción pero solamente el presente puede hacer que vuelva a sonar y Urbano todavía está buscando qué canción viene después.

Esta instancia imperdible será el 7 de octubre en el Teatro El Galpón y podés conseguir tu entrada en este link.

 

 

 

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